Entrevista a Javier Jiménez

Desvío a Trieste

Javier Jiménez

Editorial Fórcola

Madrid 2023   360 páginas

 

 

ENTREVISTA A JAVIER JIMÉNEZ

 

Por Íñigo Linaje

 

Javier Jiménez (Madrid, 1970) es editor, y como buen editor es también un lector apasionado y constante. De sus cientos de lecturas surge el deseo de escribir y, de ahí, su primer libro: Desvío a Trieste. Cuaderno de viaje, ensayo histórico-literario, amén de libro de memorias personales, el volumen -además de una declaración de amor a la ciudad italiana- constituye un diálogo con otros autores de Fórcola, la editorial que dirige (entre ellos, Samuel Brussell, José Carlos Llop o Villena) y con clásicos como Rilke, Joyce o Claudio Magris. Y, por supuesto, un recorrido vital y sentimental que aúna todas las artes: literatura, pintura, música (cada capítulo sugiere una banda sonora) y recuerdos autobiográficos. Es en esos breves capítulos -precisamente- donde Desvío a Trieste encuentra el contrapunto armónico con el resto del relato. Esto es, en los homenajes que hace a Javier Goñi y a Eduardo Arroyo. O en los fragmentos en los que repasa pasajes de su adolescencia, donde cobran una importancia capital su padre y su abuelo. El primero fue fotógrafo, el segundo regentó una imprenta. Este último le descubrió la pasión por los libros; el primero -a través de sus fotografías- el amor y el erotismo.

  -Afirma que Desvío a Trieste es el cuaderno de notas de un lector compulsivo. Obviamente es algo más: unas memorias de sus viajes a la ciudad y un diálogo con la historia y la literatura. ¿Cómo definiría su libro?

 Todo viaje, todo verdadero viaje –desde la Odisea de Homero a El Danubio de Claudio Magris– comienza y termina en la literatura. Antes de comenzar mi libro sobre Trieste, hubo cientos de lecturas, que anticiparon la imagen real de la ciudad de Svevo y Joyce desde el deseo y la imaginación. De tal forma que, una vez resuelto el viaje –de los viajes siempre se vuelve; nos quedan de ellos, fantasmas y recuerdos–, aquellas lecturas, y otras decenas de ellas más, se fundieron en un crisol que conformó este «artefacto» literario. Artefacto que tiene mucho de memoria sentimental, porque unos fantasmas –los desvelados durante el viaje– remiten a otros –estos ya íntimos y personales–, y que cimenta sus páginas en el agradecimiento, por lo recibido y lo aprendido a lo largo de la vida, donde mi padre –al que dedico el libro– tiene un lugar protagonista: excepcional fotógrafo y apasionado lector, me enseñó dos de las cosas más importantes de mi trayectoria vital: a saber mirar y a construir mi vida con los libros. Mi propia historia –aquello que Fernando Savater llamaba «infancia recuperada»– y la literatura –esos libros y lecturas que cimentan esa biografía– se cruzan con la propia historia y literatura de esta ciudad del Adriático que atesora en su memoria varias decenas de hitos que la conforman como un verdadero rompeolas de todas las Europas –haciendo un ripio de los versos de Machado–. Finalmente, todo libro de viajes, y éste lo es, es memoria y testimonio: de lo visto, de lo leído, de lo imaginado y soñado y, también, de lo escuchado.

 -¿Qué supone para usted, como editor, publicar su opera prima en su propio catálogo? ¿Se planteó en algún momento editarlo en otro sello?

 No, y no soy muy original en esto. Otros editores –muchos de ellos maestros y referentes personales–, me precedieron en esta decisión tan personal. Estoy pensando en editores-escritores que publicaron sus libros –ensayos o memorias– en las editoriales que habían fundado o en las que tenían responsabilidades. Es el caso de T. S. Eliot, Roberto Calasso, Carlo Feltrinelli o Siegfried Unseld, y entre los de lengua española, iconos como Carlos Barral, Jacobo y Mario Muchnik, Jacobo Siruela o Jaume Vallcorba. ¿Por qué un editor se publica a sí mismo? Por coherencia, por militancia, por integridad. Por coherencia, porque la vocación de editor es indisoluble de la de escritor, y hay un momento en que éste necesita trascender el relato que aquél está escribiendo al construir su catálogo; por militancia, porque el propio sello editorial es casa y es castillo; por integridad, porque Desvío a Trieste entabla, además de lo dicho, un diálogo fecundo con otros libros forcolianos que le precedieron y a los que remite, con los que se clarifica y en los que se proyecta.

