‘Disidentes’, de Pedro Lizcano

HÉCTOR PEÑA MANTEROLA.

Hace un par de meses, agotado tras finalizar la primera etapa de una gira de presentaciones, decidí hurgar en mi interior a ver si encontraba las fuerzas que me permitiesen asistir a un evento que me llamaba poderosamente la atención: la presentación en Madrid de Disidentes, de Pedro Lizcano, novela publicada este mismo año por Minotauro.

Fuera lo que fuese que encontré dentro de mí, le estoy agradecido. No solo me apiñé junto a la horda de lectores y familiares de Pedro, sino que tuve la oportunidad de escuchar su discurso, de profundizar en los diversos ángulos de esta novela cosida con relatos y en su visión de la Literatura. A menudo acudo a presentaciones de terceros y, por norma general, cuando un autor habla de sí mismo, lo mejor es clavar las uñas en los reposabrazos. Esta vez fue diferente. Llegué a casa hambriento (era la hora de cenar y, compréndanlo, soy de buen comer) y con unas ganas enorme de devorar la obra.

Los mismos viajes y compromisos familiares y literarios que espaciaron las publicaciones de Tierra de Paso, la columna que regento en este medio, pospusieron mi lectura de Disidentes. Cuando cargo con maletas prefiero los libros de bolsillo. Esta novela quería disfrutarla desde el diván, con una infusión caliente a la diestra. Y así ha sido. Y menudo disfrute.

Suele decirse que cada libro nos influye de una u otra manera en función del momento vital en que nos acerquemos a él. También que hay obras que se adaptan más que otras a cada uno. Por lo general, ya sabéis, se dicen demasiadas cosas. Por el motivo que fuere, Disidentes me ha atrapado desde las primeras líneas. Esa aura de cuento de hadas soterrado tras los férreos muros de la corporación, la inocencia inicial de Shasta, nuestra protagonista… Cuando algo nos disgusta es fácil identificar el motivo, pero la ley de la atracción es una nebulosa: puede ser esto o aquello, o la combinación de diversos elementos. Lo que tengo claro es que al sumergirme en la historia (os aseguro que es un término apropiado para el futuro distópico que plantea Pedro), la progresiva evolución de Shasta, que se alimenta de los relatos que su padre radia al resto del mundo, ha mantenido mi interés tanto en los hechos principales como en esas historias que no me atrevo a calificar como secundarias (porque no lo son, ni mucho menos).

El lector casual que se acerque a Disidentes debe tener en cuenta que no sigue una estructura al uso. En cada capítulo avanzan en paralelo tanto la trama principal como los relatos que, engarzados en esta, cumplen con un papel fabulador cuya magnitud nos será revelado más adelante. Pedro los combina con pericia, incluso diríase que con belleza.

También debe saber que no es una novela con sexo, sangre, y tensión constante, a la carta del menú de moda. La tensión está ahí en gran parte de las escenas principales, cierto. En una sociedad en la que cualquiera puede ser un traidor, y, es más, nuestros protagonistas, además de serlo, son vecinos del jefe de los cuerpos de seguridad, un hombre implacable dedicado por entero a la captura de inmigrantes y a sus placeres secretos, un paso en falso puede mandar al traste cualquier situación, incluso aquella que aparente mayor tranquilidad. Lo demás, no es necesario. Disidentes no es un bocadillo de recreo, como lo son gran parte de las novelas comerciales de la actualidad. Es un banquete familiar con los abuelos, al abrigo de la chimenea. Los primos rabian entre ellos. Los tíos recuerdan las mañanas de la infancia en el colegio. Y tú estás allí, escuchando, nutriéndote de cada vivencia, invitándolas formar parte de ti.

Por eso creo que merece la pena. En estos tiempos de desunión, donde lo diferente es sinónimo de enemigo y la masa pesa sobre el raciocinio, Disidentes propaga su mensaje desde la clandestinidad, buscando calar en una sociedad desnortada.

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