Por Julio Salvador

Mucho me temo que los aficionados al ciclismo quizás tengan la cabeza en otra cosa, puesto que estos días no son tan solo un día más, sino los días posteriores a que España, tras vencer a Argentina, haya conquistado por segunda vez el mundial de fútbol. Es un momento único, a pesar de que Nico Williams tenga que acompañar a un ilustre como Ferenc Puskás en la lista de futbolistas que vieron cómo un gol legal suyo, de forma inexplicable, fue anulado en el desenlace del campeonato. Por fortuna, el extravío de su tanto no tuvo la misma trascendencia que el del contundente y rollizo delantero húngaro en la final de 1954.

Pero el fútbol no habrá sido el único responsable de que ustedes hayan seguido con mayor o menor grado de atención nuestras crónicas: mucho habrá tenido que ver el desarrollo del que será el quinto Tour de Odiseo Pogačar, alias que establecí hace un lustro, para disgusto de mi compañero de página, y que, sin duda, vuelve a estar de actualidad merced al estreno de la película de Christopher Nolan y a la mêtis u hospitalidad de la que nuestro Sonatino hace gala en este Tour, siempre preocupado por su lugarteniente Del Toro y por la alegre y dudosa familia del UAE capitaneada por los calvos Matxín y Gianetti.

Luis, con mucho tino, expuso los efectos del comienzo in extrema res impuesto por el ciclista esloveno: la muerte de la intriga, el peligro de la insustancialidad, el silencio por el silencio. En esta segunda semana, el vaticinio se ha ido cumpliendo, aunque entre etapa y etapa hubo quien encontró su propósito en la carrera, como el cabra loca Baptiste Veistroffer, en perpetua fuga, condenado a no otear nunca su destino en la línea de meta, quizás consciente de lo burlesco de su condición; como los esprínteres Søren Wærenskjold y Tim Merlier, triunfadores, respectivamente, en los preciosos finales de Nevers, ciudad en la que Simenon ambientó su novela Los suicidios (1934), y de Chalon-sur-Saône, patria chica de la fotografía; o como Richard Carapaz, que, a la manera de un personaje salido de la pluma de Paul Auster, vagabundea sin provecho, con un merodeo que oscila entre el lleno de ternura de Willy G. Christmas en Tombuctú (1999) o el fatalista del jugador Jack Pozzi en La música del azar (1990), pues se ha topado en hasta dos ocasiones con el Odiseo esloveno. Este ganó en Le Lioran, con el objetivo de reparar la asebeia que sufrió en 2024 cuando, por última vez, el aficionado pudo complacerse, de verdad de la buena, del enfrentamiento con Jonas Vingegaard. También venció con gran autoridad en Le Markstein mientras el resto de contendientes se conformaba, dada la insultante hegemonía de Pogačar, con ignorarle y encontrar su ritmo de subida. En ambas ocasiones, el Odiseo Sonatino cerró el hueco con Carapaz sin aparente esfuerzo, en un santiamén; quizás el fugado austeriano tenga su chance en los Alpes, una vez parece confirmarse lo nunca visto, que el maillot amarillo quiere divertirse haciendo de gregario de un compañero: el mexicano Del Toro tiene la ilusión de escoltarle en el podio de París, aunque para ello tendrá que batir a Remco Evenepoel. Y a Paul Seixas, quien, a falta de los puertos más largos, todavía no ha mostrado ni sus cartas ciclistas… ni sus cartas literarias.

Ahora bien, recordemos que el hecho de que las cosas sean posibles no implica que sean forzosas. La incertidumbre hizo acto de presencia en el Tour con los únicos elementos que pueden complicar el quinto triunfo de Odiseo Pogačar: los sustos, bien en forma de controles antidopaje, bien en forma de caídas.

