DEL VINO Y DE LAS LEYES (II)

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Por OSCAR M. PRIETO. Garrafón-300x300Aquilino se llamaba el gigante. Estoy seguro de que ningún trabajo le costaba más esfuerzo y sacrificio que el de enseñarnos a pronunciar correctamente, diferenciando  la “v” de la “b” (la “v” con cierta querencia por la “f”). De todas la tentativas con las que probó, a mí me ha quedado aquella explicación suya que contaba, que a los estudiantes españoles de latín, en Roma, sus condiscípulos les decían a modo de burla:

Beati hominus cuius ‘vivere’ est ‘bibere’.

Es decir, estos compatriotas nuestros no diferenciaban vivir de beber, porque pronunciaban v y b de la misma manera. Y ya que “v” y “b” sonaban igual en los oídos de quienes les escuchaban, les arengaban con tan feliz bendición:

Felices los hombres para quienes vivir es beber.

Sin llegar a tal extremo de identificación entre vivir y beber, no seré yo quien reniegue de las virtudes del vino y de otros licores espirituosos, de beneficios tan probados para el ánimo. Como tampoco seré yo quien hablé mal aquí de las normas de pronunciación, en realidad las únicas que deberían existir, pues son las que nos permiten entendernos. De una palabra bien pronunciada o la misma pronunciada mal, puede ir un mundo en ello. Es por esto que, en puridad, no puedo considerarme anarquista, ya que me tomo muy en serio las normas de pronunciación y con agrado me someto a ellas.

No, no debemos meter a todas las normas en el mismo saco. Nada que ver entre estas y aquellas que por miles promulgan los parlamentos, paradójicamente, repletos de iletrados.

¿En qué momento de la historia les hemos dado a estos representantes nuestros mandato para que velen y se preocupen por nosotros como si fueran nuestras madres? Yo no lo recuerdo.

Estas son algunas de sus monsergas. Sorprendentemente ni si inmutan al soltarlas, se quedan tan anchos:

“No salgan a la calle sin abrigo” “No hagan ejercicio en las horas de más calor” “Beban con moderación”…

Señores representantes, para estos consejos ya tengo a mi madre, por favor, dejen ya de una vez de preocuparse por mí, dedíquese a otras cosas (por ejemplo a generar las condiciones favorables para la creación de empleo)

Cada vez que un tonto de estos sele diciendo lo de que “hay que beber con moderación”, como un acto reflejo, recuerdo un pasaje de El Banquete. Este diálogo de Platón –una de las obras fundamentales de nuestra historia intelectual- narra la cena a la que asistieron unos cuantos amigos, entre los que se encontraban Apolodoro, Agatón, Erixímaco, Alcibiades y el mismísimo Sócrates. Después de la cena, acordaron dar cada uno un discurso sobre qué era o dejaba de ser el amor. No descuidaron el vino, pues eran conocedores de que en ocasiones la ebriedad propicia la sabiduría y la comprensión. Llegado un momento de la reunión, Alcibiades, cómodamente tumbado, hizo la siguiente observación:

–   Bien, señores, me parece que, efectivamente, estáis sobrios. No se os puede consentir, sino que hay que beber, ya que en ello hemos convenido. Me elijo, pues, a mí mismo como director de la bebida, hasta que vosotros hayáis bebido lo suficiente. ¡Ea!, que me traigan, Agatón, una copa grande, si hay alguna. Mejor dicho, no hace ninguna falta. Trae, esclavo, aquella vasija de refrescar el vino –dijo al ver que tenía una capacidad de ocho cótilas. Una vez llena, la apuró él primero y luego ordenó llenarla para Sócrates.

Ocho cótilas, sí, habéis leído bien, ocho, esto es: algo más de dos litros. La apuró él primero y luego ordenó llenarla para Sócrates. Si no lo leo, no lo creo. Qué les dijeran a estos que bebieran con moderación.

Señores políticos: regulen con moderación.

¡Viva Sócrates!

Salud

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