RELATO// ‘Clase práctica’, de Elmer Ernesto Alcántara

ELMER ERNESTO ALCÁNTARA.

Es invierno, es sábado, once y cuarenta y cinco de la noche; y Javier, joven profesor de literatura, acaba de dejar puntualmente a Clara, su novia, en el departamento que esta aún comparte con su madre. La pensión de Javier está a veinte minutos caminando, si se corta camino por los recovecos del peligroso barrio Chicago; así que si se apura, en media hora podría ya estar en la cama. Se sube entonces el cuello de la casaca, mete las manos en los bolsillos y silvando una canción, toma la avenida Conquistadores. Se podría decir que va despreocupado y contento, cuando de pronto, al cruzar una calle oscura y vacía, muy cerca de la iglesia de Chicago, ¡pum!, sintió un golpe fuerte y seco en la cabeza y sin atenuantes ni contemplaciones, cayó de bruces sobre el asfalto duro y frío.

El mundo entonces, desapareció. Los inesperados golpes que encajó (el que sonó detrás de su cabeza primero, y el que se dio de cara contra el asfalto después), lo hicieron perder totalmente la conciencia y quedó tendido en el piso desmayado. Por largos segundos todo fue negro, negro y silencio. Y como dicen que pasa cuando se está a punto de cruzar el umbral de la muerte, empezó a ver retazos de su vida que como en una rápida película desfilaban ante sus ojos perdidos: vio su infancia y su familia, su adolescencia y sus mejores amigos; vio a Clara, su novia desde hace cuatro años; vio su colegio estatal de barrio pobre donde enseña literatura y se empecina en hacer escribir a sus alumnos, vio a sus alumnos; vio su cuarto de pensión, sus libros, sus sueños de ser escritor de historias policiales… pero poco a poco ésas imágenes se fueron difuminando y desvaneciendo, dando paso a un intensísimo dolor que crecía y crecía desde el fondo de su cabeza. Adormecido aún, Javier va lentamente regresando al mundo y a sus sentidos. Algo le impide moverse pero ya puede escuchar. Primero es un caos de ruidos confusos, lejanas estridencias y campanas disonantes. Pero a medida que pasan los segundos todo se va aclarando y unas voces distorcionadas que le llegan desde muy lejos se van abriendo paso entre el dolor y los ruidos de su cabeza. Javier se esfuerza por escuchar.

– …Ya ha pasado mucho tiempo y no se mueve. ¡Vámonos!, ¡vámonos ya!; ya no tenemos nada que hacer aquí, alguien podría venir –Sonó apenas, desde muy lejos, una voz.

¡Espera!, ¡tranquilo!, no te atolondres. Dices que quieres aprender a ser como yo no?… entonces escucha primero. Hay reglas y rituales, para los que de veras tenemos vocación para esto –Sonó otra en ecos apagados.

Sin terminar de zafarse por completo de su aturdimiento, adormecido aún, e inmóvil; Javier quería entender qué había pasado, por qué estaba tendido en el asfalto sin poder moverse, por qué le pesaba y dolía así la cabeza;  ¿quiénes eran los que estaban hablando y de qué estaban hablando?… pero no encontraba respuestas. Apenas lograba percibir que eso espeso y tibio que comenzaba a mojarle la mejilla que tenía pegada contra el asfalto, era su oscura sangre.

– …Antes que nada tienes que aprender las tres reglas básicas de los que nos dedicamos a este oficio: Primero: está prohibido ponerse nervioso cuando estás por hacer el trabajo; Segundo: dudar al momento de hacerlo; y Tercero: tener remordimientos después de hecho. Ahora si Javier escuchó claramente esa voz;  firme y contundente. Era una voz oscura; muy segura y cargada de una fría autoridad.

¡He hecho todo como tú me dijiste! –Protestó una voz que Javier identificó como evidentemente juvenil– Lo he sabido estudiar, lo he sabido esperar; y en el mejor momento y lugar ¡pum! con el enfriador en la parte de atrás de la cabeza. ¿No ves que no se mueve?… y no estoy nervioso ni tengo miedo, sólo quiero irme ya de aquí.

Despierto ya (aunque aún seguía inmóvil), Javier comenzaba a entender la situación y no le gustaba nada de lo que entendía: ¡Van a matarlo! ¡Si! ¡Ésos hombres habían ido a matarlo!. Ahora mismo iban a asegurarse de que estuviera muerto. Porque –pensaba–  no eran ladrones, no mostraban intenciones de robarle, no hurgaban entre sus pertenencias. “Si”, –pensó con angustia, con desesperación, con horror: “¡van a matarme!”, “¡van a matarme!”. Ésta era una manera de hablar y proceder de los asesinos, no de los ladrones –se decía–; pero, por otro lado; ¿quién querría matarlo?, ¿quién se ocuparía de un humilde profesor de literatura cuya única ocupación era tratar de hacer escribir a sus alumnos?

Pues si. No se mueve. ¿Pero estás seguro de que está muerto?; a veces hay que rematarlos –volvió a sonar, burlona, la oscura voz.

Si. ¿No lo ves?. No se mueve ni respira; está bien muerto. Vámonos ya –Se escuchó nerviosa la voz juvenil.