Ayer, mientras los cánticos de Cucurella volvían a inundar la televisión, aparecieron todo tipo de comentarios en el mundillo ciclista sobre la visita que los vampiros, es decir, los encargados de realizar los controles en busca de sustancias prohibidas que mejoren el rendimiento, hicieron a las dos figuras que, desde 2021, han copado las dos primeras posiciones del Tour de Francia. Ha llamado la atención que el control se llevase a cabo durante la madrugada, lo que patentiza que las autoridades antidopaje no titubearon al despertar a Vingegaard y a Pogačar, poco preocupadas por el descanso de ambos corredores, porque, en apariencia, tenían muy claro el cometido que perseguían. Habrá que estar atentos a las posibles novedades sobre este asunto, del que ya se ha hablado en otros espacios, puesto que los controles nocturnos, poco habituales, fueron aprobados por la autoridad judicial competente: no olvidemos que el «sueño amarillo» del coronel Quintana se evaporó con el soplo del viento de su desgracia después del registro que tuvo lugar una noche de verano.

Precisamente, esta visita de los vampiros a la hora del conticinio ha generado más críticas de las habituales a raíz del abandono de Jonas Vingegaard, quien, en la decimoquinta etapa, que se disputó justo antes del segundo día de descanso, con final en el inédito Plateau de Solaison, se cayó solo, en un descenso sin complicaciones aparentes, y sufrió una fractura de clavícula. Poco después de llegar a la línea de meta, Odiseo Pogačar se lamentó del accidente de su gran rival y, un tanto maniqueo él, sugirió una relación de causalidad entre la lamentable caída del Arenque de Hillerslev y el control antidopaje nocturno. Acto seguido, un tropel de exégetas hicieron propio el aserto del maillot amarillo. La cuestión, más allá del control y de la caída, que ya veremos en qué quedan, es que parece llegar a su fin la era que más ha durado en la larga y más que centenaria historia del Tour. No sería sorprendente que el Vinagres, quien ya ha dicho en otras ocasiones que rechazaba la idea de alargar en exceso su trayectoria deportiva, decidiera convertir el Giro o la Vuelta en su coto de caza predilecto, hastiado de pelearse con el Sonatino, sin resultados apreciables; poco interesado en poner en marcha una nueva afrenta de Combloux, con los riesgos que ello supondría; y seguro de la enésima llegada del nuevo, anunciado, esperado y anhelado nuevo mesías francés.

Ante la falta de verdaderas némesis, estos son los sustos a los que Odiseo se tendrá que sobreponer, que no dejan de ser los típicos del ciclismo. Mientras tanto, Vingegaard se va, pero otros toman posiciones ante lo que, en el futuro, pueda llegar. Así vista, la victoria de etapa de Remco Evenepoel esa misma jornada adquiere una significación especial: tras controlar toda la subida para Del Toro, Pogačar fue incapaz de imponerse al belga converso, hijo de la Media Rueda. Se ha dicho que se dejó vencer, para así respetar, de una manera muy rara, al Vinagres. Sin embargo, tal acción no entra dentro de los registros psicológicos de alguien como el líder de la carrera, de alguien que lucha contra la historia. Sea como sea, lo cierto es que no logró ponerse a la rueda de Remco, que logró algo impensable para muchos de sus colegas: derrotar al Odiseo Sonatino en un esprín cuesta arriba.

