Los libros de la isla desierta: ‘Los santos inocentes’, de Miguel Delibes

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[BLOG]. ÓSCAR HERNÁNDEZ-CAMPANO.  Tw: @oscarhercam

Hay pocos autores capaces de ofrecer el retrato de una época de forma tan descarnada como lo hacía Delibes. El campo era su terreno. Las labores ancestrales, las costumbres, el rico vocabulario extinto, los equilibrios de poder, económicos y emocionales. Las ratas, El camino, y tantos otros relatos recalaban en esas tierras castigadas por siglos de pobreza e injusticia. En Los santos inocentes (1981) condensó todos los males del mundo ibérico, hispánico y franquista en un cortijo extremeño. Todo el mal secular, sí, con su poder señorial, feudal sobre una mano de obra servil, casi esclava, cosificada y poseída, como un coche o un terruño. Leemos unas relaciones de servidumbre, unas condiciones de pobreza, de aislamiento en el espacio y en el tiempo, y temblamos cuando recordamos que la narración se ambienta en los años sesenta. Era la España más pobre, la más aislada, la más analfabeta y la más enraizada en el feudalismo que los sediciosos se afanaron en mantener en el treinta y seis. Los señoritos lo recuerdan, lo aplauden y reprochan a los siervos que no lo valoren; viven una paz sin precedentes, de qué se quejan. Leemos en un prodigio narrativo que Delibes derrama en cinco actos que se han de leer sin interrupción, que están concebidos para fluir, porque no hay puntos, solo comas, suspiros y conjunciones en el interior de cada libro, barbaridades que nos ponen los pelos de punta.

Nos preguntamos si aún hoy quedarán resquicios de aquella forma de vida, si inocentes como la Niña Chica o el portentoso y cándido Azarías podrían ser reales hoy. Creo que sí. Me temo que sí. Se valora mucho más el enclenque estado del bienestar que tenemos y que perdemos cada día tras leer Los santos inocentes. Todos los males del hombre se condensan en ese personaje que hoy campa a sus anchas por este país, ese señorito Iván que, aunque no lo dice el autor, debe de tener un apellido noble, con partícula de genitivo incluida, ese reyezuelo de su tierra que domina a sus habitantes, que los posee y que los trata como bienes. Su vida, vacía, se llena de muerte. Las cacerías, como si fuera el Medievo, son su alimento. La naturaleza está a su disposición. Y él dispone matar. Gozan estos señoritos que Delibes nos muestra, con la sangre de víctimas inocentes. Se reúnen los nobles, agasajan a sus ilustres invitados de la capital, un ministro incluido. Comen, zampan, beben y matan.

Los pobres, siervos humillados, incluso con una pierna rota, deben correr tras ellos, atrapar las piezas muertas, sangrantes aún. Solo sirven si pueden servir. Paco, el Bajo ejemplifica esta servidumbre interiorizada hasta la médula, generación tras generación, derrota tras derrota. Aunque su mujer, la Régula, y él sueñan con que sus hijos puedan ir a la escuela, cede cuando el señorito le ordena que la Nieves, la hija adolescente, entre a servir a la casa grande. El deseo libidinoso poco disimulado del señorito escruta el cuerpo aún en formación de la joven cuando lo dispone. Sin embargo, no hay peros que valgan; sus padres ceden. Luego, con un dolor inconcebible tras la rotura del peroné, y contraviniendo al médico, obedece al señorito; la jornada de caza es sagrada. La salud de un siervo nada importa. Si uno cae, lo sustituye otro. Y ese otro es Azarías. El mal lo encarna el señorito Iván. Mal en mayúscula: la inhumanidad, el egoísmo, la codicia, la falta de empatía, la agresividad, la ignorancia, y demás defectos humanos. El Bien, en mayúscula también, lo encarna Azarías. Un hombre de unos sesenta años, con un evidente retraso mental, noble, no de apellido, honesto y empático con los débiles. Adora a la Niña Chica y siente un vínculo especial con las aves. Sucesivamente lo leemos cuidar con dos de ellas, ambas son para él lo mismo, son su milana bonita, inocentes como él. Ese es el mantra que repite Azarías y que martillea la mente del lector anunciando desgracias, porque el poder despótico no sabe de empatía y disfruta haciendo el mal. No obstante, a veces, entre los oprimidos, hay quien se levanta y hace justicia.

Los santos inocentes, cuya adaptación cinematográfica de 1984, tres años después de la novela, y dirigida por Mario Camus, puso cara, voz y atmósfera al extraordinario relato de Delibes, es un libro que tiene un hueco especial en la isla desierta.  

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