Sobre rock and roll y otras aventuras.

ROSICLER E. AITKEN.

El viaje descabellado y casi a ciegas que realiza un grupo de adolescentes de una provinciana localidad venezolana con el fin de asistir a un concierto de rock en el extranjero —en Río de Janeiro, Brasil— es el leitmotiv de esta ingeniosa novela de Víctor Vegas. Tomando como excusa tal premisa, el autor nos presenta las vidas de personajes que transitan y trastabillan el camino universal que lleva de la infancia a la adolescencia. Aunque en “La edad del rock and roll” (Ediciones Carena, 2015) podría estar representada cualquier edad, es decir, la aventura que viven sus protagonistas bien podría inscribirse en otro tiempo o lugar, porque la música de cada generación siempre ha sido un lazo de unión, de reconocimiento, afinidad y complicidad identitaria, más aún desde que las tecnologías modernas han permitido llevar las redes sonoras a personas y pueblos variados y distantes. En este caso que nos ocupa, el esqueleto unificante es el rock and roll del último cuarto del Siglo XX.

Más allá de las peripecias de los niños y sus tragicómicos ritos de iniciación a la pubertad, adolescencia y temprana juventud, está la visión del autor sobre diversos conflictos humanos, aparentemente simples, al ser narrados con el candor o malicia de los jóvenes, con sus voces asombrosamente creíbles. Ardua tarea para un adulto que, como en el caso de J. D. Salinger, logra salir airoso de este asunto de dar una voz verás a sus personajes adolescentes. Son esas voces las que también nos presentan con increíble detalle, fluidez e intuición las complejidades, virtudes y secretos de los adultos a quienes observan y que les marcarán de por vida. Imposible no identificarse con sus vicisitudes al crecer y sus descubrimientos: libros, música, amistades, crueldad, acoso, solidaridad, traición, deslumbramiento y desencanto del primer amor en una ciudad similar a cualquier otra ciudad del mundo occidental.

Seguirlos por ambientes para mí familiares no quitará que cualquier otro lector disfrute del placer de la evocación y reconocimiento más amplios. Cada habitación, cada vivienda, cada plaza, calle, avenida, liceo, colegio; el bar, la discoteca, la biblioteca, la librería, los paisajes extraurbanos que se muestran en un viaje en tren a la playa o hasta los mismísimos aeropuertos por los que pasan los protagonistas, descritos con prolija minuciosidad, nos conmueven o emocionan, como nos conmueven y emocionan los individuos que para bien o mal le salen al encuentro en sus ires y venires casuales o voluntariamente buscados.

Por ejemplo Atahualpa, el librero, vive en cada urbe de América Latina y sus pares de Europa, así como los oscuros contactos, traficantes de drogas y demás personajes que recorren la novela. Alesia es la quinceañera universal de occidente, y de su tiempo; a pesar de vivir en su venezolana ciudad, manipula y es manipulada al igual que las jovencitas de otras latitudes. Fernando, Toño, Gustavo, El Chino y los niños William, Miguel y Macarrone, todos uno y alter egos del protagonista en el hallazgo de vivir. Estamos aquí frente a un relato llevado desde lo anecdótico local al conflicto humano universal que nos pasea por los distintos temas que trata con soltura y descarnada ironía.

Vegas nos presenta un interesante estilo discursivo. El narrador es a veces omnisciente, otras nos habla con una voz en primera persona que salta de un personaje a otro lo cual, debo confesarlo, me ha resultado al principio un tanto difícil de compaginar con la línea del discurso total y me ha llevado a preguntarme si algún lector menos paciente, como dice Bukowski, se resistiría o sentiría la tentación de abandonar la lectura después de las primeras páginas. Los cambios de tiempos y personajes, casi cinematográficos en sus flashback de cámara fija, abruptos con frecuencia, me obligaron a tener que retomar la lectura en ocasiones. Es un regocijo, sin embargo, la minuciosidad y riqueza del lenguaje descriptivo. Se saborea con gusto la lengua castellana híbrida y mestiza, hispanoamericana, y Don Andrés Bello y su empeño en una gramática común me susurran al oído suavemente mientras leo. De igual modo me ha deleitado el uso de anglicismos como nexo generacional. Por último, no sé si por alguna influencia tardía del boom latinoamericano, veo muchas historias que podrían, cada una por separado, ser generadoras de otras tantas historias (la novela total) y aplaudo de pie el oficio docto e impecable que nos regala esta obra.

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