‘Habitaciones con monstruos’, de Ángeles Sánchez Portero

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Habitaciones con monstruos

Ángeles Sánchez Portero

Talentura

113 páginas

Estas habitaciones no son exactamente un libro de relatos. Son estampas a las que se les suma la condición del tiempo, que es tan infame como inevitable de aceptar si uno pretende estar cuerdo. Porque el punto fuerte de la literatura de Ángeles Sánchez Portero, o al menos el que da a entender que será su cimiento, son las descripciones fabricadas en secuencia, a base de enumeración. En realidad, aunque los centros de interés varíen, el grupo está unificado no solo por esa pretensión, sino por la cadencia de una prosa que reproduce la secuencia, a su vez, con que sucede lo que sucede en las ciudades, que es donde el tiempo se embala. Hay, sí, un juego de fantasía, en la que los límites de lo creíble los definen los propios relatos y no el exterior, algo que también debemos agradecer, pues no son tantos los que fían la verosimilitud al interior de su propia obra. Sánchez Portero es una escritora que promete. También promete cierta tristeza que entra y sale, pero que en muchas ocasiones es inevitable, pues el relato se agarra al final de una o dos vidas. Si es que esto que supone existir en una ciudad occidental es la única vida, pues las puertas a una nueva dimensión no quedan cerradas. La intuición de que exista algo más allá de la muerte, una intuición que carece de la precisión de la esperanza, está vigente en esta escritura verbal. Pues la redacción de Sánchez Portero da prioridad al sonido frente a la creación de imágenes.

A eso se le conoce como coherencia. Si formara imágenes, en tanto que, a la par, no termina de cuadrar lo que nos narra con lo que llamaríamos realismo, sentiríamos cierta descompensación. Los relatos, o estampas, o momentos, no desfallecen. Para ello se refugia, con frecuencia, en la sintaxis anglicista del uso de la segunda persona para generalizar: en lugar de escribir, por ejemplo, “uno piensa” o “se piensa”, elige: “piensas”. La fórmula está integrada en nuestra literatura, con mucha naturalidad, desde Juan Goytisolo. Ahí se termina su comunión con el clásico. Porque Sánchez Portero presta atención a las infancias compartidas y sus secuelas en los últimos años, o a la identificación de la unidad de un solo cuerpo con la de un mundo, este mundo. También es capaz de integrar una comunidad de vecinos disparatada como la Rue del Percebe con la influencia de El Aleph sin perder el sentido de la estética, o puebla el cerebro en formol de Einstein de todo lo que acumuló en sus días y sus noches y que se niega a morir. Enreda a un pasajero con la voz de locución de un autobús en un pasaje tan claustrofóbico como el corto La cabina, de Antonio Mercero. Estudia los vínculos que supone la maternidad frente a la personalidad, los miedos y la neurosis, o define el hecho de ser ciudadano con un detalle tan común como es portar una bolsa de plástico. Todo ello sin perder la cadencia, atenta a las palabras, al ritmo y, sobre todo, a la memoria. Como si el pasado significara todo para ella. Como si, incluso, pudieran coexistir dos pasados, el de la ciudad en la que llueve y la gente se guarece, y el de la ciudad en la que sale el sol y la gente hace vida en la calle. Así es como pone punto final a esta creación de buena literatura.

 

A favor de la luz

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