‘Trabajos de mierda’, el último libro de David Graeber

CÉSAR ALEN.

De un tiempo a esta parte se han generado cientos, miles de puestos de trabajo innecesarios, absurdos. La mayoría como pretexto para burocratizar, los ya de por si complicados organigramas empresariales. Éste es el argumento del nuevo libro del antropólogo y economista norteamericano David Graeber. El título no deja lugar a dudas. Por fin alguien que evita los eufemismos. Algo de agradecer en estos tiempos donde impera la hipocresía, el fariseísmo, más allá de la anfibología. Graeber tiene un pasado militante, en parte influenciado por la postura radical de su padre como miembro de las brigadas internacionales. Desde ese punto de vista, no es difícil comprender esta militancia tan poderosa a favor de los movimientos sociales, con bases cercanas al anarquismo. Formó parte  del movimiento ocuppy wall street, que reivindicaba un nuevo enfoque de la economía en busca de la justicia social. En nuestro país había explotado la furia contra los poderes establecidos, hartos de soportar el peso de los gastos sociales, cristalizando en el movimiento 15 M. Los poderes económicos nos habían puesto el lazo al cuello con el artículo 135 sobre el principio de estabilidad presupuestaria, firmada de forma espuria y alevosa en plena noche por nuestros políticos.

 David Graeber salió por la puerta de atrás de la universidad de Yale. Seguramente un despido encubierto, por apoyar la formación de un sindicato estudiantil. Desde ese momento no tuvo ninguna opción en las universidades americanas. Al final, recaló en la London School of economics. Además de impartir sus clases se dedica a escribir sobre economía y a dar conferencias. Él mismo se define como un adicto al trabajo, con la salvedad de que se dedica a lo que le gusta. Privilegio al alcance de pocos y que define de alguna manera, el actual paradigma laboral. Nos han querido maldecir con un nuevo pecado original al proclamar que “desgraciadamente en estos tiempos hay que trabajar más y ganar menos”. Este mantra fue manejado, entre otros, por uno de los ínclitos presidentes de la CEOE (actualmente en la cárcel, por no trabajar nada y llevarse demasiado). Estas máximas suponen un retroceso abismal en los derechos laborales, en las más elementales leyes que nos aparaban como trabajadores. En una palabra querían romper el pacto social.

  En este contexto, refiere Graeber que aprovechando la confusión, las corporaciones han diseñado puestos absolutamente innecesarios, absurdos, aleatorios y muy costosos. La ceremonia de la confusión. La paradoja surge, desde el momento en que la única medida que se esgrime como salvífica, es la del recorte, la de la bajada sistemática de los sueldos. ¿Cómo se explica entonces la creación de un montón de puestos innecesarios, arbitrarios e inútiles? Dificil de explicar, y más difícil de entender son estos diseños empresariales sin ningún fundamento. Graeber utiliza sólidas citas de autoridad para apuntalar sus teorías como la del gran economista Keynes, que no solo considera absurda esta medida, sino que lleva mucho tiempo insistiendo en la reducción de jornada de forma considerable. Entre sus postulados sostiene que con quince horas de jornada laboral, en la mayoría de los casos sería suficiente para ser productivos. La idea de los “amos del mundo”, como se denominaban a ellos mismos ya en el siglo diecinueve los ricos, según Adam Smith, es que  debemos estar bajo el yugo del capitalismo más recalcitrante el mayor tiempo posible. Ésa es la manera más cobarde que tienen de mostrarnos su dominación. La satisfacción que produce el dominar a los trabajadores supera incluso la de ganar fortunas obscenas e inmerecidas. Y de esa manera interponen entre las bases asalariadas y los magnates un verdadero ejército de burócratas acoplados de forma subrepticia. Para ello necesitan una buena cantidad de titulaciones y de másteres, que generalmente solo se puede pagar parte de esa élite. Lo importante es montar un entramado confuso, una verdadera tela de araña que impida ver las cosas con claridad. Adjunto a la dirección, subdirector adjunto, supervisor de control, controlador de supervisión, jefe de producción, jefe de sección, de ventas, de compras, de inmuebles, de vehículos. Coordinador de supervisores, de calidad, Gerente de zona, director comercial de área, etc., etc., etc. Y así en un interminable escalonamiento jerárquico. Puestos que en la mayoría de las ocasiones tienen los intereses encontrados. Choques de trenes, absurdos intereses cruzados que acaban por ser un entorpecimiento para los fines generales de la empresa, pero que por alguna razón se mantienen y resisten. El único interés es desviar la atención de los verdaderamente importante que como bien dice uno de los postulados marxistas, es la clase trabajadora, precisamente la que genera la riqueza, la que crea riqueza, el capital únicamente pone los medios. Eso es un apotegma que deberíamos grabar en nuestras mentes de obreros, así como en la entrada de toda fábrica, para recuperar nuestra conciencia de clase. La política económica desde la irrupción del gigante chino ha tomado un sesgo neoliberal  del todo maquiavélico, perverso, demoníaco. En este sentido, algún economista advirtió que a la economía se le había dejado “demasiado libre”. No se trata del intervencionismo tan temido por las grandes corporaciones, pero si de un cierto control por parte de los estados y de las plataformas civiles. Al fin y al cabo es con nuestro sudor con el que se comercia. Por eso son tan importantes los intelectuales, pensadores y estudiosos de los procesos humanos, verdaderos salvaguardas de los últimos vestigios de una civilización que se extingue, que se agota delante mismo de nuestro ojos. Debemos tener presente que nuestra sociedad está hipercomercializada, un agotador planteamiento economicista lo impregna todo, hasta los estudios universitarios.

