«Sala de profesores»: La complejidad de lo que parece sencillo

Por Judith Mata.

¿Quién podría imaginar que en un instituto se podría vivir un auténtico thriller psicológico? La protagonista de Sala de profesores tampoco lo creía. Lo que empieza con buena voluntad acaba enrevesándose en una trama de juicios de valor, racismo y vulneración de derechos que llevan a Carla al extremo. La profesora, nueva, que ama a sus alumnos, por muy complicados que sean, y se esfuerza al máximo por hacer bien su trabajo. Las relaciones humanas son complicadas y así lo demuestra el complejo desarrollo de los personajes. Se difuminan los culpables y las acusaciones, aparecen los egoísmos y las confusiones a medida que avanza la historia.

Toda esta tensión e, incluso se podría decir, agobio, se sostiene por la escrupulosa puesta en escena.  El formato cuadrado desde un inicio ya coloca al espectador en una situación en la que falta oxígeno y que irá in crescendo hasta terminar con la protagonista en primer plano respirando dentro de una bolsa de papel o gritando a más no poder en clase. La película se invade de un ambiente hitchcockiano pero sin salir del ambiente cotidiano. Una combinación que acentúa, precisamente, las incógnitas constantes. Las situaciones, a medida que avanzan, colocan a la protagonista en el peor sitio imaginable para ella. No hacen falta fantasmas ni monstruos para que viva una verdadera pesadilla. El terror de la cotidianeidad puede llegar a ser peor.

A todo esto, hay que añadir una banda sonora compuesta por un violín que acentúa el misterio constante. Estridente, aguda y chillona que suena al ritmo de los sentimientos de la protagonista. Sala de profesores deslumbra, así, por la aparente sencillez de un trabajo casi de cirujano en la que las piezas del puzzle coinciden para cumplir su misión.

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