Corre conejo

CÉSAR ALEN.

Uno de los títulos de la famosa saga de Harry Conejo Amstrong de John Updike. A este título le acompañan El regreso de conejo, Conejo es rico y Conejo en paz, estos dos últimos premiados con el Pulitzer.

Nació en Reading, Pensilvania en 1932. Se graduó en literatura inglesa en la prestigiosa universidad de Harvard. Impelido por su madre, una profesora amante de las letras, desde muy temprana edad empezó a escribir relatos. Su pasión por la literatura conformó la vida, además de su consabida afición al baloncesto. Desde luego su larga envergadura lo coloca en una posición de privilegio para la práctica de ese deporte.

Su prosa es desbordante, homérica. Su profusión narrativa excede cualquier posible contención estilística. La utilización del lenguaje es magistral. En las descripciones encuentro una clara inclinación naturalista. Baste como ejemplo la delineación del rostro del protagonista. Realmente te imaginas una gran cara de conejo coronando a ese tipo alto y desgarbado. El enfoque naturalista lleva inevitablemente al costumbrismo. Todas esas descripciones de los más nimios detalles conforman la naturaleza de las cosas. Un hombre deambula estéril en medio de una sociedad determinista. Eres lo que tienes. Pero nuestro autor busca el reverso de la apariencia, la traspasa, llega a la intrahistoria (que diría Unamuno). Con Updike abrimos las puertas indiscretas de las casas de la clase humilde (él mismo calificó a su protagonista como: “un protestante de clase media de un pequeño pueblo norteamericano”). Nos inmiscuimos en las íntimas miserias familiares. Tenemos el privilegio de observar de primera mano los comportamientos patológicos de los que no han alcanzado el éxito, los que se deben conformar con las migajas, los sueños rotos. El sempiterno escenario del hogar americano es un salón con los viejos sofás raídos y un televisor lanzando caleidoscópicas imágenes de colores que flotan por la estancia. En la pantalla dibujos animados o un capítulo de un inacabable seria.

Enfrente la mujer alcoholizada balanceándose en una hipnótica sesión vespertina. Y así en la mayor parte de los hogares, a los que no ha llamado la fortuna. Sin embargo, Updike, a base de insistir en la mirada y huir de los estereotipos, nos descubre la dulce ternura del fracaso. Escenarios propios de los cuadros de Hopper. La incansable búsqueda del sueño americano. Nuestro autor hace el viaje al revés; de lo general desciende al detalle, de la categoría a lo anecdótico. Porque es ahí donde reside el verdadero espíritu de la nación. El desencanto nunca muere, al contrario, hace que la gente muestra su verdadera faz, su alma abierta en canal. He ahí la importancia del lenguaje. Una aguda sintaxis puede convertir en oro cualquier metal, por duro que sea. En ese caso las pequeñas miserias de los protagonistas nos parecen dignas de cualquier obra shakesperiana. Cada intento desesperado de avanzar, de seguir, de tan siquiera intentarlo nos acerca a la épica americana (muy bien reflejada en las novelas de Melville o London). Decir esto es decir tanto como recuperar la humanidad perdida que, en cada situación, en cada persona, en cada esquina, en cada escena.

Conejo corre, corre sin un motivo aparente, aunque podría llenar un saco con las desilusiones, los desamores o las frustraciones. Atraviesa la parte septentrional del país, viejas carreteras secundarias horadando las altas y majestuosas montañas, cruzando ciudades agigantadas de las que huye para llegar al mar, la eterna alegoría, la escapada hacia adelante.

Leer al escribir de Pensilvania es como entrar en un profuso bosque en el que hay que desenmarañar esa abigarrada espesura verbal. Adjetivos, sustantivos, adverbios, verbos que nos atrapan y nos envuelven. Es cómo sumergirse en unas arenas movedizas, de las que una vez dentro, ya no puedes salir. Por eso hay que estar preparados, bien dispuestos para afrontar este tipo de lecturas. No son simples frases cortas, si no que hallamos multitud de subordinadas, de complejas construcciones sintácticas. Auténticas literatura, artillería pesada.

