Suite francesa

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Por Rodrigo Soto. 

 

Suite francesa. Iréne Némirovsky. Ediciones Salamandra, 2005.

 

Durante las últimas semanas, cada persona a la que comenté que estaba leyendo “Suite Francesa” y conocía el libro, manifestó de inmediato su entusiasmo por la novela. Imagino que quienes no la hayan leído, probablemente habrán leído o escuchado comentarios similares. ¿Para qué escribir sobre un libro acerca de cuya excelencia todo el mundo está de acuerdo? Máxime cuando –como en este caso- Iréne Némirovsky era, hasta hace poco tiempo, una autora poco conocida (aunque, como nos refiere el prólogo de la edición española, en los años treinta del siglo pasado gozara de cierta celebridad en Francia), y está por tanto a salvo de la maldición que pesa sobre otros libros y autores, sobre cuyos méritos resulta imposible disentir sin exponerse al escarnio (Proust, Joyce, Borges, etc…).

 

Es verdad que, en algunos casos, los comentarios de mis interlocutores se dirigieron casi de inmediato a la trágica circunstancia vital de la autora y a la historia fascinante del manuscrito de la novela, antes que a la obra propiamente dicha. Sin duda ambos extremos son apasionantes, pero nada dicen acerca de la calidad de la novela ni del hechizo que produce en sus lectores.

 

Me gustaría, por ello, compartir algunas razones de mi fascinación con esta lectura.

 

Las dos partes de “Suite Francesa”que Iréne Némirovsky alcanzó a escribir antes de ser enviada a Auschwitz, relatan la forma como la población civil de París vivió la invasión alemana en 1940 y, un año después, la tensa convivencia entre el ejército de ocupación y la población civil en una pequeña aldea de la Francia profunda. La primera parte es coral o quizás mejor dicho panorámica, y la autora nos muestra las reacciones de una veintena de personajes de diferentes estratos sociales de la sociedad francesa, en un gran fresco que por momentos alcanza tonos bíblicos (La autora misma parece consciente de ello y, no sin ironía, se refiere a estos episodios como el “éxodo”). La segunda parte es notablemente más íntima y la mirada de la autora se centra en un número más reducido de personajes, de la mayoría de los cuales habíamos tenido noticia en la primera parte del libro.

 

Aunque desde luego existen, no había leído otra novela que abordara estos episodios, pero en cambio estoy seguro de que ninguna lo hace en el tono y desde la perspectiva que esta. A salvo de cualquier exaltación nacionalista en virtud de su condición de exiliada rusa y de judía, la autora concentra toda su atención y su talento en auscultar las emociones y la condición moral de sus personajes. En una de las notas en que reflexiona sobre esta obra inconclusa (incorporadas convenientemente como apéndice en la edición española), Némirovsky escribe: “¡Dios mío! ¿Qué me hace este país? Ya que me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y la vida.” Y eso es precisamente lo que hace. No hay -o al menos no percibo- revanchismo ni afán vindicativo contra ese país que por un lado había acogido a la autora y por el otro se disponía a condenarla -la autora escribe cuando la política de colaboración de la Francia de Vichy ya se cebaba contra los judíos-, sino más bien una lúcida frialdad para examinar y juzgar los sentimientos y las diversas reacciones de la sociedad francesa ante la derrota militar y la humillante ocupación.   “De grado o de fuerza, no había más remedio que seguir la política del gobierno. Y además, ¡qué caramba!, aquellos oficiales alemanes eran gente educada. Lo que une o separa a los seres humanos no es el idioma, las leyes, las costumbres ni los principios, sino la manera de coger el cuchillo y el tenedor.” (p. 361)

 

Es verdad que, lejos de ofrecernos la imagen de una resistencia vibrante y heroica, como sin duda hubiesen preferido muchos lectores franceses, la impresión de conjunto que nos transmite la obra es la de una sociedad rígidamente estratificada, atravesada por tensiones profundas más allá de la circunstancia de la invasión extranjera. Los mitos de la unidad y la solidaridad nacional caen pulverizados.

 

La narración se torna especialmente brillante cuando se trata de transmitir las complejas negociaciones -a veces intrapsíquicas y a veces interpersonales- que realizan los personajes para reivindicar sus pequeñas o grandes diferencias, es decir, su posición en el espectro de la sociedad francesa. “La mezquindad del piscolabis no sorprendería a la señora Perrin, antes bien, vería en ella una nueva prueba de la prosperidad de los Angellier -porque a mayor riqueza, mayor tacañería-, y reconocería su propia preocupación por el ahorro y esa tendencia al ascetismo que es consustancial a la burguesía francesa y da a sus inconfesables placeres secretos una amargura tonificante.” (p. 334) 

 

Podría decirse que, como quería Foucult, en la novela palpamos el poder que atraviesa y circula por todos los estratos de la sociedad francesa, con la particularidad de que en las circunstancias excepcionales de la ocupación, incluso los más poderosos se ven sometidos al poder de la fuerza militar extranjera. “Cuando hablaba en alemán -sobre todo en aquel tono de mando-, su voz adquiría una sonoridad vibrante y metálica que producía a los oídos de Lucile un placer similar a un beso dado con rabia y acabado en mordisco.” (p. 340)

 

El humor, la ironía, el asombro y la compasión son algunas de las lentes de las que la autora se sirve para asomarse al mundo de sus personajes, y bien considerado, lo que revelan estas páginas es mucho más profundo que las reacciones francesas ante la derrota y la ocupación, pues el pánico, la vergüenza, la confusión, el orgullo herido, la decepción  y la mezquindad, el altruismo y la fatuidad, entre muchas otras, son reacciones esencialmente humanas y todos nos reconocemos en ellas. Observadora igualmente delicada y sensible del entorno natural -paisaje, cielo, nubes, viento, árboles, flores, luna, estrellas- y del social, no le interesa y no entra en ningún tipo de consideración de orden histórico, ideológico ni político. 

 

Sin duda “Suite Francesa” debe mucho a la gran novela del siglo XIX -su mirada totalizadora, su afán de conjugar en un mismo relato el gran plano social y el primer plano íntimo, y ante todo, su respetuoso apego al paradigma realista, más acá de cualquier experimentalismo. En esta oportunidad,  me hago eco del refrán anglosajón: “si no está descompuesto, para qué vas a arreglarlo?”

 

Desde ya, Iréne Némirovsky se suma a mi panteón de diosas tutelares, al lado de Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Clarice Linspéctor, María Zambrano, Simone Weil… Y, una vez más, confirmo que el pasado fue el siglo en que las mujeres irrumpieron a la historia, trayendo consigo visiones, percepciones, pesadillas y anhelos postergados y silenciados durante siglos.

 

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