Ellas también matan

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Ellas también matan

VV.AA.

Delito

Barcelona, 2019

203 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Si hay un factor común al género negro, ese es la facilidad con la que la vida nos supera. No es posible dejarse llevar por la inercia, porque todos los asuntos, los grandes y los pequeños, nos arrollan. Vivir supone, en buena medida, vivir a la contra, nadar aunque sea para evitar que la resaca nos lleve mar adentro a una velocidad mucho mayor de la que deseáramos. En gran medida, el tema del cine y la novela negra es la mala suerte. Apenas Philip Marlowe pudo dominarla en las primeras novelas de Chandler, hasta que se supo arrojado a los vientos del destino en El largo adiós, la obra maestra del clásico americano.

Ese contenido está presente en los trece relatos que Anna María Villalonga recopila para la editorial Delito en este volumen, Ellas también matan. Los formatos varían mucho, desde el diálogo, algo muy tradicional en el relato negro, hasta un flujo que no es de conciencia, porque tenemos que atarnos a los sucesos, que son lo inexplicable, lo que se desenreda, pero que contiene una dosis de maldad que ignoramos a qué atribuir. De la misma manera, se manipulan los tiempos, tanto los narrativos como los que detallan la cronología de la acción. De forma que se nos permita asistir a los rodeos que se producen en torno a un cadáver manteniendo fija la atención, sin que se repitan fórmulas. Ni siquiera puntos de vista.

Aunque, eso sí, el volumen va tomando consistencia en la medida que asistimos a los juegos de la inteligencia, del ingenio o de la locura, todo igualmente metido dentro de la mollera de algún personaje. Y, sobre todo, al comprobar cómo se cumple una de las funciones que se le atribuye al género: el realismo urbano. Se habla de relato urbano cuando se reúnen una serie de personajes, propios de la ciudad, alrededor de un muerto. En cierta medida, da la sensación de que la trama sustituye al conflicto y lo que antes era un lugar que ocupaba la novela costumbrista, para dibujar una época, ahora lo ocupa la novela negra. En un volumen como éste, la impresión se incrementa, dado que pululan por sus páginas seres de muy diversa ralea: ciegos, inmigrantes, taxistas, médicos, espías, policías, ancianos, divorciados, exhibicionistas, periodistas y, como no, solitarios. Hay muchos solitarios, trece, uno por cada relato. Eso nos da la medida en la que este género está retratando la sociedad, si prestamos atención a lo que no sea la resolución del crimen: nada describe mejor las urbes contemporáneas que la presencia inmisericorde de la sociedad. En la ciudad moderna, la gente no se conoce. Y de ello dan buena cuenta las trece escritoras aquí convocadas, todas con su firme pulso narrativo para crear y resolver un misterio en unas pocas páginas.

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