La operación triunfo del blues


Por Diego Puicercús.

Aunque los orígenes del blues hay que buscarlos en los campos de cultivo del sur, las primeras grabaciones que se hicieron fueron registradas en el norte por cantantes urbanas, muy sofisticadas y provenientes en su mayoría del jazz. Si se analiza con la mentalidad de los años 20 del pasado siglo hay que decir que tiene cierta lógica ya que los únicos estudios dignos de grabación que existían estaban en Chicago y Nueva York, por lo que carecía de sentido gastarse el dinero trasladando a un bluesman desde el sur cuando cantantes que vivían allí y con mejor voz e imagen lo podían hacer. Pero a esa conclusión (y a alguna otra) se llegó después de que la casualidad se cruzara en el camino del blues…

Cuenta la leyenda que en febrero de 1920 un productor de discos llamado Frank Hager había alquilado un estudio en Nueva York para grabar una sesión a una cantante de variedades blanca. Esta le falló y, para no perder el día que tenía contratado, decidió aprovecharlo con una interprete negra que le habían recomendado y andaba por allí. De nombre Mamie Smith se dedicaba a interpretar temas de vodevil que intercalaba con algunos blues y, aunque a Hager no le convencía demasiado, la grabaron diez canciones. Publicadas por Okeh Records, el inesperado éxito del tema “Crazy Blues” a pesar de no haberle hecho ninguna promoción (75.000 copias el primer mes), llevaron a esta cantante de nuevo al estudio y a otras compañías discográficas a vislumbrar el potencial que podían tener las grabaciones de blues.

Los productores vieron en esto un filón y decidieron que el blues debía ser una música negra, femenina, próxima al vodevil y que se interpretaba en los locales de Harlem. En los siguientes años artistas como Bessie Smith, Ma Rainey, Ida Cox o Alberta Hunter alcanzaron bastante notoriedad y ventas por lo que el nuevo estilo entraba en el mercado por la puerta grande. La consecuencia fue que la industria empezó a abrir los ojos a lo que en lo musical estaba sucediendo en el sur del país y el mercado sin explotar que se presentaba ante ellos. Se dieron cuenta que era allí donde se vendían la mayoría de los discos y vivían los músicos más importante del género, por lo que era cuestión de tiempo que alguien decidiera acercase a grabarles in situ y editar sus canciones. Parece ser que el primer blues rural registrado fue “Papa’s Lawdy Lawdy Blues” de Papa Charlie Jackson en 1924 aunque otros defienden que al auténtico precursor hay que buscarlo tras el nombre de Daddy Stovepipe.

El problema radicaba en que la música era un negocio gestionado en todos sus niveles por y para blancos por lo que en realidad nadie de las grandes discográficas conocía esa zona ni el tipo de música que podía hacerse. La solución fue ponerse en manos de los propietarios de las tiendas y los locutores de radio locales para que les ayudasen a buscar, no sólo a los más conocidos, si no también a los talentos ocultos de cada Estado. Las grabaciones al principio se hacían en un improvisado estudio en la habitación de un hotel o, en el mejor de los casos, en alguna emisora de radio, aunque con el paso del tiempo empezaron a circular camiones con estudios móviles que llegaron a peinar literalmente cada rincón del sur.

El día y en el lugar señalado se presentaban los aspirantes (que habían sido seleccionados en un casting previo) y uno a uno iban pasando a la sala habilitada para la ocasión donde les registraban dos temas con los que poder editar un disco de pizarra. El boca a boca hizo el resto y poco a poco fue aumentando el número de los que se acercaban a probar suerte en la música. El sistema era sencillo. Los discos que se vendían bien daban opción a que su intérprete iniciara una carrera discográfica, grabando esta vez con buenas condiciones técnicas en los estudios del norte del país. A los elegidos volvían a buscarlos a su pueblo y, una vez localizados, les pagaban el tren y la estancia en Chicago o Nueva York mientras les grababan. Algunos de los que siguieron ese camino como Blind Lemon Jefferson, Blind Willie McTell, Texas Alexander, Blind Blake, Tommy Johnson o Charley Patton, acabaron convirtiéndose en los primeros profesionales musicales del sur profundo y, con el paso de los años, en los auténticos y genuinos pioneros del blues.

Los que no alcanzaban el éxito, simplemente, eran apartados y sustituidos por otros que hiciesen que la rueda siguiese girando. Pero, además de aquellos bluesmen a los que se pudo localizar, existieron muchos otros que por miedo dieron nombres y direcciones falsas por lo que no hubo manera de contactar con ellos a pesar del gran talento que poseían. Algunos de los olvidados fueron redescubiertos 35 años después y no salían de su asombro cuando se enteraban que los estaban buscando por las canciones que habían grabado tantísimo tiempo atrás. Todos esos nombres que pudieron ser y no fueron viven hoy en el anonimato aunque su obra se mantiene viva gracias a que casi un siglo después, cuando vuelven a sonar esas dos canciones (que en una gran mayoría suponen su discografía completa), siguen emocionando y conmoviendo a quienes las escuchan.

Ese sistema de grabación duró hasta bien entrada la década de los 30 ya que resultaba rentable y servia para cubrir una demanda que, sin ser excesiva, merecía ser tenida muy en cuenta. Luego empezaron a instalarse estudios en las capitales del sur y a nacer pequeños sellos discográficos especializados en sus distintas variantes (blues del Delta, el Piedmont y el blues de Texas sin olvidarse de las Jug Bands de Memphis). El negocio empezó a funcionar de la misma manera que con los artistas blancos, quedando definitivamente atrás esos días en los que, además del blues, surgió un formato que con el paso de los años acabaría degenerando en subproductos musicales del tipo de Operación Triunfo, Pop-Star o Factor X.

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