‘La tribu. Retratos de Cuba’, de Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

La tribu. Retratos de Cuba

Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

Sexto Piso

Madrid, 2017

257 páginas

 

Hay que ser muy joven, o muy viejo o muy valiente, para atreverse a afirmar que pasión y tristeza es lo mismo. Eso aparece reflejado en palabras de uno de los perfiles que tan bien traza Carlos Manuel Álvarez Rodríguez (Cuba, 1989) y que, al reproducirlas las hace suyas. Y al leerlas las hacemos nuestras. Con ese espíritu, con el de la idea de que pasión y tristeza es lo mismo, están construidas las voces que forman un conjunto del que podemos extraer una idea sobre cómo Cuba se ve a sí misma. El momento en que están escritos supone el mayor cambio en la historia del país desde la implantación del régimen de Fidel Castro. El periodo que va del año 2014 al 2016 es un tiempo de apertura, una época en la que entrar y salir del país resulta más fácil. Resulta más fácil huir, pero también elegir quedarse. En ambos casos, la imposibilidad de conseguir dinero, ese apunte demasiado realista, sale a flote. Y esto implica no solo a los entrevistados, sino también a la gente de los entrevistados, que son parte de unos perfiles que pretenden ser periodismo, pero que si Carlos Manuel Álvarez Rodríguez se lo propusiera, serían poesía.

La mayor virtud de Álvarez Rodríguez es su maleabilidad humana. Se adapta a cada caso, a cada situación. Se valora por igual la vida extraordinaria que el acto de un hombre anónimo. Cualquiera de ellos tiene el mismo fin: completar a una persona. El voltaje puede ser alto o bajo, la forma plana o espinosa, podemos estar frente a un asesino o un travesti, que Álvarez Rodríguez sacará de ellos lo mejor que tienen como para construir un perfil que no nos deja indiferente. Los artículos son tal vez algo largos, pero están escritos, por lo general, a tramos cortos y compactos. Lo que no se cuenta también es relato. Y lo único que tiene en común es su cualidad de vividores. Da igual que se trate de alguien pendenciero o de vida sexual muy activa, de vividores a la fuerza o de muertos de hambre, de hijos de la violencia o contrasociales o prosociales. La tensión siempre está al máximo, como la cuerda de una guitarra. Y el estado no es ajeno a esa tensión, como no lo son las libertades, así, en plural, dado que cada individuo entiende la libertad de una manera. Patria, lo que se entiende como patria, como país, nación, estado al que uno pertenece, eso ya no existe. Al menos en ese sentido Cuba lleva la delantera. En lo que sí cree Carlos Manuel Álvarez Rodríguez es en el derecho a ser uno mismo, de ahí que supervivencia o creatividad tengan la misma potencia estilística.

La lista de gente que transita por el libro nos puede ayudar a hacernos una idea de los intereses del autor, que son todos. El jugador de béisbol que emigra, el guerrillero, el músico y el travesti, el que habita en un vertedero y el que mata las horas en el malecón de La Habana, el boxeador, el balsero, los emigrantes que viajan a Ecuador para intentar alcanzar Estados Unidos desde allí, atravesando el continente en canal, los traficantes, el rapero y el cronista social, la lesbiana suicida, la madre de la lesbiana suicida, la niña de once años que fue madre y será mamá mucho tiempo más tarde, el poeta que por sí solo salva a Cuba para la historia y, como no, Fidel Castro, a quien dedica algo que uno no se atreve a llamar obituario, dado que está colocado al final del libro y, como no, uno llega a él como si conociera de primera mano, como si hubiera nacido allí y no hubiera hecho otra cosa que observar, lo que ha sido Cuba y lo que ha supuesto para los cubanos.

 

 

Que el dolor no lastre tu vida

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