El lugar donde se encuentran la ciencia y la poesía

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Desde hace siglos y hasta el día de hoy, la ciencia y la poesía habitan universos opuestos, al menos a primera vista. A pesar de que uno es frío y verificable, el otro toda emoción, estos dos mundos sí encuentran, de hecho, inesperadas correspondencias, y una de ellas existe en un volumen hoy apenas conocido, The Poetry of Science (1848), del experto en mineralogía, pionero de la fotografía y poeta amateur Robert Hunt.

Escrito en un lenguaje profusamente adornado y retórico, este curioso volumen es, de muchas maneras, una muestra de la mentalidad inglesa victoriana que, mientras admiraba a la ciencia por su capacidad analítica y su exactitud, le temía, en parte por el espíritu romántico que imperaba y por la encrucijada en la que ponía al Cristianismo. El libro de Hunt postula que la ciencia no es fría y mecánica, y la explora desde su faceta metafísica, moral y estética  —además de hacer un recuento de algunos conocimientos científicos de la época.

Quizá una de las afirmaciones más paradigmáticas y llamativas de The Poetry of Science nace de la analogía que Hunt tendió entre la naturaleza y el estudio de la misma. El escritor explica que mientras los procesos naturales responden a una parte física (átomos, sustancias químicas, tejidos), también lo hacen a fuerzas inmateriales (como la gravedad, la luz, el magnetismo); de la misma manera, para Hunt, la interpretación humana de la naturaleza debería tomar en cuenta lo empírico y experimental tanto como la poesía, la estética y la espiritualidad de los impulsos que rodean a esa verdad científica y cuantificable. Esta similitud, que podría parecer poco sofisticada, no puede sino invitarnos a la reflexión de algunos de los más profundos principios de lo que hoy conocemos como filosofía de la ciencia.

Un libro profundamente exitoso en su época, The Poetry of Science buscaba reconciliar lo experimental con lo poético —y, visto de muchas maneras, no hay nada más experimental que el discurso poético. Para la mentalidad victoriana (que vio nacer el imperio de la novela) la poesía era el discurso más elevado de la imaginación y el genio humanos; al mismo tiempo, para mediados del siglo XIX, la capacidad de la ciencia para explicar fenómenos era bastante limitada, pero comenzaba a tomar una enorme autoridad en Inglaterra (de ahí el profundo antagonismo que existía entre ciencia y arte). Además, su estilo está evidentemente inclinado hacia la lírica tanto en su lenguaje (Hunt inserta partes de sus propios poemas), como en su uso de citas de otros; incluso, en algún momento, Hunt cita La Tempestad para hablar de cómo Shakespeare ignora por completo los procesos químicos que implican la formación de las perlas marinas —reuniendo inesperadamente la ciencia con lo poético del lenguaje shakespeariano.

La biografía del mismo Robert Hunt fue una prueba del encuentro entre poesía y ciencia. En su juventud, el inglés fue aprendiz de cirujano para trabajar, más adelante, en los campos de la química, la farmacología y terminar por realizando estudios geológicos al lado de un profesor de la School of Mines (Escuela de minas) de Londres. Pero Hunt también tuvo una vena artística que lo llevó a adentrarse en el mundo de la fotografía, algo que lo incitó a escribir algunos estudios sobre esta naciente expresión artística para varias publicaciones de aquel entonces; además, publicó poesía e intentó, en algún momento de su vida, ser dramaturgo. Pero el caso de este particular hombre no era aislado: su era vio a muchos científicos que también escribieron poesía como el astrónomo John Herschel, el físico John Tyndall y el matemático James Clerk Maxwell. Esto se debió, en buena medida, a que los estándares del lenguaje utilizado para divulgar la ciencia y los que se utilizaba para hacer literatura no estaban delimitados de manera contundente.

Sorprendentemente, los escritos sobre ciencia de la época victoriana comparten algunas características con la divulgación de la ciencia contemporánea en cuanto a su interés por la poesía. En algunos segmentos Hunt echa mano de la metáfora (como aquellas que relacionan los macro y micro universos o el acto de llamar a la gravedad un “espíritu rector”) para explicar experimentos científicos y recordar así el carácter divino de todo lo que sucede en el universo que habitamos. Y es que, tanto entonces como ahora, la posibilidad de que el lenguaje poético complemente a la ciencia no es por ningún motivo descabellada: la naturaleza y sus procesos son dueños de una poesía propia y evidente.

“La ciencia no solamente es compatible con la espiritualidad; es una profunda fuente de espiritualidad” escribió Carl Sagan mucho tiempo después de que Hunt publicara su libro. Y tomando en cuenta las profundas implicaciones espirituales de la poesía y la teología de la naturaleza (como prueba de la existencia de Dios) creada por el autor inglés, podría decirse que es exactamente lo que Hunt quiso decir hace más de un siglo: un mensaje completamente pertinente en nuestra era hecha de ciencia y tecnología.

 

 

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