Otro rasgo destacable son las descripciones pormenorizadas y evocadoras de las escenas sexuales (rechazadas y aún vilipendiadas por otros muchos autores con pretextos de futilidad o artificiosidad), por el contrario, a mí me parece una oportunidad para mostrar la destreza como narrador, un campo fértil para abonar. Son escenas que atrapan al lector, que lo mantienen cierto, en vilo, con la respiración entrecortada. Nos coloca en las puras percepciones kinestésicas. Estas escaramuzas descritas con maestría pueden llegar a ser una fuente de placer incalculable (recordemos a grandes erotómanos como el marqués de Sade o Bataille, para el que los burdeles eran las verdaderas iglesias). Nada escapa a su pluma, no hace distinciones, ni cae en restricciones morales. Para él lo importe es la obra, la dimensión literaria de la historia. Este tipo de autores consiguen que la historia acabe siendo devorada por el estilo (Paul Bowles opinaba que el estilo era lo único importante), por la arrolladora potencia persuasiva de la literatura. Si nombramos sus gustos literarios podemos ponernos en contexto: Nabokov, Hemingway, Joyce, Proust, Salinger o el mismo Shakespeare.

Como buen amante del baloncesto, en casi todos sus textos describe escenas de básquet. Por supuesto, enseguida corremos detrás del balón o nos elevamos para lanzar a canasta. En Corre conejo, una de las primeras escenas del libro, tras la perfecta descripción anatómica de su cara, aparece un párrafo de baloncesto. De nuevo escenarios de Hopper, una cancha destartalada con hierbajos creciendo entre el cemento, edificios en abandono, vallas de metal rotas y las hojas ocres acumuladas en las esquinas, unos cuantos chicos de color juegan despreocupados al baloncesto. Lo hacen como parte de su identidad, con la necesidad de mostrar una manera de ser. Con cierto aire chulesco, con una sutil desgana en sus estilizados lanzamientos. Conejo (John en realidad, porque en todo se respira un cierto aire autobiográfico, incluso en su cara, porque si alguien ha visto o quiere ver una foto, hay un inevitable paralelismo entre la morfología de su rostro y la del animal tan nombrado ya, así como los escenarios), lanza el cigarro al suelo con decisión, y pide jugar un rato. Los chicos reticentes ante aquel extraño elemento observan atónitos sus habilidades con el balón, y acaban por sucumbir a su destreza. Él siente un inevitable orgullo. Al instante recuerda todo lo que ha sido, lo que ha perdido, lo que inevitablemente queda atrás. Pero esa nostalgia le sirve de acicate para empezar nuevas aventuras. Todavía no está todo perdido. Corre Conejo, y vaya si corre, se lanza por las viejas carreteras de Norteamérica, atravesando paupérrimos moteles, entrando en desolados bares, conduciendo en incansables jornadas. Esas son las pueriles historias que conforman la gran nación. Uno que va hacia algún lado, otro para a poner gasolina, comenta algo sin apenas vocalizar, la camarera del bar de carretera pintarrajeada, las luces de neón, el café y el tabaco. Al final, al final del viaje, tal vez el océano.

John Updike, además de la saga de Conejo Amstrong escribió novelas tan exitosas como Las Brujas de Eastwick, con un gran éxito (llevada a la gran pantalla en Holliwood), Plumas de Paloma, Los caimanes, Parejas, El libro de Bech, Brasil o El Centauro por la que obtuvo el National Book Award.

Desgraciadamente falleció en 2009 en Denvers Masachusetts.

