«El cuerpo más bonito…», de Josep Maria Miró, en una prodigiosa creación de Pere Arquillué

Horacio Otheguy Riveira.

Xavier Albertí vuelve al monólogo (tras el Valle Inclán de Gómez de la Serna) y continúa recreando milagros escénicos. Monodramas tan bien nutridos de voces y sugerencias, que son, en sí mismos, puro teatro poblado de misteriosos personajes. Así, la austeridad absoluta en esta función a cargo de Pere Arquillué, abandonado a sus capacidades más limitadas para dejarlas crecer e hipnotizarnos: voz y rostro al interpretar muy variados hombres y mujeres, niños y adultos, con muy escasos movimientos corporales bajo una luz blanca que más bien es una inclemente farola en una esquina: la esquina del maldito pueblo donde los deseos carnales se transforman en un sórdido viaje de pederastia fundida con los más nobles alientos sin apenas caricias… e incluso una salvaje comunión con la envidia convertida en odio.

En la rotonda, en el bosque, en los dormitorios a los que entra de noche, a través de sus ventanales, un hermoso joven ama hombres y mujeres: lo que fluye como una gozosa experiencia cotidiana ha de truncarse una noche y asolar el mundo, destruyendo a un chico de 17 años entre la maleza, como si no fuera más que la pesadilla de alguien incapaz de poseerlo.

El relato de los hechos está escrito para el teatro con detalles físicos, e incluso un final cantado, que el director ha eliminado para dejar solo a Pere Arquillué con su prodigiosa capacidad actoral, y es en su voz y sus cadencias por donde desfilan los personajes que nos informan —con rica variedad de vitalistas matices— acerca del universo del pueblo donde ocurrieron los hechos. Unos hechos presentes en otras obras de Josep Maria Miró, ligados a seres marginados por sus formas y maneras de encarar cuerpo y vida. El «tempo poético» característico de las obras maestras del teatro se hace presente desde el comienzo en que, inmóvil todo el cuerpo, de pie, nos dice:

«ALBERT:

El mío es el cuerpo más bonito que hasta el día de hoy —y, posiblemente, por siempre jamás— se habrá encontrado en este lugar. Llevo un bañador rojo con dos rayas blancas en los laterales y unas zapatillas beige desgastadas. Quizás eran blancas. No lo sé. No lo recuerdo. ¿Por qué tendría que recordarlo? De hecho, no son mías. Me gustaría llevar sandalias de plástico, de las de río, de las de ir a buscar cangrejos. Tampoco sé por qué lo digo. Sí. De hecho, sí, lo sé. Claro. El recuerdo más bonito que conservo es de un verano, con seis años, caminando sobre las piedras cuando íbamos a bañarnos al río. Mi padre, mi madre y yo. […] Grité como un loco que un pez me acababa de pasar entre los tobillos y me había hecho cosquillas. Mi padre reía. El sol me cegaba y solo veía su figura a contraluz. `Eres la cosa más bonita del mundo. Déjame que te abrace´. Me lancé a sus brazos. Él, con una fuerza amenazante y dolorosa, me abrazó mientras tarareaba una canción. `¿Por qué lloras, papá?´ `No lloro. Soy feliz. Soy tan feliz que me gustaría congelar este momento y no que no terminase nunca´».

 

Programa de mano con introducción del director Xavier Albertí: «A lo largo de este monólogo asistimos al vía crucis personal de las distintas voces que visitan al actor en escena».

 

Personajes para un único actor o una única actriz:

Albert: el chico

Lluís: Lo llaman Tom Selleck

Hombre: El campesino del tractor y el remolque

Antònia: La madre

Júlia: La directora del instituto

Ricard: El propietario del aserradero

Blue: Antes Pink, a partir de ahora Blue.

 

 

«Júlia: […] Profesora, qué bien huele… Me trató de usted. ¿Te lo puedes creer? ¿No lo encuentras delicioso? No sé cuál es mi olor, pero yo me impregné del suyo. Olor a peligro. Me cuesta recordarlo, pero te aseguro que es comparable con pocas cosas… Me limité a sujetar su cuerpo sobre el mío. No ofrecí resistencia. No dije nada. Intenté no parpadear y mirarlo a los ojos todo el tiempo. Separé ligeramente las piernas. Él apartó la mano y yo abrí la boca. Así. Como si me fuesen a dar la comunión. Con expresión de santa. Así es como iba a comulgar cuando lo hacía. Él dejó caer su saliva dentro y yo la tragué. A partir de aquí… no hay nada más que decir (Pausa) Con aquel gesto le acababa de dar permiso para que entrase dentro de mí, dónde, cuando y como quisiera. (Pausa) De todo esto… hace algo menos de un año. Ocho meses en concreto. Tenía diecisiete. Recién hechos. Yo cuarenta y dos. Dentro de poco habría hecho dieciocho. […]».

 

 

Una publicación de Editorial Artezblai. Perfecto complemento del espectáculo, para recorrer con mayor comprensión y deleite el complejo trabajo del dramaturgo. Con prólogo de González Melo, y Notas del autor. [Se vende también en el hall, al terminar la función]

TEATRO DE LA ABADÍA. HASTA EL 18 DE FEBRERO 2024

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *