La familia: trinomio y control en la Edad Moderna

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Por: Tamara Iglesias

El aroma de un exquisito banquete inunda el espacio, en la mesa reposan eximios platos de pasta bolognesa y frittata rezumantes de una anhelada degustación, el cálido hálito de los fogones permanece sobre su impecable superficie y sin embargo los comensales ni siquiera han reparado todavía en el deleite de estas maravillas culinarias; en su lugar los niños ven “Dora la exploradora” y juegan al Candy Crush en sus tablets, el adolescente no cesa en la revisión constante de sus redes sociales, el padre observa ensimismado la retransmisión televisiva del partido de futbol y la madre se afana en sacar el mejor perfil de unas raciones destinadas más al consumo que a la práctica fotográfica. Indudablemente nuestro arquetipo de ocio e ilación familiar ha cambiado mucho en los últimos años (especialmente con la llegada masiva de una tecnología anestésica y turbadora que evoca la anteposición del placer inmediato al de una buena conversación) y de tal suerte podríamos decir que los stories priman el mutismo de esos asistentes, simples cántaros vacíos, expectantes de un nuevo like.
Quizá a simple vista esta introducción no despierte en ti más que una leve curiosidad, querido lector, o incluso te parezca que es un mero recurso para ponerme a criticar nuestro actual talente mimético, pero nada más lejos de mi intención; como historiadora tengo que decirte que me resulta imposible, al contemplar este mestizaje tecnológico al que estamos ya tan habituados, no rememorar los trabajos del profesor Peter Lastett respecto al modelo de familia en la Edad Moderna, constatando cuan maridado ha sido nuestro desangelo. Nos separan varios siglos de distancia y un rotundo progreso de industrialización pero, como espero que constates al final de este artículo, nuestro principio de desapego sigue partiendo de un ascetismo muy peculiar.
Te pongo en situación: estamos en el periodo comprendido entre los siglos XV y XVIII, en el telón de fondo nos encontramos con la colonización americana, el Renacimiento, el absolutismo y la Reforma que teñirán el entorno social con unos aires de cambio y revolución capaces de sacudir los cimientos que antaño traspasara la Edad Media. Por su parte, la Iglesia y el Estado (plenamente conscientes de las frecuentes metamorfosis que amenazaban su hegemonía) trataron de imponer su ley sobre la estructura social por medio de instituciones vertebradoras comunes, destinadas a encuadrar, proteger y garantizar el “orden” de la comunidad: la comunidad, el señor y la familia se verán adaptadas a la situación socioeconómica, la estratificación social y el orden geográfico, subyugando al individuo bajo un lazo constrictor equiparable al de las nuevas tecnologías. “Espera, espera, Tamara, ¿has dicho “familia”?” imagino que estarás inquiriendo mientras enarcas una ceja con perplejidad; sí, querido lector, por extraño que pueda parecerte durante siglos la familia fue uno de los mayores núcleos de represión social, en el que la obediencia y férula del pater familias constituyó el mecanismo historiográfico de censura por excelencia.
A diferencia de nuestro marco concordante, en la Europa moderna toda la vida transcurría alrededor del estado consanguíneo: la familia no era únicamente una unidad de reproducción biológica, sino que en su seno se desarrollaban la mayor parte de las actividades laborales así como la integración social del sujeto, llegando incluso a verse sometidas ambas a los intereses agnados; la cinematografía de temática histórica nos ha regalado (¡al menos!) grandes interpretaciones y escenas que redundan precisamente en las dificultades derivadas de esta situación: la promoción en cargos públicos, el acceso a determinadas esferas de la formación, a matrimonios deseados o a grupos y cofradías de prestigio quedaba limitada al conjunto de tradiciones, ambiciones y normas reguladoras de la disposición genealógica, variando el modelo según la presencia o ausencia del neolocalismo (abandono de la residencia paterna en pos de una propia donde podía accederse al liderazgo y a una distribución personalista). Esta circunstancia será motivada a su vez por criterios demográficos (fecundidad, edad de acceso al matrimonio, celibato, segundas nupcias…), pecuniarios (altas dotes o situaciones de bonanza laboral independiente del núcleo doméstico), intereses políticos, e incluso profesionales (especialmente en el campo, donde el volumen de trabajo hacía necesaria una mayor mano de obra), por lo que atendiendo a estas particularidades encontraremos tres grandes modelos familiares en Europa: la familia nuclear o sencilla (simple household), la familia troncal (stem family o famille souche) y la familia compleja o comunitaria (joint household) también conocida como familia múltiple.

