Los Relatos de Culturamas: La anciana, de Lola Robado

Esta semana os dejamos un regalito de Halloween atrasado.

Inquietaos y disfrutad con él.

No dejéis de comentarlo, atent@s lector@s.

Y recordad que seguimos esperando vuestras creaciones

Podéis descargar el relato aquí

LA ANCIANA, Relato Culturamas 8 de noviembre

 

LA ANCIANA

Lola Robado

En el largo pasillo resonaron unos pasos que poco a poco se iban acercando a mi habitación, contuve la respiración y metí la cabeza debajo de las mantas. Alguien o algo se había parado justo delante de la puerta. Silencio. Entonces, oí una respiración agitada y un ruido de pisadas que cada vez sonaban más cerca de mi cama. Empecé a temblar mientras mi corazón latía desbocado como queriendo salirse del pecho. En el reloj del ayuntamiento dieron las dos de la madrugada. Luego, el silencio. No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil debajo de las sábanas húmedas con mi sudor, sin atreverme a moverme y conteniendo el aliento. Cuando reuní el valor suficiente, saque lentamente la mano de debajo de las sábanas y encendí la luz de la lámpara de noche que se encontraba encima de la mesilla. Muy despacio saque la cabeza de debajo de la ropa. No había nadie.

  • ¿Lo habré soñado todo?- pensé.

El resto de la noche apenas dormí, dando vueltas inquieta.

A las siete de la mañana sonó el despertador. Me levanté y me miré en el espejo. Las ojeras me delataban. Me dí una ducha rápida, desayune y me maquille lo mejor que pude para que en el trabajo no notarán nada. No quería que nadie supiera lo que me había pasado esa noche, para que no me tomaran por una chiflada que no ha superado el divorcio de su marido y se inventa, nunca mejor dicho, historias para no dormir.

El resto del día pasó sin novedad.

Después del trabajo animé a los compañeros a tomarnos unas cañas para así retrasar el momento de volver a casa y enfrentarme con mi soledad.

A las diez entraba por la puerta principal de mi edificio. Subí en el ascensor hasta el ático en el que vivía. Lo primero que hice fue encender el televisor para que se rompiese el silencio que embargaba todo.

Me fuí a la cama tarde porque no encontraba el momento de enfrentarme a mis terrores nocturnos. Había pasado media hora cuando en el pasillo volvieron a sonar los pasos que se acercaban hasta pararse en la puerta de mi cuarto. No era capaz de mover un pelo, ni siquiera tuve valor de taparme la cabeza, aunque permanecí con los ojos cerrados para no ver que era lo que se acercaba. Sentí la respiración esta vez cerca de mi cara. Quise gritar pero la voz no me salía del cuerpo. De repente, el silencio. Cuando recuperé el valor, hice lo mismo que la noche anterior. No había nadie. Sonaron dos campanadas. No pude pegar ojo.

Al día siguiente no fui a trabajar alegando que me encontraba enferma. No mentí porque estaba realmente hecha polvo y con los nervios destrozados. Quería llamar a alguien pero a esas horas de la mañana todo el mundo debía encontrarse trabajando. Las horas transcurrieron lentamente sin que nada anormal sucediera en mi apartamento. Sobre las seis llamé a mi mejor amiga y quede con ella para tomar unas cañas, le extraño que la llamará entre semana ya que siempre solíamos quedar los sábados, pero le dije que necesitaba hablar con alguien.

LLegue al bar donde solíamos quedar, Laura aún no había llegado, me senté en una mesa cerca de una ventana y pedí una cerveza mientras pensaba cómo le iba a contar a mi amiga, los acontecido las últimas noches. Al cabo de un rato llego alegando que le había costado mucho trabajo encontrar un sitio donde aparcar porque el centro se pone imposible a estas horas. Lo primero que me dijo es que me veía con muy mala cara y no me extraño porque cuando me mire en el espejo del cuarto de baño las ojeras me llegaban hasta los pies, acostumbrada a dormir un mínimo de ocho horas diarias, el calvario de las dos últimas noches era demasiado para mí.

Le conté la causa de mi visible agotamiento y ella sea echó a reír, me dijo que tomara valeriana antes de dormir que lo que había tenido era una pesadilla y que a mi piso no le pasaba nada paranormal, incluso se permitió el lujo de bromear, diciéndome que debería ir al programa de Iker Jiménez. A mi, no me hicieron ninguna gracia sus comentarios y menos su falta de tacto respecto al tema. Me terminé la caña y le dije que estaba muy cansada que ya nos veríamos como siempre el fin de semana para ir a bailar.

Cuando llegué a mi casa y encendí la luz, me encontré a una anciana sentada en mi butaca favorita sonriendome. Le pregunté que quién era y cómo había entrado, ella se limitó a levantarse y marcharse por el pasillo hacia las habitaciones. Tardé un rato en reaccionar, cuando lo hice seguí los pasos de la mujer por el pasillo, mire en todas las habitaciones. No había nadie.

