Las leyendas artúricas y la creación de mitos

CÉSAR ALEN.

Para crear una nación, para dar sentido a un pueblo hay que poner los cimientos ideológicos, generar historia o materia para la historia. Por lo menos desarrollar leyendas, entibar los mitos. La historiografía nos enseña que la mayoría de esas fábulas son inventadas, no se basan en una realidad constatable. Pero lo importante no es la verdad, sino la creencia o la ilusión de creencia.

En ese contexto fue como se crearon la mayoría de las dinastías medievales europeas, forjando mitos que fueran capaces de cohesionar a la población, de dar un sentido identitario. De la verosimilitud de esas leyendas depende en gran medida el éxito y avance de un reino.

Cuando no se conocían los datos, ni se había registrado historia alguna, se recurría a la invención, es decir a la literatura, en cierto modo ésa es una de las razones de ser de la literatura. Crear la apariencia de realidad, capaz de  transformar lo fantástico, dar vida a los sueños.

La historiografía está para hacer encajar las piezas que las leyendas dejan al azar, incompletas. Confiados en que la imaginación hará el resto. Cuando no hay la suficiente materia se recurre a la invención. Lo importante son los fines (como diría Maquiavelo). Por eso el obispo inglés Godofredo de Moumoth se puso manos a la obra y escribió la magna obra Historia Regium Britanae. En el que aparece por primera vez la figura de Artur y su padre Uterpandragón, aguerrido Rey que ganó innumerables batallas. Los pobres campesinos necesitaban héroes para alimentar sus mentes atribuladas, para darle un sentido a tanto sacrificio y sufrimiento. A su vez los nobles necesitaban dar ese alimento a sus vasallos para que no dudaran a la hora de dar la vida por ellos, para hacerles sentir parte de algo más grande.

Siguieron al obispo otros autores como Wace, Cherétien de Troyes o Robert de Boron con su trilogía sobre José de Arimatea, Merlin y Perceval. En estas narraciones aparece por primera vez la historia del Santo Grial como representación de algo superior, no como algo físico como nos han querido hacer creer ciertas novelas comerciales y edulcoradas. En estos textos nuevos (léase Dan Brown o similares), apenas se ha profundizado en el verdadero sentido de la materia artúrica. Se han quedado en la superficie, buscando un efectismo anacrónico o extemporáneo. En este sentido la filóloga e historiadora catalana, estudiosa del mundo artúrico Victoria Cirlot apunta: “el grial es lo imposible mismo, y lo que nos mantiene es su búsqueda”.

Alegoría de la búsqueda interior. Para Cirlot ser caballero suponía aglutinar un conjunto de valores que sublimaban al hombre, al mismo tiempo que podía servir para trascender: “la novela artúrica no es sólo literatura y evasión, es didáctica y un arte de vivir”. En definitiva, una especie de camino de conocimiento interior. El esoterismo y la simbología estaban muy presentes como parte fundamental de su carácter exclusivo, secreto y mistérico. Por supuesto, había un carácter elitista, pues sólo podía llegar a ser caballero aquel que tuviera ciertos medios económicos para costearse las caras armaduras, las espadas y los caballos de guerra. Aunque, a veces, la demostración de un valor superior, como fue el caso de Perceval, además de una fidelidad inquebrantable al Rey, podía dar acceso a tales privilegios. Lo mismo sucedió en España en aquella época. Todos los soldados que cumplían los requisitos de ser fiel a la corona, tener un buen historial de guerra, especialmente en las batallas de reconquista, y demostrar limpieza de sangre, acababan por recibir prebendas reales.

  Me fascina la figura del mago Merlín que representa las esperanzas, la posibilidad de realizar los más secretos anhelos. Merlín es la puerta abierta a lo imposible, o más bien la demostración de que todo es posible. A pesar de sus poderes extrasensoriales, encuentro en él, una impronta de humanidad que parece cohesionarlo perfectamente con la tierra, anclándolo a un ciclo interminable de vida. Cuando me sumerjo en profundos bosques de robles, cuando me refugio en impenetrables y sombrías arboledas, me parece percibir su mirada detrás de mí, la marca de su bastón en los caminos ocultos, en las veredas secretas. Tal vez el aleteo ligero de sus párpados en el viejo tronco milenario de un castaño, el eco de una voz saliendo de las cuevas secretas, el murmullo del viento que agita las ramas, y como si fueran brazos ciclópeos de un gigante me rozan con sigilo. En el murmullo de los riachuelos percibo el aliento del pasado.

   Los ciclos artúricos más allá de las intenciones políticas para la creación de las nuevas dinastías generaron una gran cantidad de materia literaria, de fantasía que fue alimentando el subconsciente colectivo hasta nuestros días. En cierto modo, la conciencia de la vieja Europa, su genealogía. Los trovadores provenzales se encargaron de difundir las leyendas por los caminos que vertebraban el continente. Ferias y mercados medievales donde se daban cita los habitantes de poblaciones dispersas, situadas bajo la protección de enhiestos castillos, erguidos en lugares estratégicos. En particular fue calando, además de en Inglaterra, en Francia y también en el norte de España, tal vez por una cuestión de parentesco, de filiación espiritual.

En España los primeros vestigios de las leyendas artúricas están en La General Estoria de Alfonso X, en algún pasaje del libro del buen amor, del Arcipreste de Hita o en el Amadis de Gaula (que según el crítico Avalle-Arce representa el final de la caballería artúrica, para inaugurar la caballería católica, ya que en el libro aparecido en Constantinopla El sergas de esplandián que forma parte del Amadís primitivo se cambia el final del suicidio de Oriana por resultar anticatólico). Más adelante apareció La post-vulgata, que es una refundición del Roman du Graal. En estas nuevas entregas se pone el énfasis en la narración de las aventuras, dejando atrás el aspecto teológico y alegórico.

 Es cierto que el tema da para exprimir la imaginación. Fueron muchos los que sacaron rédito del mundo artúrico. Se filmaron una buena cantidad de películas, unas con más fortuna y otras con menos. A mi humilde entender, uno de los más fieles al espíritu original, fue John Boorman con su película Excalibur. Hay algo hipnótico y conmovedor. La escenografía, sin necesidad de ser grandilocuente, es muy efectista. Destaca el plateado brillo de las armaduras entre la niebla insistente y porfiada. Me gusta especialmente la figura de Merlin. Otra película interesante es la Lancelot du lac, de Luc Bresson.

  En los tiempos que corren, no estaría de más que revisáramos estas magníficas historias de caballeros. Con una lectura atenta y la contextualización adecuada podamos extraer cierto conocimiento que nos sirva para sobrellevar la vida de una manera más digna.

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