Las ‘Mil palabras’ de Gabriel Zaid

RICARDO MARTÍNEZ.

He aquí, en cierto modo, un diccionario enciclopédico de diccionarios (El libro de-para la sabiduría humana por antonomasia) Y es que aquí la palabra, cuya naturaleza sospecho que el bueno de Wittgenstein no tendría reparo en definir como el elemento identitario principal de todo ser racional, adquiere una importancia-relevancia en el decir; pero también, por ello, en el valor de definición, de significación.

El autor alude, en un pasaje muy brillante de su libro, a una cita de Borges (no solo el memorioso, sino, en ocasiones, el sabio ‘incordioso’) cuando dice: “Yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos (según Gibbon) para probar que es árabe” Ahora bien, Cansinos Assens, en su traducción “registra cinco referencias a camellos” Y añade Zaid, “pero son 19, sin contar referencias a ganado de carga y caravanas. Por ejemplo:Vengan a ti los hombres a pie, o sobre todo camello estirado (22:28, 290)”  o bien “Esta camella de Alá (será) para vosotros una señal; dejadla, pues, que coma en la tierra de Alá y no la maltratéis (11:67, 205)”

La gozosa información y conocimientos desplegados en este libro, también en su valor de contenido literario, desde luego) cuando hemos de atender, de nuevo, al razonamiento de Zaide: “Hay tres veces más camellos en la Biblia que en el Corán. Pero ninguna de las referencias (57, según Dreyer) los presenta como señal y don de Dios para su pueblo. Además de que la Biblia es diez veces más extensa que el Corán (800 mil palabras contra 80000)” Al fin, como conclusión de libresca sabiduría escribe: “Lo cual hace a Borges más responsable de la afirmación. O no la verificó en el Corán,  o no le importó, complacido con el argumento Se non é vero, é ben trovato”

He aquí, pues, un ejemplo de este precioso juego literario a través de los libros, a través de las palabras ( en el fondo, a través de la inteligencia humana y su relación con el conocimiento y la expresión) que justificarían, por sí, la tenencia cerca de todo lector audaz e inteligente para que este libro no estuviese lejos nunca de sus manos, de sus intereses más peregrinos, de su platónica curiosidad. Casi me atrevo a decir que por cualquiera de las páginas por las que se acceda a este texto, el bien de la sonrisa y la curiosidad y el conocimiento están asegurados. Un auténtico tesoro en estos tiempos tan resecos causa de ese leer ‘diagonal e interesado’ que la mayoría de las novedades (sea el soporte de lectura el que fuere) nos aportan y que no contribuyen sino a que las emociones reales, profundas, verdaderas (no sólo las instintivas de conservación) puedan ayudarnos a sobrellevar la aventura de vivir.

Al tan necesario, teniendo en cuenta el final del camino que nos espera. Lean pues, léanse y procuren disfrutar de libros como éste donde la soledad se nos hace un regalo y el conocimiento un bien inexcusable.

Como gratificación añadida señalar que los capítulos destinados a ‘Cultura’, ‘Mustang’ o ‘Izquierda y derecha: su prehistoria’ sencillamente no tienen desperdicio. Pura ecología mental.

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