Max Estrella entre Luces de Bohemia: “Soy el dolor de un mal sueño”

Por Horacio Otheguy Riveira

Se ha quedado ciego y mantiene mal a su esposa y a su hija, quienes le adoran. Sale de su casa dispuesto a conseguir más dinero por una mala venta de algunos libros. Está muy necesitado, y desolado. Acabará recorriendo Madrid, años 20, con un lazarillo que es su mejor amigo, cínico y resabido como él solo, ambos se van emborrachando, despilfarrando los pocos cuartos que tienen en una negra parranda de verborrea y alcohol mientras predican el apocalíptico evangelio de un país corrupto “con un pueblo miserable que transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere”.

Juan Codina-Max Estrella- y Chema Adeva-Don Latino de Híspalis-, y a la derecha Jorge Kent, en uno de sus cinco personajes. Detrás uno de los espejos omnipresentes de la puesta en escena.

Por los mismos años en que Luigi Pirandello procesa en el teatro el grotesco, como “una forma humana trágica que se torna ridícula, y del escalofrío pasa a la risa”, Ramón María del Valle Inclán forja el espejo cóncavo en que se mira la realidad española, y le llama esperpento:

DON LATINO: Una tragedia, Max.
MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.
DON LATINO: ¡Pues algo será!
MAX: El Esperpento.

Luces de Bohemia se publica en 1920, se representa por primera vez en 1963 en París, y en España la estrena José Tamayo  en 1970 con José María Rodero y Agustín González (Rodero vuelve a protagonizarla en 1984). Desde entonces se han dado varias versiones (la última en este mismo teatro con Gonzalo de Castro y Enric Benavent), y una película en 1985, con Francisco Rabal y Agustín González, en cada caso una búsqueda casi siempre infructuosa de abarcar la totalidad de una obra inmensa con un desarrollo dramático tan rico que sus escenas tienen vida propia, por sí mismas, en un recorrido por una realidad lacerante que abarca las luchas de anarquistas, la esperanza de la revolución rusa, los dobleces de la justicia y la policía, la corrupción de los políticos, las contradicciones de los poetas, la miseria de los más pobres, la soledad de los desamparados, el amor y la traición en un bucle desesperante.

MAX: ¿Eres anarquista?
EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes.
MAX: Pertenecemos a la misma Iglesia.
EL PRESO: Usted lleva chalina.
MAX: ¡El dogal de la más horrible servidumbre!
Me lo arrancaré, para que hablemos.
EL PRESO: Usted no es proletario.
MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño.
EL PRESO: Parece usted hombre de luces. Su
hablar es como de otros tiempos.
MAX: Yo soy un poeta ciego.

Valle Inclán la escribió con una libertad absoluta, sin importarle las peculiaridades de las producciones teatrales, invadido el autor de un ansia fiera y desmedida, con veinte personajes, a través de una estructura dramática y un lenguaje extraordinarios con los que abordó las contradicciones de dos hombres de letras imbuidos de derrotas y fantasías, de lucidez e inmoralidad. Despreciaba el teatro burgués de la época (incluso ante genios rompedores como el autor de Casa de muñecas: “¡No me aburras con Ibsen!”) y construyó un teatro desgarrador en quince escenas y nueve parajes de un Madrid real que va de la Calle de San Cosme a la Costanilla de los desamparados. Universo cerrado, claustrofóbico, incluso cuando se deambula al aire libre. Es la agonía de un poeta ciego que aspira a alcanzar la luz y casi lo consigue cuando a una joven prostituta le ofrece un caudal de hermosa ternura… porque huele a nardos. Una chica que debe tener quince años, y ella dice que tal vez sea cierto “porque ya hace tres que me visita el nuncio”. Único momento en que la hipócrita Iglesia, tan presente en las Comedias Bárbaras, se asoma, breve e implacable.

Decepcionante juego de espejos

Estas Luces de bohemia se rigen por un extraño punto de vista en la dirección de Alfredo Sanzol, que ya en la elección de Juan Codina como Max Estrella rompe con todo lo conocido. El excelente actor ha de luchar contra el viento y la marea de una disposición física muy distinta a la establecida por otros intérpretes, generalmente más altos y de espaldas anchas. De baja estatura y muy delgado, el director además lo deja en escena con el torso descubierto sin justificación alguna, salvo la necesidad imperiosa de subrayar su desmesurada desprotección. El texto de Valle no pide nada al respecto, solo señala que es “un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales”, pero hay un imaginario colectivo que arrastra otras imágenes aportadas por el teatro y el cinematógrafo. Tras este punto de partida toda la concepción se enmarca en un, a ratos irritante, quiero y no puedo alcanzar la grandeza de una obra que, en definitiva, se le va de las manos.

Las mejores escenas parecen huir de la tónica general, demasiado fría, de exposición pictórica, casi podría decir el tópico de “sin corazón”, pues ni siquiera en las secuencias más dramáticas se busca la emoción del espectador, todo lastrado por un juego de espejos escenográfico que entorpece la acción, la torna caótica y al mismo tiempo infantil, andando los amigos en un ir y venir entre espejos de diferente tenor, a veces simbólicos, y otras como recurso teatral que huye obsesivamente del menor rastro realista.

