Los libros de la isla desierta: “Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago’

ÓSCAR HERNÁNDEZ CAMPANO.

Cada pocos años tengo una cita con José Saramago. Desde que lo conocí en persona en la feria del libro de Madrid en 2003, regreso de vez en cuando a su prosa magnética para zambullirme en sus historias tan originales como profundas. Comencé con La caverna, a aquella fábula sobre la voracidad del capitalismo le siguieron otro títulos del portugués inmortal y no hace tanto, me adentré en la ceguera blanca que colma su extraordinario Ensayo sobre la ceguera. Obviamente le había de seguir este título que hoy comparto con vosotros y que me acompañará a la isla desierta. El Ensayo sobre la lucidez es, sin lugar a dudas, un texto que rezuma lucidez y clarividencia por los cuatro costados. Publicado en 2004 y con traducción de Pilar del Río, se adelantó el Nobel a la crisis económica y sobre todo a la revolución política que supuso el 15-M en España y otros movimientos paralelos, similares o parecidos en otros estados del mundo. Saramago parte, como siempre hace, de una forma magistral, sencilla e inteligente, de un supuesto plausible, o no, verosímil, al menos en el universo de la narración, al tiempo que increíble para este mundo en el que vivimos.

Fue un especialista el escritor afincado en Lanzarote de las premisas sorprendentes que se resumen en un: ¿Qué pasaría si…? Y eso es lo que plantea en este Ensayo sobre la lucidez. ¿Qué pasaría si la mayoría de la población votara en blanco? La respuesta, con idas y venidas, con salto de protagonista, con múltiples aristas, con un tono que pasa de la euforia al pesimismo, se desarrolla durante más de 300 páginas que pasan volando. El don de José Saramago era la capacidad de coger de la mano al lector y llevarlo a través de sus páginas, arrojarlo a la corriente de narración propia y peculiar del Nobel, para que llegue, de forma fluida y apacible, a un final abrupto, duro, estremecedor que, en página y media, sobre todo en unas líneas, abofetea al lector y le hace quedarse temblando y, sobre todo, le obliga a reflexionar sobre todo lo que ha propuesto el narrador, que poco no ha sido.

Pues bien, en la capital portuguesa, las elecciones municipales dan como resultado un voto en blanco de las tres cuartas partes del censo. El Gobierno, de derechas, seguido por el partido del medio, y de lejos por el de izquierda, este último intentando hacer suyo el voto de protesta, decide repetir las elecciones. Es que llovía a cántaros, la gente  no lo tenía claro, esto no puede ser. Así que se repiten y la participación masiva, en una soleada jornada electoral, da como resultado que el 83% de los votantes han depositado en las urnas votos en blanco. El Gobierno, noqueado por el resultado y sin precedentes a los que agarrarse, declara el estado de sitio, evacúa los poderes del Estado de la capital, ordena a la policía y al ejército que abandonen la ciudad y la rodea militarmente, a la espera de que la anarquía y el caos purguen y castiguen a la indisciplinada Lisboa. Sin embargo, nada de eso sucede. La ciudad se organiza y vive con calma la nueva situación. No obstante, los gobernantes, temiendo que la revolución se extienda por el país y sospechando que un grupo está detrás de lo que califican como un ataque a la democracia, tomarán cartas en el asunto.

José Saramago nos plantea cuestiones trascendentales en esta novela. ¿Hasta qué punto la ciudadanía ha sido domesticada por el sistema? ¿Cómo reaccionarían los gobiernos ante una situación, pacífica y democrática, que altera el juego de los partidos políticos? ¿Qué harían los políticos para volver al status quo previo? ¿Seríamos los ciudadanos capaces de organizarnos para recuperar el poder político que nos corresponde?

La novela, llena de matices, críticas más o menos veladas y personajes, nuevos y ya conocidos, que se nos antojan no sólo verosímiles, sino cercanos y llenos de sentimientos, pasiones e ideas humanas, se apodera de nuestros sentidos y nuestra mente para hacernos partícipes de la revolución democrática que vive la capital portuguesa (a la que sus políticos le roban la capitalidad del Estado por disoluta y rebelde). Saramago nos dice que el voto es sagrado, que es poderoso, que el sistema democrático se sustenta en el derecho a la libertad de expresión, de ideología, de prensa, de pensamiento y, por supuesto, a votar lo que consideremos oportuno. ¿Por qué si el 83% vota a un partido el resultado es legítimo y si lo hace en blanco es porque hay una conspiración detrás?

Dentro de un tiempo regresaré a mi cita con el maestro José Saramago y me adentraré en una nueva propuesta tan fantástica como realista, pero, sobre todo, lúcida.

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