Lo que nos queda de la muerte

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Por César Malagón.

La novela negra sigue cogiendo aire en nuestro país. La cantidad y calidad de escritores de este género aumenta año a año, con excelentes resultados, haciendo innecesario ir a pasar frío a Escandinavia o conocer a despiadados asesinos americanos para leer buena literatura. Y dentro del gran plantel de escritores, hay algunos que sobresalen del resto, gente que aquello del nudo-desarrollo-desenlace de toda la vida le queda pequeño y prefieren experimentar con nuevas formas de contar historias. Jordi Ledesma es fiel reflejo de este tipo de escritores, y en Lo que nos queda de la muerte, su tercera novela, queda claramente demostrado.

Nos situamos a principios de la década de los 90 en Cambrils (Tarragona), municipio costero del Mediterráneo donde vive actualmente el autor. Un narrador omnisciente en primera persona nos hace de Cicerone por el pueblo, mostrándonos la idiosincrasia de sus habitantes. Sin embargo, es difícil definir un lugar que ha tenido una transformación tan grande en los últimos años, porque esa transformación del pueblo acarrea una transformación de sus habitantes, cuyos miedos, resquemores y envidias traspasan las paredes de su casa y chocan con las de sus vecinos.

Lo que nos queda de la muerte es una novela coral, y el narrador nos va presentando todos los estratos de la sociedad de dicho lugar. Está el Guardia Civil y su bella mujer, las niñas pijas de Zaragoza que llegan al pueblo en verano anhelando un amor inolvidable, vecinas cotillas y envidiosas, trapicheadores locales, secuaces algo torpes de sus jefes, unos niños de papá cuyo pasatiempo favorito, a parte del tráfico de drogas, es coleccionar amantes. Y no podía faltar el prostíbulo, lugar de desahogo y esparcimiento donde siempre se mezcla la flor y nata de la sociedad local masculina (y sus allegados).

Será el asesinato de un joven del pueblo el que active los resortes y haga que todos sus personajes entren en acción. El misterioso narrador parece conocer a todos los habitantes del pueblo, pese a que nunca llegamos a ponerle ni rostro ni nombre. Él es el encargado de guiarnos por unas calles que poco a poco nos irán pareciendo familiares, encargándose también de mostrar la cara oculta y perversa de sus habitantes, cuya ética personal y profesional parece no haber crecido acorde a la expansión territorial de la urbe. Y como si de un cocinero de nivel se tratase, el autor va preparando un guiso perfecto, cocinado a fuego lento, cuyo regusto una vez terminado permanece mucho tiempo en el paladar, con una digestión más que placentera.

Jordi Ledesma tiene un estilo muy cuidado, con mucha fuerza y cargado de simbolismo. Su narración de calidad se sale de los cánones habituales, sin perder por ello el tono negro y crudo que se le pide a una buena novela negra. Si leen Lo que nos queda de la muerte encontrarán unos personajes bien construidos y unas descripciones detalladas de alto nivel. Muchos dicen que es su mejor novela de las tres que ha escrito. Lamentablemente, no puedo compararla con Narcolepsia y con El diablo en cada esquina, aunque habrá que ponerse manos a la obra con ellas para opinar de dicha afirmación.

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