Esta frase lacónica, decidida, expeditiva da título al libro del escritor japonés Osamu Dazai. Nacido en 1909 en Kanagi y fallecido en 1948. A pesar de su etiqueta de maldito fue un escritor muy apreciado por la sociedad japonesa. De claro sesgo existencialista. La obra de Dazai se compone de tres cuadernos, en los que se adivinan partes autobiográficas, desgarradores hechos personales que marcan un enfoque vital, una manera peculiar de ver el mundo. Ingenua, a veces, y casi siempre tragicómica.

He observado que el suicidio es un tema recurrente en la cultura japonesa, se remonta a su concepción belicista de la sociedad, así como un exacerbado sentido del honor. Y como no podía ser de otra manera el suicidio subyace en todo el libro, incluso más que eso, podría aseverarse que es un personaje más, con peso argumentativo, con decisiva influencia en el desarrollo del texto.

Es como un alivio, un subterfugio, una escapada de los problemas. Cuando algo no va como él cree que debe, siempre queda la salida de la muerte, quitarse del medio. Es como si un cansancio vital hiciera mella en el protagonista, un hastío innato, clarividente, mnemotécnico. Siempre está ahí, cerca, a mano, como un recurso ante el sufrimiento insoportable, ante la vida inviable, ante el desamor, el desaliento, el deshonor, la debilidad. Y justo, ante esa debilidad ese último acto se convierte en un resorte salvífico, redentor. El juego está en esa contradicción entre la debilidad ante la vida, y la valentía de sacarte de en medio.

Osamu Dazai huye de esas referencias ancestrales e identitarias para colocarse en una equidistancia cultural muy cómoda. Nada importa, nada tiene verdadera importancia. La vida es dolorosa, patética, solo el humor absurdo y su incesante ironía son capaces de combatir ese escenario demoledor. Lo ingenioso de la trama, es que bajo esa premisa de la futilidad se teje todo un entramado argumental que da solidez a la obra.  Es ahí donde se abre el sentido del existencialismo como filosofía.

La vida es incomprensible, las relaciones humanas difíciles, el destino queda difuminado en unas tradiciones a las que se siente ajeno. Pero el existencialista encuentra los suficientes y necesarios vericuetos prácticos y hedonistas para disfrutar de la vida, para sacarle partido, para exprimirla, aunque sea a costa de la autodestrucción (alcohol, drogas, sexo), es decir vivir para el placer o no vivir en absoluto. El arte también tiene un lugar entre sus prioridades (el mismo Nietzsche y Schopenhauer pensaban que el arte sublimaba al hombre, daba sentido a su existencia). Dibuja caricaturas para una revista de escasa tirada para sobrevivir. Estudia filología francesa y aprueba sin casi asistir a clase. Nada le llena. Teme al ser humano. Bebe. Bebe mucho sake. Se acuesta con mujeres. Vive de ellas. Existe.

El autor utiliza frases cortas, apenas alguna subordinada. La sintaxis es limpia, acertada, por otro lado, muy del gusto japonés.

Prevalece la historia, el lenguaje es tan diáfano que parece desaparecer en cuanto cumple su función. Pero es lo suficientemente descriptivo para mostrarnos con claridad a los caracteres. La primera persona da una alta dosis de verosimilitud. Y En efecto en la novela se encuentran muchos elementos autobiográficos. En sus apenas ciento veinte páginas encontramos un mundo prolijo de sentimientos extremos, de vivencias al límite. Un enfoque del mundo marginal, de las viejas tabernas en barrios pobres. Habitaciones exiguas en casas depauperadas. La mujer japonesa mostrada como un ser paciente, pasivo, con un cierto enfoque misógino.

En definitiva, lo que a mi entender puede parecer la exposición de un planteamiento derrotista, desesperado o negativo, se acaba convirtiendo en una actitud radical, un verdadero acto de resiliencia que no todo el mundo estaría dispuesto a soportar.

Related Posts with Thumbnails

Una respuesta a Corre conejo

  1. Pingback: Corre conejo – El Sol Revista de Prensa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.