Javier ya no tenía dudas: esos hombres habían ido a matarlo. Por un momento tuvo el impulso de levantarse y rogar por su vida, de pedir que no lo maten, de decir que él no era nadie, que seguro se habían equivocado. Pero no pudo. Hubo algo poderoso e indefinible que lo mantuvo inmóvil; algo extraño, desconocido, casi ajeno a él que lo empujaba a refugiarse en esa inmovilidad en la que había quedado, y él simplemente obedeció.

Pero claro, tendido ahí inmóvil, en absoluto silencio y apenas respirando, Javier no podía dejar de pensar; y mientras más pasaban los segundos (que parecían horas) más pensaba; y lo único en lo que podía pensar era que iban a matarlo, que todo se acabaría esa noche… Y entonces algo como una luz se prendió de pronto en algún resquicio de su cerebro adolorido: “¡No van a matarme!” –se dijo con inesperada seguridad– “¡no van a matarme si les hago creer que ya estoy muerto, que ya me han matado!”… Y agarrado con todas sus fuerzas a esa inaudita esperanza, se quedó quieto, inmóvil; decidido a defender su vida con el arriesgado recurso de hacerse el muerto; aunque era tan terriblemente difícil hacerse el muerto en medio de tanto miedo, tanto dolor y sobre todo, en medio de tantas ganas de vivir que de pronto despertaron en él ahora que tenía tan amenazada la vida.

Es que no es así de sencillo pichón. No se trata de enfriar a un hombre en una esquina y salir corriendo, es mucho más que eso, para los que tenemos verdadera vocación.  A ver muévelo; quien sabe aún está vivo y tienes que rematarlo –ordenó inapelable y burlona la oscura voz.

Luego de unos segundos de indecisión y silencio que parecieron una aternidad en la que casi muere de angustia, Javier sintió unos zapatos duros y pesados tantear en su cuerpo, sobre su espalda, como moviéndolo o despertándolo; pero él siguió completamente entregado a su inmovilidad, que siguió siendo absoluta.

Nada, no se mueve. ¡Está muerto! –casi gritó contrariada la voz juvenil.

La angustia de Javier, que inmóvil seguía con mucha atención lo que las dos voces se decían, pasó a ser más grande que el dolor de su cabeza (y el dolor de su cabeza era muy grande), era una filosa punzada en el pecho que estaba a punto de explotarle el corazón. El esfuerzo que tenía que hacer para no temblar era tan grande, que crispado en la punta de sus nervios parecía a punto de estallar en cualquier momento y delatarlo. Pero no. Resistía. Y en ese estado de absoluta quietud, miedo insoportable y angustia total… pero también de alerta máxima de su atención y sus sentidos; Javier creyó percibir algo familiar, algo conocido, en la voz juvenil; como si la hubiera escuchado antes. Pero no era el momento para tratar de reconocer una voz, por supuesto. Javier sólo tenía tiempo y cabeza para quedarse quieto y hacerse el muerto, si quería vivir.

Pues sí, así parece, que está muerto, que lo has matado. Es hora de reconocerlo entonces. –sentenció la oscura voz.

Reconocerlo? –inquirió desconcertada la voz juvenil.

Si, verle la cara –Afirmó la oscura voz.

Para qué si sé que es él –aseguró la voz juvenil– lo conozco bien. No tengo que verle la cara.

Yo sé que es él –dijo la oscura voz, siempre fría y terrible. Pero es tu primer frío y vas a reconocerlo, verle la cara ahora que está muerto, ahora que tú lo has vaciado de vida; tómalo como un bautizo pichón, como una ceremonia de iniciación… ¿tú no quieres ser un matón cualquiera verdad?

–  No –dijo pasmada la voz juvenil, ya sin nada de nervios– yo quiero ser como tú.

Para Javier, que ya llevaba una eternidad tirado en el piso, el miedo era un líquido helado que sentía deslizarse por sus venas; y la angustia, la angustia era un remolino de vacíos en el centro de su estómago y una nausea, una amarga y pastosa nausea en su boca seca; y no sabía cómo, cómo era posible que no intentara correr o se pusiera gritar; mientras sentía a alguien acercarse y casi enseguida introducir unos dedos agresivos en la maraña de sus risos negros y asirlo muy fuerte. Lenta pero decidida, la mano lo fue arrastrando hacia la luz y volteando boca arriba; mientras Javier, paralizado, se dejó arrastrar, se dejó voltear y llevar por la locura de defender su vida con el extremo recurso de hacerse el muerto… y fue el peor golpe de la noche: la cara que correspondía a la mano que tan malamente lo arrastraba de los pelos, (era la de…) …se fue acercando a la suya hasta ponerse muy cerca. Y Javier, que tenía los ojos abiertos, ya lejos de su miedo, de su angustia y su dolor, se entregó a su papel de cadáver… ¡Está muerto!, escuchó resonar desde muy lejos, desde el otro lado.

– ¡Está muerto! –dijo la voz juvenil ya sin rastro de miedo en la voz, dejando caer lo que había tenido en la mano.

¡Muy bien pichón!, has estado a la altura; tienes mano firme y buenos nervios. Me siento orgulloso de ti  –sonó paternal la oscura voz. ¿Así que quería que escribas un cuento sobre un asesino y te desaprobó porque no lo hiciste bien? –Preguntó iniciando la retirada.

Si, y sí que es más fácil hacerlo que escribirlo –sonó lejana, volteando ya la esquina, la voz juvenil. Sólo hay que saberlo esperar y luego darle fuerte y sin dudar ¡pum! con el enfriador en la cabeza. El reloj de la iglesia dio las doce en punto de la noche.

Silencio.

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