Jóvenes y guapos

 

Por Marta Fernández-Caparrós

 

jóvenes y guapos

 

Aloma Rodríguez, Jóvenes y guapos

Editorial Xordica, 2010, 120 páginas.

Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983) es el Nuevo Talento Fnac 2013, un reconocimiento que ha obtenido con su tercer y último libro publicado, Solo si te mueves (Xórdica). Se trata de una novela de inspiración autobiográfica que cuenta las experiencias a lo largo de un verano de una jovencísima aspirante a actriz que obtiene su primer trabajo en el parque temático Dinopolis, en Teruel. Entre actores enfundados en disfraces de dinosaurio, fiestas y borracheras, la protagonista vive también su primera historia de amor importante, aunque casi sin darse cuenta. El libro desprende frescura desde la primera hasta la última página, y también desde las propias  solapas, dónde el lector descubre que Aloma, pese a su corta edad,  ya había publicado dos libros anteriormente: la novela París tres (Xórdica), de la que “Solo si te mueves” es una precuela, y el libro de relatos Jóvenes y guapos. Incondicionales de la narrativa breve, siempre atentos a descubrir cómo los escritores noveles y veteranos se miden con el género, hemos decidido rescatar Jóvenes y guapos de la estantería para descubrir cómo se desenvuelve la autora en el género breve.

Al igual que sus novelas, en Jóvenes y guapos Aloma vuelve a apostar sin concesiones por la narración en primera persona y por las historias de inspiración autobiográfica.  El libro recoge diversos episodios de la vida de una estudiante de Filología Hispánica a la que inevitablemente el lector asocia a la propia Aloma: su verano en Grenoble justo antes de empezar la carrera, sus primeras experiencias como actriz en espectáculos teatrales para niños o revisiones de clásicos, la muerte de su abuelo, la decepción de darse cuenta que una amiga no resulta ser tal, el tonteo con los chicos, el sexo.

Lo que más sorprende de este puñado de relatos, y lo que más se aprecia, es la ligereza con la que todo está narrado. Se diría que Aloma cuenta las cosas como son, desvistiéndolas de los ropajes con los que suelen recubrirlas los escritores para obtener un producto literario. Aloma narra como si grabara con una cámara lo que está ocurriendo: sin adjetivos, sin metáforas, sin descripciones minuciosas. Cuenta lo que ve, sin preocuparse de que su lenguaje suene banal o poco literario. No se trata de un recurso nuevo, muchos escritores han apostado por un realismo desnudo y a veces incluso descarnado. Pero en los cuentos de Jóvenes y guapos la desnudez cobra una fuerza nueva por la manera concienzuda y tajante con la que la narradora se vale del recurso, llegando a un resultado, en mi opinión, sorprendente y muy loable. Los inicios de varios de los cuentos son un buen ejemplo: “Llegué a Grenoble a finales de agosto y en septiembre empezaría la universidad”; “El tren salía a medianoche y llegaba por la mañana”; así como los finales: “El viaje de vuelta iba a ser muy largo y yo aún tenía que repasar los usos del “se” en español”; “Dejé el coche en la esquina de mi casa y le hice una llamada perdida a mi novio: todavía no me atrevía a aparcar”. En este sentido, el libro se hermana con el estilo de la autora francesa Valérie Mréjen, que ha sido reconocida por la crítica como una de las voces más originales y frescas de la literatura francesa contemporánea.  Aloma Rodríguez se ha confesado admiradora de Mréjen en algunas entrevistas. La influencia es evidente. La apuesta de Aloma, valiente, sobre todo al escribir en un idioma como el castellano, tan dado al circunloquio y la pompa.

La economía de recursos que practica la autora podría resultar en ocasiones tediosa para el lector, pero no sucede así, y se debe sobre todo al sutil pero constante el sentido del humor que se aprecia en todos los cuentos y que, precisamente, por la escritura concisa de Aloma, se vuelve más afilado. La mirada de la protagonista es a veces ingenua y limpia, otras ácida y socarrona: “Volvimos sobre nuestros pasos y entramos en Zara. Luisa cogió vestidos para todas y nos dirigimos a los probadores. Era como Pretty Woman pero sin Richard Gere, afortunadamente, y sin tarjeta de crédito. No compramos nada”; “Lo llamábamos Nokia Connecting People, por su incapacidad para relacionarse”; “Mi abuela acababa de salir del hospital y estaba recuperándose de la embolia. Mi abuelo nos dejó sin calefacción en la casa y le dijo a mi abuela que si tenía frío podía irse a correr. Mi madre le dijo que era un capullo. Mi padre le dijo que nunca más iríamos a su casa a molestarle”.

Si directo y sencillo es el estilo, también lo son los acontecimientos narrados. No hay en sus relatos grandes eventos: ni grandes dramas, ni grandes alegrías. Hay epifanías, como en todo buen cuento, pero no son esa clase de corazonadas o momentos de lucidez que cambian o ponen de vuelta la vida de los personajes. La autora hace el amor por primera vez, pierde a una amiga, se ríe de sí misma y de sus trabajos en animaciones infantiles u obras de teatro universitario, o se sorprende a sí misma por no sentir mucha pena por la muerte de su abuelo. Se diría que Aloma practica una literatura de lo inmediato, contando sin rellenos superfluos una colección de deliciosas “tranches de vie”. Sin embargo, se trata en el fondo de una sencillez que entraña mucha complejidad.  Porque la fuerza expresiva de estos cuentos está en lo que se cuenta, pero también, muchas veces, en lo que no se cuenta, en el espacio vacío en el que el lector está obligado a rellenar.

Resulta paradójico que, aquello por lo que este libro podría ser muy criticado, resulte, a mi juicio, su gran hallazgo. Su sencillez puede ser frívola a los ojos de muchos. Para mí, la propuesta convence. Y hay dos factores clave en la victoria de estas historias corrientes narradas sin pretensiones. Por un lado, el sentido unitario que se desprende del libro. Quizás cada cuento, singularmente, no brille en exceso. Pero al compartir protagonista y, en muchos casos, escenarios y temas recurrentes (la familia, los primeros trabajos), se desprende de su lectura continuada, uno tras otro, la sensación de que estuviéramos ante una novela. Esa visión global está muy lograda y le otorga peso y presencia al libro. Por otro lado, los paisajes del libro, el recorrido que nos propone por barrios de Zaragoza, por pueblos de Aragón, sus viajes en autobús a Portugal, en tren a Galicia, es decir, su localismo, le aportan un encanto especial y no le restan un ápice de interés. Las experiencias de juventud retratadas en Jóvenes y guapos, aunque ocurran en Teruel o en Zaragoza, transpiran una verdad universal y consiguen, al menos en mi caso, que me identifique con la mirada inocente y algo despreocupada propia de los veinte años que Aloma arroja sobre todo lo que le rodea. Es inevitable que uno sienta al leer estos cuentos añoranza por los apuntes de la carrera, los viajes en tren litera, los primeros trabajos, los primeros ligues, la primera vez, por todo lo que se hace y se dice sin preocupación alguna. Cuando uno es, era, joven y guapo.

 

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