El sentido de un final

Por Ricardo Martínez.

Maquetaci—n 1El sentido de un final. Julián Barnes. Anagrama, Barcelona, 2012.

Considero que, al abordar un comentario acerca de esta obra que se distingue por su densidad argumental, por la meticulosidad con la que se ha ido tejiendo la trama y con la permanente alusión a una condición autoconsciente del protagonista, no estaría justificado el eludir la cita de una obra anterior de este mismo autor, ‘Nada que temer’, publicada en esta misma editorial.

Allí, en un ejercicio muy hondo y brillante se desarrolla una idea de la muerte que constituye un paradigma dentro de la novelística actual europea. Con la particularidad de que los personajes vienen a ser, curiosamente, su propia familia. Aquí, tomando como referencia la idea de amistad de unos colegiales –uno de los cuales hace de aglutinante de la voluntad de los demás por su inteligencia, y luego refrendará esa misma condición por razón de su suicidio) Barnes nos va llevando hacia una reflexión de la condición solitaria del individuo, acaso como telón de fondo para tejer una idea del amor que se valida, de algún modo, sobre la idea de la muerte.

A estas alturas, la riqueza verbal de que hace gala el autor y, sobre todo, la capacidad digresiva acerca de la importancia de los detalles pequeños que conforman la realidad y la definen, comporta no solo una novela exigente –progresivamente exigente- para el lector, sino también un ejemplo de capacidad observadora tanto hacia el exterior como hacia el interior del individuo y, al fin, una reflexión acerca de la condición perecedera sobre la que se sostiene la vida de cada uno de nosotros.

Amor, pues, amistad, canto a la distinción que, en sí, implica la inteligencia, más todo ello sobre un inevitable fondo trágico que ejerce como imán de cada uno de los apartados vitales en que se ha venido desarrollando la trama. Haría, no obstante, a pesar de la brillantez de la trama y la solidez de los personajes, una observación lectora: creo que lleva, al final, más allá de lo razonable un enigma que, pretendiendo desvelarlo, lo enroca hasta casi la sombra, Lo que nos deja un cierto regusto de amargura, por incompleto, en lo que podría haber sido un ejercicio perfectamente válido y consciente sobre lo perentorio del ser humano.

Queda, aún así, al buen lector la deducción según su saber y entender. La obra, desde luego, es extraordinariamente interesante y constituye una lectura que enriquece a quien se adentre en ella. Una suerte en estos tiempos tan escasos de recursos literarios válidos, reflexivos, actuales siempre.

 

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