‘El ladrón de recuerdos’, de Michael Jacobs

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El ladrón de recuerdos

Michael Jacobs

Traducción de Martín Schifino

La línea del horizonte

Madrid, 2018

273 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Sin importar el género -ensayo, novela, relato, teatro-, lo que valoramos es una buena historia, una historia redonda. Lo sabían Charles Darwin, Sigmund Freud, Stendhal, Tolstoi, Chéjov, Shakespeare y Cervantes. A la hora de la verdad, deseamos que nos cuenten un cuento. Este libro de viajes es una obra extraordinariamente lograda. Uno diría que funciona como un reloj, pero el mecanismo de los relojes es demasiado complejo. “Entendí que me había equivocado sobremanera al temerle al olvido” es la frase que resume todo. El impulso de huida tras el alzheimer de su padre, ya fallecido, y con la demencia senil de una madre, moribunda. Las expectativas enormes que ha creado alrededor del río Magdalena, en Colombia, que será la línea de vida que le una al viaje desde la desembocadura hasta su fuente, bajo el empuje de la obra de García Márquez. La curiosidad innata, la que nos hace sentir la respiración funcionando a todo trapo, el entusiasmo, la presencia de lo vivo y, en el caso de Michael Jacobs (Génova, 1952 – Londres, 2014) los vínculos con la gente humilde. Todo gira en torno a la memoria y a la necesidad de la memoria. La tribu de los autoexiliados, por ejemplo; la tasca donde se encuentra con García Márquez; la única intervención de la memoria prestada, la de la historia reciente del país, con su beligerancia, su violencia temible, que precederá a las sorprendentes últimas páginas, cuando se interna en territorio de la guerrilla y comprueba que la vida no es el cuento que nos contaron los medios de comunicación.

La vida es el río. La metáfora está ya bien instalada en nuestra cultura colectiva. En este caso, un río que supone casi todas las cosas, las buenas y las malas. Es un río musical, un río del Caribe, que no renuncia a lo que suponen las emociones en esa región del planeta. Es un río contaminado, un río de muerte, donde la polución ha desintegrado la vida y al que se arrojaron cadáveres en época de guerra, lo cual hace que sus aguas merezcan un respeto no solo clínico a los habitantes de las orillas. Es, como hemos dado a entender, el río de la guerra, y es un sitio que, como Macondo, existe pero podría no existir, uno de esos lugares que la imaginación contribuye a hacer reales. Es un río que invoca recuerdos, un río sagrado al que sus antiguos moradores hacían ofrendas y hoy Jacobs hace la ofrenda de la memoria. Es un río decadente, hermoso y trágico, como lo es el resto de Colombia.

Durante todo el recorrido posible, Jacobs viaja sobre las aguas, acompañado de un guía colombiano, una suerte de Sancho Panza que apenas habla, pero que ofrece el contrapunto necesario al viajero que sueña sueños de alto octanaje. Esto conduce, también, a establecer puentes con Andalucía. Jacobs conoció España en los años cincuenta y sesenta, y la Colombia que visita le recuerda a aquel país del que se enamoró, hasta el punto de establecer su hogar en un pueblo jienense. Jacobs recuerda Andalucía y recuerda mucho a su padre, mientras el teléfono móvil no deja de ir y venir, pillar y perder la conexión para recibir noticias sobre la enfermedad de su madre. Hasta que finalmente se impone una Colombia rural, profunda, casi intacta, tan pobre como noble. Este último lugar contrasta con una ciudad por la que pasa, donde unos médicos investigan en qué consiste la pérdida de memoria, una suerte de mal endogámico, como si toda la población mutara un gen alcanzando los cuarenta años. Al final, todo es memoria o, como dice Jacobs, el miedo a perder los recuerdos. Ese miedo le lleva a escribir un libro de viajes que nos hace sentir doble envidia durante la lectura: por la experiencia que vive y por su logro literario.

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