Esto ya pasaba de castaño oscuro, no podía ser una pesadilla nocturna, esto era real. Decidí que tenía que salir de allí cuanto antes, no podía permitirme el lujo de pasar otra noche sin dormir. Metí un pijama y unas cuantas cosas de aseo en una bolsa de mano y me fui a pasar la noche en un hotel.

Al día siguiente después del trabajo volví a ir a mi casa. Entre despacio porque no sabía lo que me iba a encontrar. En el salón no había nadie pero todos los libros de la estantería estaban tirados por el suelo. Ahogué un grito y reuniendo todo el valor del que fui capaz, fui a mi habitación y en un tiempo récord preparé una maleta con lo imprescindible y me marché a casa de mi madre.

Mi madre se preocupó al verme allí y me preguntó si seguía tomándome las pastillas que me recetó el psiquiatra después de mi divorcio. Le dije que no que estaba cansada de ellas.

-Me hacen ser alguien que no soy yo, me siento mareada y aletargada no me dejan pensar con claridad – le dije.

Me dijo que le contara el motivo de mi presencia allí. Entre lágrimas le conté todo lo que me había pasado. Me propuso ir al día siguiente a mi casa para comprobar el estado de las cosas. Me calmó diciéndome que seguramente todo era producto del cansancio y de la tensión acumulada por el divorcio y que no me preocupara demasiado.

Esa noche pude dormir tranquila y segura en casa de mamá.

A la mañana siguiente fuimos a mi casa ya que era sábado y no tenía que ir al trabajo. Introduje la llave en la cerradura nerviosa y cuál no sería mi sorpresa al ver que en el salón todo estaba en su sitio, ningún libro por el suelo, todo en perfecto orden.

  • No puede ser. Te juro que lo ví claramente. Todos los libros estaban en el suelo. ¿Me estaré volviendo loca? – dije fuera de mí.

  • No te preocupes cariño – dijo mi madre – a veces la imaginación juega malas pasadas. Deberías seguir tomandote las pastillas para los nervios, seguro que así te sentirás mucho mejor. De todas formas quedate en casa unos días si así te sientes más tranquila.

Así lo hice pase una semana en casa de mi madre y cuando me sentí más tranquila y recuperada decidí que era el momento de volver a mi casa.

LLegué a la puerta de mi piso y abrí la puerta, cuando iba a entrar, está se cerró de golpe impidiendome el paso. Repetí la operación tres veces más y las tres veces pasó lo mismo. Armándome de valor lo intenté una vez más y empuje la puerta con fuerza consiguiendo por fin entrar. Cuando llegué al salón un viento gélido recorrió toda la estancia tirándolo todo a su paso; libros, muebles, cuadros, adornos. Todo empezó a girar en círculos en un torbellino que parecía no tener fín y entre medias de todo la risa de la anciana que hizo que me estremeciera de arriba a abajo. Creí volverme loca y presa de la histeria salí corriendo escaleras abajo gritando despavorida.

Los vecinos acudieron en mi ayuda. Entre lágrimas y gritos les conté todo. Cuando subieron a mi casa todo estaba en perfecto orden. Como vieron que no me tranquilizaba de ninguna manera llamaron al médico de guardia y éste aconsejó mi ingreso en el hospital.

  • Esa es toda la historia doctor – dije sin poder evitar el llanto.

El psiquiatra asintió sonriendo:

  • No te preocupes por nada con la medicación que te voy a dar, te sentirás mucho mejor y pronto podrás volver a casa tranquilamente. Todo lo recordarás como un mal sueño.

María llevaba dos semanas en la planta de psiquiatría del hospital. El médico por fin había permitido que tuviera visitas. La enfermera la llamó y le dijo que tenía una . Fue a la salita donde recibían a los familiare y amigos.

Allí sentada en el sillón estaba la anciana que la había estado atormentando en su casa. Ahogó un grito. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Noto un fuerte dolor en el pecho y se desplomó en el suelo. Lo último que pudo oír era la siniestra risa de la vieja.

SOBRE LA AUTORA:

Me llamo Lola y soy aficionada a escribir. Esta es la primera vez que me publican un relato y estoy muy contenta. Tengo 53 años, estoy viviendo en Tarragona desde hace 17 años aunque soy natural de Puertollano. Soy soltera y estoy jubilada. Estudie magisterio en la Escuela Universitaria de Toledo. Me encanta leer y mi escritor favorito es Murakami. Ahora estoy leyendo a Dolores Redondo y me encanta.Espero que mi relato os guste y os inquiete.

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2 respuestas a Los Relatos de Culturamas: La anciana, de Lola Robado

  1. El relato de Lola me ha mantenido en vilo hasta el final !!! Sencillo pero directo e inquietante.

    Rita
    10 noviembre 2017 at 2:03 am

  2. Sin duda es un relato que atrae toda nuestra atención lectora hasta la última palabra. Gracias por tu aportación.

    Los Relatos de Culturamas
    16 noviembre 2017 at 14:00 pm

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