Obra de Meissonier en la que vemos una típica familia nuclear

La familia nuclear (muy habitual en Inglaterra, la zona mediterránea y la Europa noroccidental) comenzaba siempre con un núcleo conyugal que se expandía con la venida de la progenie, si bien finalizaba con las nupcias de ésta. Mientras los hijos menores forjaban su independencia familiar, el primogénito (o el heredero en caso de no ser coincidente) debía permanecer en la casa original para hacerse cargo del patrimonio así como de sus padres (una vez alcanzada la vejez o inhabilitación de las funciones de éstos); a menudo se ha incluido en esta tipología las extended household (“familias extendidas”) en las que uno de los hijos casados convive con alguno de sus parientes ascendientes (el padre o madre viudos) o con un colateral (un hermano soltero), aunque a mi juicio se trata de dos realidades muy diferentes que no pueden compararse ni solaparse. Debo señalar también que a diferencia de los otros dos prototipos familiares, el nuclear no responde a objetivos específicos fuera de conseguir un casamiento beneficioso para sus hijos por medio de una dote asaz y el mantenimiento del peculio para el sucesor designado (sobre el que recaerán también todas las deudas y cargas, si las hubiera) de manera que pueda mantenerse el apellido y prosapia de la estirpe. Resulta interesante que para facilitar la ruptura temprana con el núcleo familiar, se recurrió a menudo a una práctica de desapego denominada “life-cycle servant” consistente en la cesión de la descendencia adolescente como criados o aprendices a cargo de un tercero, que les facilitaría comida, refugio y experiencia en pago por sus servicios.

Obra de Meissonier en la que podemos apreciar la violencia derivada de la toma de poder en las familias troncales

En las áreas de economía pastoril (normalmente montañosas) se desarrolló la familia troncal, constituida por tres generaciones de parejas de las cuales sólo una de ellas permanecería en la casa, dando prioridad siempre al heredero por hacerse cargo de la hacienda y el oficio familiar: habitualmente la propiedad iba acompañada por una unidad de explotación, una serie de derechos comunitarios de pastos y otros aspectos inmateriales como el renombre de la familia o la costumbre de ralea, por ello la transmisión del usufructo era íntegra y dirigida a un único heredero en cada generación (no necesariamente el primogénito), al que debían someterse el resto de miembros de la familia (quienes permanecerán solteros hasta que el patriarca designase para ellos un matrimonio afín a su interés). Este régimen desigualitario llegaba a su punto álgido de tensión a la muerte del cabeza de familia, cuando la designación de un heredero resultaba inminente y se desplegaban toda clase de estrategias matrimoniales para facilitar alianzas con vecinos o ricos mercaderes; ello derivaba asiduamente en casos de violencia e incluso asesinato entre hermanos.

La obra “Mayo” de Bassano refleja magistralmente la situación de las familias comunitarias

Por último la familia comunitaria, con varios núcleos conyugales y su descendencia, a diferencia de la troncal no se limita a una sola pareja por generación sino que podía estar compuesta por los padres y varios hijos casados, incluyendo así parejas de colaterales (tíos y primos casados) e incluso manteniendo la forma de las frérèches francesas (constituidas exclusivamente por hermanos). Su mayor característica es la disposición de una gran fuerza de trabajo familiar que les permitió desechar el recurso de los asalariados, pudiendo hacerse cargo de grandes explotaciones con un mínimo gasto, un hecho que explica su predominancia en zonas donde el poder del señor o del propietario de la tierra era significativo, como el este de Europa (áreas de Segunda Servidumbre), el centro de Italia y Francia, o las explotaciones serbias. Ya que su dinámica familiar se encontraba incitada por las necesidades laborales, el interés de los miembros radicó en impedir que los hijos abandonasen el grupo, motivo por el que se adelantó la edad nupcial. Al igual que ocurría con la familia troncal, la familia comunitaria también veía sus mayores atolladeros con el relevo del líder, si bien es cierto que la voluntad de los individuos solía quedar sometida a las necesidades comunales por lo que finalmente se aunaban los vínculos de parentesco, solidaridad y extorsión para moderar estas “tiranteces”.

La venida de la Edad Contemporánea redujo este último estrato al ámbito rural, eliminó del mapa el de la familia troncal y fijó la nuclear como epítome de nuestros días, esta vez a cargo de una modernidad que resolvió practicar el desapego no a través del envío externo sino por medio de un germen con conexión inalámbrica. Y es que el supra y la idiosis (la necesidad de particularizarse para despuntar) querido lector, asiduamente conducen a un inapelable aislamiento en la zaga por la categorización.

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