‘El Ogro’, de Doug Scott

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El ogro

Doug Scott

Traducción de Rosa Fernández-Arroyo

Desnivel

Madrid, 2018

198 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Para esta edición, Desnivel ha elegido integrar este libro en su línea literaria. Podría tratarse de un libro ilustrado, dado la abundancia de imágenes, tanto históricas como de la expedición, que se nos muestran y que hacen del volumen un libro para amantes de la fotografía, además de para amantes de la aventura. Doug Scott (Nottingham, 1941) es uno de los pioneros del alpinismo moderno, una de esas personas que iban a la montaña, en este caso para afrontar una gran cumbre en el Karakorum, cuando no había estructuras, cuando se estaban inventando las autopistas al cielo por vertientes más hermosas que altas. El Ogro es un pico cuya ascensión está considerada de las más difíciles del planeta, tanto por superar la cota de siete mil metros, como por el desafío de escalada: vayas por donde vayas, hay que ser muy buen alpinista y escalador de roca para superar los pasos que tendrán que inventar en la vía. El año es 1977, una época en la que los materiales de montaña estaban experimentándose, cuando todavía se abrigaban con algodón y lana, y los grandes avances que facilitarán el alpinismo no habían cuajado.

Pero lo más interesante del texto es la propuesta del Scott, pensada para que el lector no alargue más de lo debido una lectura cuya intención es depurar la aventura y sus consecuencias: el valor, la honradez, la amistad. Así pues, en lugar de intercalar en el texto de su viaje hacia el cielo páginas y páginas de documentación, como hacen con frecuencia, refiriendo la historia y la geografía a medida que el equipo avanza, con el fin de añadir páginas al libro, Scott lo divide en dos partes. En la primera da cuenta de la historia del Ogro. Habla sobre cómo llegaron los occidentales a interesarse por el Himalaya y el Karakorum, quiénes fueron los primeros en avistar las cumbres, en pisar los glaciares, en superar pasos de montaña. Habla sobre la geografía y cómo se van añadiendo datos, a través de gente brava que acude a la llamada de la exploración. Y también acerca de los primeros intentos de cumbre en la región. Y de los baltíes, los habitantes de los valles que serán contratados como porteadores y que, mientras halla dinero, serán trabajadores interesados, pero en caso de necesidad se entregarán generosamente. El trabajo enciclopédico se impone en estas primeras páginas.

Luego está su aventura. Scott menciona de dónde surge la idea de afrontar una montaña tan difícil, antes de explicarnos, en un apunte casi biográfico, quiénes eran sus compañeros de aventura. Todos ellos hombres valientes, algunos desconocidos y otros, como Chris Bonington, veteranos que será reconocido como uno de los mejores himalayistas de la historia. Bonington es, precisamente, el hombre que junto a Scott llegará a la cima. Sin atenerse a florituras ni entretenerse en el vuelo, el viaje por carretera, por caminos, la aproximación, Scott nos lleva en pocas líneas hasta el pie del Ogro y se lanza a describir cómo van ascendiendo, dividiéndose el trabajo por parejas. Esas cordadas ligeras irán superando los obstáculos de granito muy lentamente, pero Scott no se entretiene en detalles. Nos habla, eso sí, de las decisiones y las diferencias que surgen entre ellos a la hora de ponerse de acuerdo. Y también a la hora de relatar, pues cuando Scott recuerda algo que otro de los alpinistas ha descrito de forma diferente, se limita a exponer ambos pareceres, sin decantarse por su propia memoria.

Pero la intención de Scott, lo que le lleva directo en su relato de la ascensión, es hablar de la solidaridad de sus compañeros. Nada más comenzar el descenso, él sufre una caída que le producirá severas fracturas en ambas piernas. Al principio Bonington se las apaña, gracias a su experiencia, para ayudarle a descender, en ocasiones colgando de la cuerda, en otras arrastrándose a cuatro patas. Hasta que Bonington, a su vez, se golpea contra la pared fracturándose varias costillas. Es entonces cuando aparecerá la imposibilidad de abandonarlos. A esa altura, si uno está enfermo o discapacitado, es casi imposible hacer nada por él. Está condenado a morir. Clive Rowland y Mo Anthoine no están dispuestos a que la leyenda se cumpla. Y esta es la parte más estremecedora, por lo que tiene de emoción la amistad, del libro que tenemos entre manos. Una hermosa edición que, con acierto, Desnivel ha elegido colocar en su colección de literatura. No estamos hablando de Proust, estamos hablando de la épica de los buenos amigos.

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