‘El desconcierto’, de Begoña Huertas

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Por Carlos Marín

El desconcierto

Begoña Huertas

Rata:_Books

Barcelona, 2017

205 páginas

 

Este es el único género literario del que nunca se ha anunciado su muerte: el testimonio. La literatura testimonial atraviesa todas las épocas de la historia para dar fe de una enfermedad que puede tomar la forma de un duelo o una esquizofrenia. Desde las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique, a Quiero dejar de ser un dentro de mí, de Birger Sellin, los que han conseguido recurrir a lo literario para salvar el exceso de sensibilidad, para evitar lo cursi, merecen la pena. La enumeración es arriesgada y en ocasiones no apta para todos los estómagos, aunque debería ser obligatoria para todos los corazones. El frío, de Thomas Bernhard, es incuestionable como referente. Al igual que lo es Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, una obra con la que no comulga Begoña Huertas posiblemente porque cada libro requiera su momento, y el de Broyard es tan contundente que existen pocos momentos en los que leerlo. La carta de despedida de Oliver Sacks o Mi cuerpo también, de Raquel Taranila, toda una sorpresa que ya ha pasado a la estantería de libros favoritos, son otros referentes actuales. Como lo es Luz en las grietas, de Ricardo Martínez Llorca, tal vez el mejor de los testimonios sobre una enfermedad crónica y congénita que se ha escrito en nuestro país.

Pero Begoña Huertas no detiene su indagación ahí. Los diarios de Katherine Mansfield, la obra de Proust, La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstói y unos cuantos ensayos, algunos que nos veremos obligados a leer tras la sugerencia de Begoña Huertas. A todos ellos, se suma ahora este desconcierto, una obra escrita cuando la autora ha recuperado fuerzas tras superar, al menos superar en términos clínicos, un cáncer de colon. Durante el proceso en el que se quebró, odiaba un cuerpo débil y una cabeza extenuada no le permitía resurgir. La meditación, cita a Ramiro Calle como maestro, por ejemplo, terminó por venir en su auxilio. Así como la compañía de algún ser querido y la literatura. Y el placebo que supone encontrar un buen profesional de la medicina, no por sus habilidades profesionales, sino por las humanas.

Negando la filosofía de la superación, eso de si quieres puedes, porque termina por culpar al enfermo que no consigue superar su mal, afronta los días y las noches de desconcierto. Es mejor no pensar. O tal vez sí. Es mejor dejar que el cansancio te suceda o tal vez es mejor luchar contra él. Begoña Huertas relata sin lucirse, con sencillez, guiándose en la medida de lo posible por lo cronológico, para dar coherencia al texto, y por la memoria, que es lo menos cronológico que existe, pero sin cuya existencia no sirve de nada el testimonio. Uno tiende a pensar que estos libros ayudan a cauterizar al escritor. Nada más lejos de lo que sucede. Quien los escribe, como confiesa Begoña Huertas, no sabe para qué sirven. Pero los escribe por la misma razón por la que no deja de lavarse los dientes. Los escribe como rasgo de humanidad, de civilización, con el deseo de seguir siendo un ser sensible y saberse vivo.

Por lo demás, durante la lectura de El desconcierto, uno siente con frecuencia la tentación de llamar a Begoña Huertas pues son muchos los interrogantes. Están los existenciales, cuyas respuestas, según se nos refiere, van aproximando cada vez más la filosofía del lejano oriente a la psiquiatría moderna. Pero están las preguntas al uso. Recordamos, ahora, un pasaje en el que menciona la inexistencia de protagonistas enfermos en las obras de ficción literaria. Excepto en La muerte de Iván Ilich. Y se nos ocurre pensar en que la ficción ha tratado la enfermedad por fuera, como una metáfora de la personalidad. En ficción, la descripción física de una persona nos habla de su psicología o contrapsicología. Pero sí existen obras en las que las mutilaciones de los protagonistas son esenciales. Pensamos, a bote pronto, en La piedad peligrosa, de Stefan Zweig, o en alguno de los personajes de Carson McCullers. De eso, y de otras muchas cosas, nos gustaría hablar con Begoña Huertas, porque nos habla en este libro como si fuéramos sus compañeros.

 

A favor de la luz

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