-¿De dónde viene su querencia por la cultura italiana? ¿Qué tienen Trieste, Venecia y Roma que no tengan otras grandes capitales europeas como Viena, París o Berlín?

 Éstas últimas son géneros en sí mismas. Las italianas, conforman parte de mi imaginario sentimental e intelectual. La propia Fórcola, que da nombre a la editorial, tiene su origen en Venecia, y remite a ese escálamo, hecho a mano aprovechando la curvatura natural de un árbol de madera noble y dura, que situado en la popa de la góndola veneciana, permite bogar al gondolero. No hay dos fórcolas iguales, como no hay dos libros iguales, y esta pieza, por su singularidad, remite a un trabajo artesano, noble y digno, tal como considero el trabajo de un pequeño editor. Trieste y Venecia son fuente de inspiración de las decenas de historias que se dan cita en Desvío a Trieste, un territorio de la memoria cultural de la Mitteleuropa con el que conecto intelectual, estética y musicalmente.

 -El origen del libro está en unas notas que tomó para presentar una exposición del pintor Álvaro Haro. ¿Qué le llevó a desarrollarlas y cómo ordenó el libro, que no tiene un hilo cronológico?

 Álvaro Haro es un escudriñador incansable de la noche y los sueños. Sus cuadros, donde reina de manera preponderante un intenso color azul, proponen al espectador un enigma, un misterio que resolver, un sueño que interpretar. Sus vedute triestinas fueron ocasión para dedicarles unas palabras, tras aceptar su amable invitación a clausurar su exposición en Cafebrería ad Hoc de Madrid. Aquellas palabras sedujeron al propio pintor, y a los poetas Juan Manuel Bonet y Jordi Doce que nos acompañaron en la velada. Animado por ellos, dediqué los siguientes meses a afrontar la escritura de lo que finalmente se convirtió en este libro. Tras Desvío a Trieste, por tanto, lo que late es la amistad y el agradecimiento. No hay mejores paladines para un libro.

 -¿Por qué le interesa tanto esa época de la historia de Italia donde confluyen personajes tan importantes (y variopintos) como Mussolini, Marinetti o D’Annunzio?

 Las vanguardias, el período de entreguerras, las grandes corrientes estéticas e intelectuales de la Mitteleuropa, fueron caldo de cultivo para cientos de artistas, músicos, escritores y poetas, muchos de los cuales habían recalado en la costa triestina, desde mediados del siglo XIX y hasta los años treinta del siglo XX. La propia ciudad de Trieste ha sufrido los embates de la historia y los entresijos de la geopolítica: Urbs fidelissima durante 500 años del Imperio Astro-húngaro, del que era puerto principal, Trieste fue el sueño dorado del irredentismo italiano, y el propio Garibaldi murió con su nombre en los labios. D’Annunzio recogió el testigo de ese patriotismo italiano que anhelaba asimilar aquel multicultural territorio a la nación italiana; y años después, desde su plaza principal, Mussolini arengó a la multitud a sus pies con su sueño imperial italiano y, para vergüenza de las futuras generaciones, proclamó las Leyes raciales del fascismo, en profunda contradicción con la esencia cosmopolita de esta ciudad, donde religiones, culturas y tradiciones distintas habían convivido durante siglos, y la cultura judía ha brillado con luz propia. Trieste es territorio de la memoria de Europa, con sus luces y sombras.

-Jaume Vallcorba decía que una editorial es un lugar en el que los libros dialogan entre sí. ¿Está de acuerdo?

 El catálogo de una editorial es un edificio, que se construye colección a colección, título a título, con una vocación arquitectónica y estética, en la que, en efecto, el diálogo entre los libros es fundamental. Cualquiera puede publicar un libro; ahora bien, que ese libro adquiera sentido y coherencia dentro de ese universo particular que es un catálogo es más difícil. Hace años un buen amigo, Miguel García, me dijo que publicar lo hace cualquiera; pero construir un catálogo, es algo que no está al alcance de todo el mundo. Y al buen editor se le reconoce por el catálogo. Añadiría que, como todo acto humano, dicho catálogo tiene una intención, un telos al que apunta, y que le da sentido. Dicho fin puede tener inspiraciones estéticas, políticas o morales. Pero, si el editor traiciona ese fin, estará perdido. La coherencia será, hoy y siempre, su virtud más preciada.

 

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