El arte que nos hace estar arrojados al mundo

Por Eloy V. Palazón.

 

Hay algo que no llego a comprender y de lo que, si eso, algún día escribiré: la necesidad, casi fervorosa, por parte del público (general) de grandes nombres o corrientes como excusa para ir al museo. El público no arriesga, va a lo que conoce y lo que desconoce, no es que lo desdeñe, es que persiste en que quede en el lado oscuro. Ese aspecto ocioso de turista cultural poco arriesgado, casi títere, es el que se ha dado en la exposición de Dalí en el Reina Sofía, como un “ruidoso” e insignificante must del verano, cuando dos pisos más abajo había una exposición mejor pensada y más interesante que nos acercaba a uno de los aspectos del arte contemporáneo poco explorado: la influencia de la música en el resto del arte desde los años 60. Y cuando digo sica mejor habría sido decir arte sonoro, no por capricho mío sino por innumerables razones (aunque Llorenç Barber, entre otros, no estaría de acuerdo), siendo una de ellas la que hizo famoso al brillante ensayo Bruits. Essai sur l’économie politique de la musique de Jacques Attali y que dice : « Avec le bruit sont nés le désordre et son contraire : la musique. Avec la musique son nés le pouvoir et son contraire : la subversion » [« Con el ruido nació el desorden y su contrario : la música. Con la música nació el poder y su contrario: la subversión»]. Aunque Attali sólo se refiera al ruido, perfectamente se puede hacer aquí una extensión del término y sustituir “ruido” por “arte sonoro”, pero esto es otro tema.

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Mas la gente fue a Dalí, como la gente fue a ver Pissarro en el Thyssen, fue a ver los impresionistas en Mapfre e irá a ver a los surrealistas en el Thyssen y en la Juan March (el surrealismo se está convirtiendo en el próximo impresionismo…), pero pocos habrán visto ± 1961 o la exposición Artists as catalysts que hubo hasta el 8 de septiembre en Alhóndiga Bilbao y de la que ahora hablaré. ¡Y eso sí que es una pena!

 

Y a Attali no lo cito  para hacerme el listillo sino porque, además de que es un excelente ensayo (y esta es la segunda vez que lo alabo, un guiño para que lo lean si no lo han hecho ya), podríamos hacer un paralelismo: Dalí es a la música como el Artista como catalizador es al ruido. Y la gente evita el ruido, sí, lo evita y por eso anda por la calle con cascos escuchando a Lady Gaga o la quinta sinfonía de Mahler, sin querer igualar, en un ejercicio de negación de la náusea de la era postindustrial.

 

La exposición que se pudo ver este verano en Alhóndiga Bilbao, y que llegaba desde (nada más y nada menos que) el Centro de Arte y Nuevas Tecnologías Ars Electronica Center de Linz (Austria), que celebró su importante festival la segunda semana de septiembre, pretendía presentar el trabajo y la investigación de los artistas más referenciales del circuito internacional sobre los procesos de desarrollo artístico vinculados a la creación tecnológica.

 

Catalizador significa que acelera un proceso. En el arte contemporáneo, los artistas son las enzimas, las proteínas intelectuales de nuestra época, que provocan esta reacción. En esta exposición se pudo ver cómo los artistas ejercen este efecto creador y expansivo que influye en nuestra manera de reaccionar y comportarnos ante sus obras y el mundo actual, potenciando así una interacción entre artista, obra, espectador y mundo. De ahí la cita sobre la subversión de Attali.

 

light is time-Matthew Gardiner

La exposición se abría con una obra específica para esta exposición y que no estuvo en Ars Electronica Center creada por Josu Rekalde, Mikel Arce y Enrike Hurtado y que se llamaba, elocuentemente, ‘Pensar en silencio, actuar con ruido’, una instalación que interactúa con el visitante, recogiendo su sonido al escribir o dibujar sobre una pizarra, alterándolo a través de ordenadores controlados por sensores y siendo devuelto al ambiente creando una paradoja donde el espacio expositivo y el espectador se convierten en elementos de la misma pieza. De Linz sí venía la propuesta de otros artistas como Finnbogi Pétursson, Eric Paulos, Cesar Harada, Daan van den Berg, Seiko Mikami, Julian Oliver, Danja Vasiliev, Paolo Cirio, Alessandro Ludovico, Manu Luksch, Matthew Gardiner o Golan Levin.

 

Presentaron una variedad de obras que van desde la cultura “do it yourself”, como ‘Free Universal Construction Kit’, de Golan Levin, que permite el intercambio de piezas entre diez populares juegos infantiles de construcción (Lego, Duplo, K´Nex…), creando nuevas formas entre sistemas que en principio están cerrados, hasta referencias al panóptico foucaultiano de ‘Faceless’ de Manu Luksch, utilizando las videocámaras de vigilancia de Londres, el mundo de los datos virtuales con‘Desire of codes’ de Seiko Mikami, una espectacular instalación que recoge imágenes a través de numerosas cámaras y que proyecta, al azar y junto con otras imágenes registradas durante años, en una gran pantalla circular subdividida en varias secciones, como si del ojo de un insecto se tratara, o la creación a partir de las redes sociales con la obra de Paolo Cirio, que se autodenomina escultor del poder de la información, con ‘Face to facebook’.

 

Una exposición que nos acerca a ese arte que nos arroja al mundo al que pertenecemos, porque no tenemos otra elección, que nos hace meternos en mitad del ruido, de nuestro ruido. Y con esto no quiero decir que sólo la obra realizada con las nuevas tecnologías sea la única que nos arroja al mundo, pero sí es ese arte el que lo hace de forma más violenta y directa.

 

Una muestra realmente interesante y que propicia una gran excitación con muchas de sus obras pero cuya unidad discursiva, sin embargo,  se queda corta al ser una exposición que muestra, aparentemente, sólo obras que utilizan nuevas tecnológicas, sin exponer una gran tesis articulada en un discurso curatorial “más elaborado”, aparte de dibujar con la metáfora del catalizador algo que no es novedoso. Aunque, desde luego, esto último no le quita el valor ni la importancia y, mucho menos, la calidad.

 

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