«Perfect Days»: ¡Tic, tac, toe! ¡Gracias!

Por Judith Mata.

Las historias están en todas partes, y las buenas historias también. Esta vez, Wim Wenders trae una historia completamente asiática en la que se respira a Ozu en casi todos sus fotogramas. El director alemán deja espacio a la imagen, a los actores, sin prisa, la misma paz que desprende la película se impregna en el espectador. El film es una oda a la vida, a los detalles que, por muy insignificantes que sean, nos mantienen vivos y, si lo pensamos, pueden llegar a ser maravillosos.

El film narra la vida de Hirayama, un limpiador de aseos, en la que la rutina se representa como algo extraordinario. A pesar de hacer todos los días lo mismo (tanto laborales como festivos), el director apenas usa los mismos planos. El protagonista coge cada mañana su café en lata de la máquina expendedora, pero nunca desde el mismo plano, la perspectiva varía según la jornada. En estos detalles se encuentra la esencia del film. Cada día puede parecer igual, pero hay pequeñas ocurrencias que los hacen todos diferentes.

Así, en la trama aparecen elementos que poco a poco giran esa rutina. El espectador sabe que Hirayama va a hacer todos los días lo mismo, pero a medida que avanza, mantiene ese pequeño factor sorpresa, ¿qué va a pasar hoy? (La partida de tres en raya, la aparición de su sobrina, su restaurante cerrado, etc.) El mensaje queda muy claro sin apenas palabras, la actitud del actor y el comportamiento de su alrededor bastan para reproducir esa gratitud a la vida. Sin embargo, hacia el final de la película, esa insistencia se vuelve un tanto repetitiva (el mensaje culmina en el exmarido diagnosticado de cáncer) y que se engrandece constantemente con la música (“Perfect days” de Lou Reed).

Aún así, el film se convierte en un viaje a través de la consciencia. ¿Qué nos hace feliz? No hacen falta grandes aventuras para contar una buena historia y Wenders lo demuestra con Perfect Days. La vida misma nos abraza con su día a día y sus pequeños detalles. Más que un relato, la película acaba transformándose en una invitación a la reflexión, llegados a este punto, necesaria.

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