‘Una habitación propia’, de Cesáreo González

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CESÁREO GONZÁLEZ.

Este libro de Virginia Woolf está considerado uno de los primeros textos feministas, junto al imprescindible Segundo sexo de Simone de Beauvoir. 

 La literatura es un espacio perfecto de representación teórica. En los libros se reflejan las condiciones de la sociedad, sus distintas perspectivas vitales, los registros políticos y las tendencias ideológicas. Fue precisamente un grupo de profesoras, escritoras, editoras o lectoras tras analizar la literatura de la época cuando detectaron el papel marginal de la mujer, su escasa presencia. Resultaba difícil encontrar protagonistas, secundarias o incluso críticas. Estas observaciones les hicieron plantearse un montón de preguntas sobre la literatura y su capacidad de representación. 

Tras esa detección de una evidencia, bien escondida en una literatura eminentemente dominada por los hombres, empiezan a surgir mujeres que se dedican a analizar este fenómeno. El enfoque no parte de una sola disciplina, puesto que la literatura es poliédrica como la propia sociedad. 

La frustración de las estudiosas de los hechos literarios queda patente. Ahora necesitan un enfoque epistemológico, una visión interdisciplinaria. Las condiciones están dictadas por la política, todo se deriva de la política, por eso, en primera instancia la crítica feminista adopta una visión política. 

En una habitación propia, Woolf plantea el problema que supone para una mujer de finales del siglo XIX y principios del XX, no disponer de unas condiciones materiales adecuadas para dedicarse a la escritura. Esas necesidades para Woolf pasan por una habitación propia, “con su llave”, es decir privacidad y soledad para concentrarse. Además de una asignación que la escritora inglesa estimaba en 500 libras de la época. Si no había más escritoras es porque las circunstancias se lo impedían. Por supuesto, como en todos los enfoques taxonómicos es necesario un ejercicio de contextualización. En aquella época la mayoría de las mujeres tenían un campo de actividades muy restringido. El hombre dominaba todas las áreas de creatividad, políticas y culturales. Pero sobre todo tenían un nivel de exposición absolutamente invasivo. Todos los puestos de relevancia estaban copados por los hombres. 

En relación al planteamiento de la escritora británica, en realidad se estaba haciendo eco de las condiciones sociopolíticas de las mujeres. Fenómeno que sólo era apreciable desde una posición de privilegio cultural, inevitablemente relacionado con la clase social. La gran mayoría de las mujeres vivían subyugadas y sometidas por una organización social hecha a medida de los hombres. Incluso desde el punto de vista de la creatividad, lo masculino prevalecía. Según las críticas Sandra Gilbert y Susan Gubar, la mujer no puede crear su propia imagen, al no poder acceder a los mecanismos de creación, ni tan siquiera la oportunidad de esgrimir tentativas de creatividad. Por el contrario, eran los hombres los que creaban la imagen femenina, a través de la literatura, siempre falsa, estereotipada y sexista.

Simon De Beauvoir ya lo definía de forma sucinta, pero evidente en su obra fundacional El segundo sexo, cuando dice: “el hombre es el uno, y la mujer el otro”. La visión de la realidad estaba sesgada, tergiversada. He ahí la trascendencia del trabajo de escritoras como Woolf, al hacer visible al “otro”, a la mujer. En su libro Una habitación propia, crea un personaje ficticio que representa a la hermana de Willian Shekeaspeare. A través de Judit Shakespeare intenta mostrar la situación de una mujer de aquella época, que naciendo en la misma familia no se le ofrecen las mismas oportunidades que a su hermano. El padre le asigna un esposo en contra de su voluntad, ella lo rechaza. Recibe palizas y es encerrada. No tiene acceso a los estudios, sino solo a permanecer encerrada en casa. Ante tanto dolor Judit acaba suicidándose. Virginia Woolf nos muestra una situación límite, el paradigma de la mujer en relación a la historia. 

Para la profesora y feminista noruega Toril Moi la crítica feminista no puede ser solo un análisis de la literatura, sino que tiene que atreverse con la política, ya que de ella emana todo. Elaine Showalter va más allá con su concepto de “ginocrítica”. Se trata de crear un territorio de referencia para la mujer, dejando atrás los modelos masculinos, en los que simplemente se ajustaba el pensamiento feminista. Había que construir un marco cultural exclusivamente femenino.

Virginia Woolf hace varias observaciones acerca de la representación que se hace de la mujer en la literatura. Son muchos los textos en los que aparece como heroína, como musa, como diosa y representación de la belleza, sin embargo, en la realidad, es maltratada, vilipendiada, excluida y marginada. El propio Dante coloca como protagonista e inspiración angelical a Beatrice en la Divina Comedia. Petrarca también idealizó a Laura de Noves en su Cancionero. Para algunas personas de carne y hueso, para otros, meras fantasías, idealizadas figuras ficticias que inspiraban a los escritores, que los mantenían en una extasiada emoción tántrica, que por no consumarse, nunca se agotaba. Sigue diciendo Woolf que las mujeres en la poesía son las absolutas protagonistas, pero en la historia no aparecen por ningún lado.

La escritora inglesa estudió la obra de las hermanas Bronte y de Jane Austen, fundamentalmente. Ella puso los cimientos de una crítica feminista, que posteriormente fue superada por otras tendencias. Woolf perteneció al grupo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales acomodados que se dedicaron a la cultura. A este conjunto pertenecían además de las hermanas Woolf, el esposo de Vanessa Clive Bell, el economista John Maynard Keynes, Lytton Strachey y M. Forster. Aplicados alumnos del prestigioso Trinity College. Diseñaron grandes ideas progresistas, feministas y humanistas. Supieron emplear su privilegiado ocio para aportar conceptos nuevos que sentarían las bases de grandes avances sociales y culturales para occidente. Otras de sus obras son Orlando (algunos críticos consideran autobiográfica), La señora Dalloway, Al faro, Las olas, los años.

Una respuesta a ‘Una habitación propia’, de Cesáreo González

  1. Necesario e imprescindible articulo

    juan
    12 noviembre 2019 at 16:01 pm

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