Un devenir confuso hasta que, de pronto, entran en una taberna (demasiado semejante a cualquier cafetería) donde el odio de Max hacia todos se torna puro candor ante su admirado Rubén Darío, o en una redacción de periódico donde algunos modernistas tienen un afeminamiento que no existe en la obra y con ello, un cuadro de gran riqueza irónica se convierte en inexplicable comedieta, o en el gran final de la muerte donde el personaje deja testimonio de la voz del autor y firma la sentencia de su final y del comienzo de un género dramático que debió tener continuidad en el devenir teatral español, pero no lo tuvo, probablemente todos atrapados en el cóncavo espejo del fondo de un vaso. Muchas escenas valiosas se difuminan sin la atmósfera adecuada.

La gran dramaturgia española del siglo XX no enfoca hacia esta dimensión trágica de la existencia que aún nos persigue. Valle no tuvo continuidad; poeta lúcido y frenético, murió de cáncer a los 69 años en Santiago de Compostela, el 5 de enero de 1936, fatídico año en cuyo verano estalló la guerra civil. Esta puesta en escena tiene un sorprendente aire de frívola confusión, como si expusiera en un escaparate figuras en las que el director no parece creer, combinando aciertos con desaciertos sin medida.

Alfredo Sanzol dirige con una escenografía de Alejandro Andújar y el resultado es un muestrario de desconcertantes altibajos. Hay eficaces composiciones actorales, pero la fuerza del original se pierde en distracciones que alejan la riqueza del texto: mucho espejo empujado por el personal técnico o algunos actores, y la pertinaz evidencia de que estamos en el teatro choca con la ropa de época, con una música anticlímax casi siempre molesta, o con libertades que no vienen a cuento como cuando Max canta una estrofa de Ojos Verdes, el clásico de Rafael de León que ni consta en el texto ni parece posible que al personaje pudiera interesarle…

Juan Codina y Chema Adeva son dos grandes que pueden con sus personajes sin duda alguna, ambos especialmente brillantes en sus gloriosas escenas finales. Pero también son víctimas de una dirección fría, temerosa de caer en el acantilado del melodrama, allí donde Valle Inclán lo transforma en deformación para que comprendamos mejor la dimensión profunda de la miseria de una sociedad. Lo mismo sucede con otras interpretaciones a cargo de Ángel Ruiz, Jorge Kent, Jesús Noguero, Paula Iwasaki o Lourdes García, ya que todos ellos dan lo mejor de sus valiosos recursos, pero sin ambiente ni contexto donde las raíces de sus emociones puedan germinar.

Pero hay muchas secuencias en que la decepción se disuelve en fascinantes encuentros con un teatro profundamente reflexivo y emotivo a la vez, algo que escapa de la fría dinámica general: la iluminación de Pedro Yagüe, un prodigio de reinterpretación de las escenas principales, memorables cadencias en penumbras esculpidas con esmero, cuando no diáfanas sombras o el mágico ambiente del cementerio o los contrastes de reflejos en los sempiternos espejos. Yagüe consigue que el penoso recorrido de estas Luces de bohemia se convierta en dimensión magnífica, y me permita recomendar su visión contra todo pronóstico. Es un Valle que no debe perderse, capaz de despertar sanos debates, polémicas vivas, rabietas valleinclanescas y el siempre emocionante reencuentro con el más grande poeta dramático del teatro nacional después de Lope y Calderón. Luego puede volver a leerse o hacerlo por primera vez. Hay que sacarle partido. No sabemos cuándo volverá a representarse un Valle Inclán.

Max Estrella, ciego, y su amigo Don Latino de Híspalis, deambulan por un miserable Madrid de los años 20, en un viaje alcohólico, poético, desesperado…

 

MAX: Los ultraístas son unos farsantes. El
esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes
clásicos han ido a pasearse en el callejón del
Gato.
DON LATINO: ¡Estás completamente curda!
MAX: Los héroes clásicos reflejados en los
espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido
trágico de la vida española sólo puede darse con
una estética sistemáticamente deformada.
DON LATINO: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!
MAX: España es una deformación grotesca de la
civilización europea.
DON LATINO: ¡Pudiera! Yo me inhibo.
MAX: Las imágenes más bellas en un espejo
cóncavo son absurdas.
DON LATINO: Conforme. Pero a mí me divierte
mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX: Y a mí. La deformación deja de serlo
cuando está sujeta a una matemática perfecta,
Mi estética actual es transformar con matemática
de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO: ¿Y dónde está el espejo?
MAX: En el fondo del vaso.

 

 

Autor: Ramón María del Valle Inclán

Dirección: Alfredo Sanzol

Ayudante de dirección: Beatriz Jaén

Intérpretes (por orden alfabético): Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Juan Codina, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Ángel Ruiz, Kevin de la Rosa, Guillermo Serrano

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar

Ayudante de escenografía: Liza Bassi

Iluminación: Pedro Yagüe

Ayudante de iluminación: Enrique Chueva Peña

Música y espacio sonoro: Fernando Velázquez

Caracterización: Chema Noci

Fotos: marcosGpunto

TEATRO MARÍA GUERRERO, del 4 de octubre al 25 de noviembre 2018

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