“La razón de ser. Meditaciones darwinianas”, de Carlos Castrodeza

 Por Ignacio G. Barbero.

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“Hasta el canto de los pájaros que nos arrulla y seda sólo refleja una naturaleza cruel”

Todo individuo y toda colectividad tienen su razón de ser. Ambos se incardinan en un momento de la historia, cuyas condiciones materiales, sociales y económicas concretas determinan necesaria e inevitablemente lo que tanto uno como otro son y pueden llegar a ser. El individuo que aquí nos ocupa es Charles Darwin; la colectividad: la ciencia natural actual (los científicos). Dos mundos separados en el tiempo, pero íntimamente relacionados; las tesis sobre la evolución de las seres vivos propuestas por el naturalista inglés en “El Origen de las Especies” (1859) se han instituido como el canon para la interpretación de la vida en el planeta. Los naturalistas piensan a partir de Darwin y tanto ellos como los legos en la materia habitamos un mundo “darwiniano”- con las implicaciones ético-políticas que ello conlleva:

La raíz de la concepción de explicación científica actual la tendríamos en origen en la obra de Darwin como protagonista principal del cambio ontoepistémico que supuso la naturalización total de la historia natural. La consecuencia ineludible es que, por un lado, acaba suprimiéndose la concepción ontoteológica tradicional y, por otro, se concluye considerando la inclusión del hombre y su comportamiento como una parte más de la historia natural sin privilegio ontoepistémico alguno” .

La desmitificación del ser humano, que, a partir de la teoría de la selección natural, se convierte en uno más dentro del reino animal, es el proceso del cual Carlos Castrodeza, filósofo y biólogo de prestigio internacional, da cuenta en esta magnífica obra póstuma editada por Xorki. Para ello, recorre analíticamente dos “razones de ser” : la de la concepción, escritura, publicación y recepción de “El Origen de las Especies”, así como la de sus consecuencias en la ciencia y vida actuales. Camino que el autor plantea con estas palabras: “¿Cómo se fragua históricamente la concepción darwiniana en lo que atañe a la naturalización del mundo en su expresión propiamente biológica y en sus consecuencias ontoepistémicas últimas? Desde estas coordenadas, el viraje hacia una antropología del conocimiento en general y de la ciencia en particular es inevitable”.

Uno de los principales problemas a los que se enfrenta todo pensamiento canónico es que sus seguidores -y el mundo no científico que los rodea- tienden a deificar al que lo concibió. Así, la figura de Darwin y el origen de su filosofía natural son presentados como entidades puras por la ortodoxia darwinista. Hacer una fiel antropología del conocimiento implica, por tanto, destruir esta -inmaculada-concepción, tarea que el autor satisface con creces. Aparece ante nosotros un Charles Darwin de carne y hueso -como no podía ser de otra manera-, nacido en una adinerada familia llena de científicos prestigiosos (su abuelo Erasmus Darwin, médico, fisiólogo y naturalista, ya mantuvo posturas de corte evolucionista en 1794 con su obra “Zoonomía”), y con ningún deseo de dedicarse a la medicina, carrera que su padre había pensado para él. Hablamos de un joven muy curioso y despierto que, deseoso de aventura, se embarca en el 2º viaje del Beagle, navío británico de exploración científica; viaja tres años y tres meses durante los que toma notas de las especies animales y vegetales que va encontrando y escribe reflexiones -apenas esbozos- al hilo de estos descubrimientos. Poco después, la lectura del “Ensayo sobre el principio de la población” (1798), de Thomas Malthus, marca un hito en el desarrollo científico del joven Darwin, que descubre en esta obra un extraordinario punto de partida teórico para ordenar y sistematizar esas ideas sobre la naturaleza de la vida que se habían acumulado en su cabeza.

Muchos años, muchas discusiones epistolares con eruditos contemporáneos y muchas frustraciones después se decide a publicar “El origen de las especies”, cuyo planteamiento de una teoría de la selección natural que explica la evolución de las especies sin participación alguna de Dios resulta, en principio, muy chocante para su época, pero su resonancia durante la vida del naturalista inglés fue bastante escasa. Si bien tuvo apoyos -tácitos- de amigos naturalistas, pensadores de la talla de Kropotkin o Marx consideraron su teoría falible y una mera transcripción de las ideas de Malthus sobre la población humana al mundo animal y vegetal. Es más, tras su muerte, y durante más de treinta años, la versión de la evolución más difundida y defendida es la de Lamarck, en la que se basó también Darwin para exponer sus hipótesis, pero de la que se diferencia en conceptos esenciales. Como señala Castrodeza, el triunfo científico y social de una teoría va de la mano de la resolución de problemas cotidianos. En este sentido, el mundo que esboza Darwin no es todavía práctico para su tiempo. Sin embargo, los valores que se extraen la ontología darwiniana sí han demostrado su vigencia desde principio del siglo XX hasta nuestros días.

El darwinismo impone una realidad sin un Dios que la dote de existencia y sentido, lo que tuvo y tiene enormes consecuencias sobre la manera en que el hombre es y sev17c11f2 define; se abre, así, una “Caja de Pandora” que nos acosa con desilusiones:

1)no somos excepcionales en ningún sentido, 2) dependemos totalmente de nuestras raíces sociobiológicas, 3)estamos tan sujetos al imperativo biológico como cualquier otro organismo, 4) somos absolutamente un producto de nuestro pasado y 5 ) la ética, la religión y la cultura no son las construcciones sociales que se supone que son, para asegurarnos así de nuestra independencia ontoepistémica”

Lo que el hombre es y lo que puede llegar a ser está determinado biológicamente, incluyendo la creación de cosas tan “elevadas” como la ética, la religión, la filosofía…etc. Todo es reducible al imperativo de la selección natural, a una necesidad de supervivencia y adaptación que satisfacemos produciendo cultura. Por ello, el hombre no es “un imperio dentro de un imperio”, utilizando palabras de Spinoza. No es un ser privilegiado ni superior, pero tiene una conciencia que le permite darse cuenta del “drama de la vida”, del hecho de que la realidad es inhóspita e indiferente hacia nuestros intereses y aspiraciones individuales cualesquiera que estos sean. Esta destrucción “ontológica” del hombre como centro de la Creación genera un flagrante y doloroso nihilismo en nuestra moral, una aniquilación de valores supremos que responde a un entorno (natural y social) cambiante, hostil y cruel , donde abunda la lucha del más apto por sobrevivir ante los limitados recursos.

Tras el enriquecedor viaje que supone el libro, lleno de datos, autores y teorías expresadas de una manera enormemente comprensible para todo tipo de lectores, entendemos que el pensamiento alivia y nos cura, que tanto la labor de Darwin como la de los científicos actuales ayudan a resolver cuestiones y dificultades “cotidianas”. Pero el pensamiento nunca acaba, porque el mundo de la vida nunca se detiene, está en un continuo fluir. Así, Castrodeza deja las últimas palabras de su escrito para esta enseñanza fundamental:

Posiblemente, pensar por pensar sea la mejor droga para llevar el infortunio de la existencia (asumido o no). Infortunio cuya concienciación hace presa en seres autoconscientes como nosotros. La razón de ser del hombre es el pensar. Porque el pensamiento es la adaptación provisional más consustancial a nuestra propia condición biológica. Condición por otra parte provisional. En el mundo de la vida no hay nada fijo. Todo es fluir evolutivo a mayor o menor velocidad. Ejercer el pensamiento es mantener el rodaje antropológico”

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“La razón de ser. Meditaciones darwinianas”

Carlos Castrodeza

Ediciones Xorki, 2013

227 pp. , 14’95 €

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