  Volvamos a David Graeber, que como buen investigador, ha buscado pruebas para su argumentación. Entrevistó a una gran cantidad de directivos, y de todo su muestrario, cerca de un 40% reconoció que su trabajo no valía para nada. Otros tantos dijeron que se sentían desgraciados e inoperantes. Incluso reconoció que él debía pasar un buen porcentaje del tiempo rellenando formularios absurdos y repetitivos, que le restaban tiempo a su verdadera labor científica y pedagógica. Afirma que toda esta red de leyes y normas solo benefician a las hordas de abogados que nos rodean. De todo este maremágnum surge una nueva clase parasitaria de mandos intermedios, que tienen como único fin sobrevivir, justificar su existencia. Para ello, crean normas innecesarios, se afanan en generar  infinidad de farragosos protocolos que no llevan a ninguna parte, salvo a su propia endogamia. A este respecto Graeber dice: “siempre se pensó que solo los que fabrican vasos deberían dirigir a los que fabrican vasos, eso generaba autonomía, pero hoy se tiende a poner en esos puestos únicamente a los que tienen títulos de las escuelas de negocios”. El libro está escrito con claridad meridiana, sin tapujos. Desde situaciones reales y básicas, con vocación epistemológica intenta llegar a conclusiones más generales. Por supuesto, hay un importante trabajo de campo, nada está puesto al azar. Aquí no hay sensacionalismo, ni pensamientos preconcebidos, a pesar de su militancia. El texto es esencialmente un ejercicio de constatación de una realidad palpable, identificable para quien se detenga y eche un vistazo a su alrededor. Aunque constantemente intentan taparla los poderes al servicio de los mercados financieros, verdaderos “amos del mundo”.

  Como conclusión, debo decir que el libro de David Graeber, me ha reconfortado de alguna manera porque he sentido ese punto en común, esa maravillosa complicidad con la lectura. Saber que no estás solo en tus reflexiones, constatar que hay corrientes de pensamiento coincidentes. Un placer único que nos aportan los libros. Cuando se dan ese tipo de sinergias, todo parece adquirir sentido.

Una respuesta a ‘Trabajos de mierda’, el último libro de David Graeber

  1. Encantado buen trabajo.Lo mio no son las palabras pero me maravilla leer tan buenos articulos y que hacen pensar

    Juan
    10 enero 2019 at 14:24 pm

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