Mis seres queridos: esas flores malsanas

Por Luis Franjo.

Foto: Juan Aparicio-Belmonte.

“Porque yo también he dejado de mirarme las manos, he dejado de mirar, sin más, y sólo miro hacia la nada, hacia la muerte, hacia el niño autista que parece observarme con un espanto idéntico al que yo siento”. Si bien podríamos pensar ante un enunciado así que nos encontramos con un libro aburrido, un muermo psiquiátrico o cualquier otra cosa por el estilo, seguramente con cualquier otro autor estaríamos en lo cierto. Pero aquí hablamos de Juan Aparicio-Belmonte (Londres, 1971) y, por tanto, sabemos que podemos esperar (como así será) un tono distendido y ágil, una narración que lleve a los personajes  hasta situaciones absurdas, locas, cómicas y llenas de un humor desesperado, donde la desidia (véase la cita) ronda la vida de dichos personajes como una especie de bruma que nunca termina de desaparecer.

En la nueva novela de Juan Aparicio-Belmonte, Mis seres queridos (Alfaguara, 2010, II Premio Bubok de Narrativa) se nos habla de un padecimiento tan aciago como vigoroso, pero envuelto en una historia tan emocionante como un buen caso de una buena novela negra. Su protagonista es un psiquiatra infantil de nombre Abraham que lo tiene todo, a saber: mujeriego, egoísta, mal padre, ladrón, en fin, inmoral en todas direcciones. Este prodigioso ser humano se compromete a tratar de curar a un paciente que cree tener unos extraños poderes hipnóticos pero con la única finalidad de poder acostarse con la hija del enfermo, de la que, además, se enamorará el hijo del psiquiatra quien, a su vez, es el que nos cuenta la historia que se nos va narrando. Entonces una serie de misteriosas explosiones de ordenadores personales complicará la historia para llevarnos de la mano hasta un inesperado desenlace. Es así una odisea en la que la culpa y los remordimientos de sus personajes van trazando una dinámica y divertida historia en la que se alternan de forma inteligente la fantasía y la locura con un determinismo tan freudiano como temible.

Mujeres fatales, posibles asesinatos, güisquis, policías, psicoanálisis (como en muchas otras novelas de Aparicio-Belmonte como por ejemplo en Una revolución pequeña el psicoanálisis tiene una importancia más que destacable) nada falta en este libro, contado en formato de novela negra, donde todo es un juego de espejos y donde el detective, en realidad, es un psiquiatra que debe buscar el motivo de la locura de otro personaje.

Cuando finalizas la lectura de Mis seres queridos sabes que detrás de toda esa ficción hay algo muy humano. Lo que los personajes han sufrido, su remordimiento, los dota de una actitud negligente y melancólica. Y esa melancolía, en silencio, va empañando los pasos de cada personaje por todas las páginas y es sufrida palmo a palmo hasta que sobreviene el final con su inesperado desenlace y nos deja ese sabor de amor a quemarropa que desprendemos hacia nuestros seres queridos como si no quedase más remedio, con nuestra propia mierda como única solución real al rabioso problema, escupida amargamente, como un ataque de tos en mitad de una risa salvaje, con tedio, esa bilis negra como moneda de cambio. Y mientras, ahí fuera, esos seres queridos y odiosos, en fin, esas flores malsanas.

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