La muerte no le sienta tan bien a Carlos Fuentes

Categoría: Más cultura |


                                                                                     Por Ricardo Virtanen

Uno es de una generación que aprendió a leer con los benditos autores del “boom” hispanoamericano. ¿Quién de nosotros no ha leído a los Borges, Onetti, Carpentier, Cortázar, Roa Bastos, Donoso, Rulfo, Sábato, Vargas Llosa, García Márquez, Cabrera Infante, Fuentes, Puig, Bryce Echenique, Benedetti? Yo los leí tarde, en los ochenta, cuando ya arrasaban en las librerías, incluso en los quioscos, donde se vendían en colecciones a 100 pts. libro. Mi edad no daba para leerlos en su eclosión inicial. Y no cabe duda de que fui literalmente cautivado por los libros capitales de estos autores, los cuales han ido muriéndose todos, poco a poco, sin que nos hayamos dado cuenta. Quedaba un puñado. Con la muerte del mexicano Carlos Fuentes, el pasado 15 de mayo, ya ni eso.

En mis lánguidos tiempos de universidad –en que también seguía hechizado por muchos de estos autores, con algunas variantes: Reinaldo Arenas, Abel Posse, Monterroso, Arlt, Del Paso, Severo Sarduy- llegué a hacer conocida una frase, refiriéndome al mexicano como el tercero del boom. Y me refería con ello a ese grupo amical que formaban García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes en sus inicios, aunque la obra del último nunca me pareciese en su totalidad a la altura de las otras dos. Por edad, quedaban atrás Asturias, Carpentier, Cortázar, Borges, Sábato o Rulfo. Eran los jóvenes, esa tríada fenoménica la que yo veía más sólida, y la que pensaba que acabaría por llevarse el gato el agua. Muchos se rieron de mí entonces, compañeros de facultad y profesores, por mucho que García Márquez ya apuntara maneras de ser uno de los más grandes del siglo. Pero el tiempo me ha dado la razón, y de esos tres, dos han sido Premio Nobel, aunque Premio Cervantes los han sido casi todos, estos y los de más allá. No conozco premio gordo con más desprestigio que el Cervantes. Casi da grima pensar en el escritor que no lo consigue tarde o temprano. Primero García Márquez, y después Vargas Llosa, le han birlado el Nobel a Fuentes (aunque no lo obtuvieran ni Onetti ni Borges ni Cortázar para mayor inri). En la adjudicación a su amigo peruano de hace dos temporadas, se concedía el broche final a esta generación magnífica de escritores.

 Carlos Fuentes, muerto a los 83 años, nos lega una obra vasta, mítica, plural, pretenciosa. Sus primeros libros me impactaron sobremanera. Son los que recuerdo con mayor estima. La muerte de Artemio Cruz (1962) fue acaso la obra de Fuentes que más me impresionó en los primeros ochenta. Su trenzado y al tiempo fragmentado argumento, ubicado en la revolución mexicana, se convirtió en uno de los hitos del boom. El cambio de personas referidas al protagonista Artemio Cruz –según su pasado, presente y futuro- se realizaba con una técnica quasi cinematográfica. Leí más tarde La región más transparente (1958), una primera novela que recurría a un técnica joyciana –novela collage o mural- para referir la historia mexicana de la primera mitad del siglo XX. Una impresionante novela urbana,  que recientemente he vuelto a leer en ed. de la RAE. No tardé mucho más tiempo en acceder su tercer gran título: Cambio de piel (1967), una historia menos coral e histórica, hermética y desarticulada, individualizada en un personaje (Javier) que se enfrenta a una problemática existencial desde múltiples perspectivas.

Llegué después a otros títulos que, una vez leídos, me interesaron menos: la fantasiosa Aura (1962), Terra nostra (1975), quizá en exceso experimental, y la cinematográfica Gringo viejo (1985), ambientada en el entorno de Pancho Villa. Entre sus últimas obras leídas, me gustaron Los años con Laura Díaz (1999), La silla del águila (2003) o la última, Carolina Grau (2001). La primera redunda en la historia personal de México durante un siglo (1868-1968).  En general, la obra toda de Fuentes resulta un enorme panegírico donde expone la historia y cultura de México, visto, por decirlo de alguna manera, con una estética pop. Sin duda me interesa más un estilo en el que aflora una prosa menos barroquizante que a veces, más de las esperadas, se apodera de sus libros. La silla del águila sigue vinculada al poder político  mexicano. Partidos políticos vistos desde el ámbito de la corrupción. Carolina Grau presenta nueve cuentos en los que el personaje principal, Carolina Grau, aparece y desaparece entre las historias, en forma de halo misterioso. Cautivadora historia, sin duda.

Atrás quedan otras obras menores: Zona sagrada (1967), Agua quemada (1983), El espejo enterrado (1992), Instinto de Inez (2001) o Adán en Edén (2009). Acaso menos representativas,  menos cuajadas que sus grandes títulos, como ocurre con los más grandes de la literatura. No obstante lo curioso de Carlos Fuentes, tal y como hace poco advirtió Julio Ortega, fue que se repitiera tan poco en sus novelas. Apenas hay dos obras similares. De algún modo esto perjudicó al mexicano. Su estilo pues aparecía desnaturalizado ante la homogeneidad de un García Márquez, un Onetti o un Vargas Llosa.

Hay autores de los que conocemos su muerte, y no nos importa demasiado. Llevaban muchísimos años muertos literariamente. No es el caso de C. Fuentes. La muerte lo cogió por sorpresa, al igual que a sus lectores. Varias obras inéditas esperaban ser publicadas en este año, entre ellas, Personas (de carácter autobiográfico) y la novela Federico en su balcón. Y aún estaba por comenzar una nueva: El baile del centenario, que quedará en aguas de borrajas.

¿Puede derrotar la literatura a la muerte?, se pregunta Carlos Fuentes en uno de sus trabajos más personales, En esto creo (2002). Pues da la impresión de que la muerte no interrumpe nada, como decía Luis Rosales, porque Shakespeare, Cervantes o Goethe han conseguido ganar el pulso a la muerte. Lo que pierden muchos escritores es el pulso al tiempo, que aprovecha el olvido para relegarlos a la nada en que se convierten, no solo ellos, sino sus obras literarias. No es el caso de Fuentes, que nos ha dejado un puñado de obras maestras que ni el tiempo ni el olvido cubrirán de sombra.

La muerte no pide permiso para interrumpir. Importuna hasta a los genios. La muerte no les sienta bien a ciertos artistas. Desmerece como una mota inoportuna hasta la eternidad.

 

                                                                                              RICARDO VIRTANEN

 

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