‘El ala izquierda’, de Mircea Càrtàrescu

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El ala izquierda (Cegador, 1)

Mircea Càrtàrescu

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

Impedimenta

Madrid, 2018

422 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Este proyecto literario, esta trilogía de la que recibimos la primera entrega, firmada hace veinte años, la leemos como una suerte de rebelión contra Solenoide, la obra maestra de Càrtàrescu. Escrita antes del realismo triste y fuertemente sosegado por la personalidad del narrador, y del autor, que es Solenoide, El ala izquierda nos ofrece una visión metafórica y rebelde de una Rumanía que ha pasado por años de oscurantismo, del que le resulta imposible despegarse. Así es como se puede entender esta obra, que ofrece una poesía oscura y durísima, más próxima a un retablo de El Bosco que a cualquier otra experiencia narrativa. La lucha entre los atisbos de luz y la inmensa oscuridad, un existencialismo en el que se impone el extrañamiento de uno mismo, tal vez sea el tema de la obra. Decimos tal vez, porque la obra no puede ser más abierta. Se trata de uno de esos libros en los que cada lector hará su propia interpretación y todas serán válidas. En realidad, enriquecerán a la obra.

Lo que comienza como una melancolía de Proust, se despega de la realidad incluso en los momentos de monólogo, que son los más referenciales, los más pegados al planeta. Pero son aquellos en los que se refleja una mente humana intrincada en rizos y sinapsis, para no llegar a ninguna parte. Tal vez porque la vida sea eso: divagar sin término. Porque vivir no es un viaje cerrado, una narración completa. De hecho, el realismo se va perdiendo a medida que uno avanza en la lectura, hasta el punto de verse, cuando aparece, como otra deformación. Lo que aparece como imágenes, son representaciones sensoriales guardadas en la memoria. Y la memoria trabaja por igual el último segundo que el primer recuerdo. De hecho, da la sensación de que Bucarest y el narrador son el mismo personaje. Y desde ese personaje, que ocupa las primera páginas, el narrador regresa a la leyenda de su madre o viaja a Nueva Orleans donde conoce a personajes de baja estofa.

Pero no estamos frente a una novela, o al menos no frente a una novela de escuela de escritura. Es una obra que contiene mucho de onírico, sí, pero también de ensayo. Las asociaciones dan la sensación de ser de escritura automática, y, sin embargo, responden a un plan. Este es la reclamación de la  libertad, del caos como fuente de creación, de sacar a paseo dioses y monstruos sin necesidad de pedir permiso. En buena medida, es reclamar un derecho a la infancia, cuando uno debería haber podido decir lo que no se debe decir. Por eso hasta la figura de la madre aparece despegada del resto de la realidad, es un viaje a lo irreal. Y la realidad está condicionada por unos seres algo paranormales, o que nos parecerían paranormales si no conociéramos la suerte que corrió el país de Càrtàrescu. De ahí ese punto grotesco que por momentos adquiere la obra, y que es una metáfora de una posguerra que es, a la hora de la verdad, otra forma de guerra.

El ala izquierda es una obra coral en la que se suceden caricaturas. Aunque las caricaturas están demasiado pegadas al retrato, por mucho que esto pueda parecer un oxímoron. Es una narración acumulativa, donde no cesan de sumarse detalles y datos, hasta que el edificio se desmorona sobre el lector. Se trata de una experiencia narrativa intensa, en la que el autor se permite derrochar erudición, en la que se ambiciona meter a todo el mundo o a toda una vida, lo cual no deja de ser lo mismo. Un libro que exige atención y devuelve impacto. Una lectura que nos atornilla al suelo, por mucho que aparente intentar despegarnos de él.

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