‘La aventura’

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Por Ricardo Martínez Llorca

La aventura

AA.VV.

La línea del horizonte

Madrid, 2016

287 páginas

 

Estas son algunas de las palabras que nos remiten a ideas difíciles de definir, pero sentimientos claros: justicia, libertad, igualdad, felicidad, amor y los contrarios: injusticia, cautividad, desigualdad, infelicidad y odio o indiferencia, según la corriente del pensamiento al uso. La ventaja de un diálogo o una divagación, o una sencilla glosa o interpretación a modo de relato de cualquiera de estas ideas, es que partimos de todo el universo a la vez. No sé a quién se le ocurrió que el universo tuviera la forma que tiene, caprichosa, al azar, pero sí que ese caos permite más creatividad que el orden. Creatividad también es una criatura sin definición clara, pero un sentimiento sin confusiones. La creatividad y el caos se caracterizan por ser impredecibles. Y la otra palabra que sugiere, pero no imita, que uno sabe cuándo está inmerso en ella, pero no siente necesidad de describir, es la aventura. Al igual que la creatividad, comparte la incertidumbre del futuro. Nadie sabe cómo terminará una aventura, al igual que nadie sabe qué se le impondrá a un artista, escritor o director de cine durante la creación.

La línea del horizonte, una editorial empeñada en sorprendernos, vuelve a la carga con este volumen en el que se recopilan textos de diferente procedencia sobre la aventura. Tal vez el más notable sea el de Georg Simmel (Berlín, 1858 – Estrasburgo, 1918), Para una psicología de la aventura, por el hecho de ser una referencia. Alguno de los autores lo menciona en más de una ocasión. Simmel compone un intuitivo ensayo sobre la trascendencia y el hambre del alma humana. Su único punto de anclaje, es que la incertidumbre es la sola certeza que tenemos. Tanto él como los demás autores, componen un mosaico del imaginario y los anhelos que suponen la aventura, vivida o leída. Pues la contemplación no es menos intensa que la acción. Por descontado, se celebra el sueño y se enuncia, de diversos modos, cómo la aventura nos ayuda a multiplicar nuestra existencia, alcanzar algo nuevo. Algo que también deseamos para los seres queridos.

Carlos Muñoz Gutiérrez, que da entrada al libro, nos recuerda lo complicado que es expresar, pensar, que equivale a resistir, sin lo cual no existe la aventura. El texto de Joseph Conrad, La geografía y algunos exploradores, vuelve a ser una ceremonia literaria, una celebración sobre la épica y los descubrimientos, sobre África y la navegación. Isabel Soler se engancha al academicismo, su especialidad, de los siglos del barroco, cuando la navegación era la metáfora de los peligros de la naturaleza desatada. Vladimir Jankélévitch distingue al aventurero lúdico del profesional, por el grado de riesgo de su proyecto de vida; para él, aventurado es un estilo de vida donde uno siempre es un principiante, y el aventurero alguien que sabe comenzar, pero no detener, las fuerzas ajenas de los acontecimientos. Javier Cacho resume la aventura polar, con su estilo siempre agradablemente divulgativo. Para Rafael Argullol lo que existe es la nostalgia de la aventura, antes de dar paso al otro gran texto de este libro, Para una antropología de la aventura, de David Le Breton. El ensayo es el más largo del volumen. Se trata la historia del viaje, la época en la que no existía cartografía ni documentos, siguiendo grandes ejemplos de grandes aventuras. Reconoce que parte del eurocentrismo, como la ciencia antropológica, e identifica la sed de aventuras con la sed de poder. Lo cual nos remite a la colonización. Pero el sentido de la aventura evoluciona hasta el lucimiento personal, pasando por la búsqueda de lo salvaje de aquellos que se mostraron insatisfechos. Y la insatisfacción es un concepto también occidental, que también se ha exportado a otras regiones del mundo. En lo que se refiere al estado moderno, lamenta la envidia que quienes participan de él, la envidia del núcleo del estado por la fantasía del aventurero y su psicología optimista. Aunque ahora lo que se impone es el imitador del aventurero, pues ha muerto ya lo salvaje y lo sagrado de lo salvaje. La aventura ya es un mito, una mirada que se aparta de la rutina. A pesar de quienes se empeñan en identificarla con la búsqueda del riesgo. Patricia Almárcegui nos recordará que ha sido una idea eminentemente masculina, y lo que supone ser mujer y viajar sola. Juan Pimentel se arrima, nuevamente, a la ilustración, y a Javier Reverte le queremos mucho. Sylvain Venayre identifica la aventura con la transición y nos reconforta recordándonos que tal vez no podamos pasar a la historia como aventureros, pero sí somos héroes de nuestra vida.

En definitiva, La aventura es un libro que podría, y debería, seguir creciendo. Una obra abierta al caos creativo. Una reivindicación, también, de una literatura de la que estamos muy necesitados. Basta de eso que llaman novelas urbanas, que no son más que agrupaciones de gente en un escenario en el que, por lo general, los reúne un cadáver. Lo que queremos es más incertidumbre, más épica, más sentirnos dueños de nuestros días y nuestras noches. El regalo de la aventura.

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