Precisamente, del otrora al-botarate, ahora jinete enamorado, hemos dicho bastantes cosas en esta tribuna compartida, pues siempre ha sido generoso a la hora de ofrecernos material literario con sus palabras y sus faenas. Las caracterizaciones que hasta el momento hemos hecho de Evenepoel son de todo tipo: se ha aludido a su megalomanía y arrogancia; se han utilizado epítetos tales como «atolondrado», «tarambana» o «ufano»; se ha hecho mención, en la mejor tradición de los disparates ciclistas, a su pérdida de peso para emular a Alicia, pese a su debilidad por los desayunos cargados, con delectación y hasta cierto placer culpable, de mermelada de frambuesa; se le ha emparentado con Cyrano, pues Remco nos embelesa con su cháchara, más peligrosa que las estacadas de los espadachines más certeros, y con su verborragia, de la que sigue presumiendo en cada etapa, bien quejándose de que los coches de la organización le obstaculizan, bien censurando las odiosas comparaciones con su compañero Lipowitz, bien exigiendo a este último, tercero en el Tour del año pasado, que tire de él, al mismo tiempo que su equipo, el Red Bull-Bora, dice una cosa y la contraria, y nos ofrecía un entremés que excede en muchos quilates a los que están en escena en los teatros, pero que ha terminado abruptamente con el abandono del alemán en la contrarreloj camino de Thonon-les-Bains; se ha hecho constar cómo, por amor, abrazó la fe de Mahoma, de ahí que se convirtiera en Ibn Epoel, califa de Aalst, o en el gentil Abencerremco, siempre con su Jarifa en la mente, faro y guía para encontrar la paz en este aguerrido universo del ciclismo.

En verdad, tal y como sugería entre líneas mi querido Luis, ahora que Evenepoel, en pos de sus ambiciones ciclistas y de, cómo no, hacerse con el codiciadísimo segundo «Premio Émile Zola de ciclismo literario» supuestamente patrocinado por AENA, por fin parece estar en disposición de convertirse en un corredor fiable para alcanzar la regularidad necesaria que exigen las Grandes Vueltas, podemos argüir que tiene que situarse ante una disyuntiva que no solo afectará a la narración de este Tour, sino también a otras de índole muy diferente: la encrucijada de nuestro polivalente héroe ha de explicarse mediante la contraposición que en la lengua catalana se hace entre el «seny» y la «rauxa», cuyo origen se rastrea en los versos de Ausiàs March, el poeta y caballero valenciano del siglo XV, que rompió con los códigos del amor cortés. Hoy en día, con el primer término, nos podemos referir a quien está en sus cabales y posee una buena percepción de las cosas que ocurren a su alrededor, a quien, gracias a su mesura y serenidad, hace gala de tener buen sentido y sensatez. Con el segundo, puede designarse a aquella persona dominada por los impulsos, por el arrebato de la pasión, por el ánimo agitado. Una vez llegados a este punto de la Grande Boucle, el Abencerremco tiene que elegir: si bien con la «rauxa» tendrá los ánimos imprescindibles para lidiar a cualquiera que se le ponga por delante en el terreno literario, tan solo con el «seny» certificará que triunfos como el de Plateau de Solaison no son un accidente. Y tal vez, en el futuro, añada un tercer susto a las preocupaciones que pululan por la cabeza de Odiseo Pogačar, a la espera de que, controles ad hoc aparte, Paul Seixas enseñe sus cartas.

Este es el panorama que se presenta de cara a la tercera semana del Tour. Para regocijo de Evenepoel, hoy, después del control antidopaje al que también fue sometido ayer por la noche, se ha lucido en su disciplina predilecta, la contrarreloj, con una nueva victoria. Veintiséis kilómetros para recortar casi medio minuto y volver a demostrar al maillot amarillo quién es el campeón del mundo. Después, a partir del jueves, vendrá el tríptico de los Alpes, con empacho de Alpe d’Huez, cima mítica que, por partida doble, será el punto de llegada del pelotón. Y, para terminar, París, Montmartre. Quién sabe si acabaremos escuchando de nuevo, ante un ataque inaudito y alucinante, aquello de «¡rabia, ha desayunado rabia!». El más peligroso de los desayunos pantagruélicos. No en vano se cumplen veinte años del banquete de testosterona, güisqui y agua de DisneyLandis.

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Anteriormente en Culturamas

El Tour como ficción 2026 (I). Un coloquio en contrarreloj o el forúnculo de Serrat

El Tour como ficción 2026 (II). Pogačar y compañía o el comienzo in extrema res

 

La ilustración de la portada, que se reproduce completa a continuación, es obra de Nora Manzano Gómez