Schelling, el filósofo del Romanticismo

Por Ignacio González Orozco.

(Extracto de la introducción al libro Friedrich Schelling, original de Ignacio González Orozco, incluido en la colección Aprender a pensar. Publicado con autorización de la Editorial RBA).

Friedrich Schelling (1775-1854) vivió una época crucial para la cultura europea, como fue la irrupción y el triunfo del Romanticismo. Este movimiento literario y artístico cuestionaría algunas certidumbres del optimismo de la Ilustración, la corriente filosófica y científica que en el siglo XVIII afirmó la primacía de las facultades racionales del ser humano sobre la volubilidad de los sentimientos, el carácter meramente instrumental de la naturaleza y la certidumbre de la idea de progreso (basada en el supuesto de que el creciente avance de la ciencia y de la técnica no solo aportaría mejoras en las condiciones de vida materiales, sino también el perfeccionamiento moral de la humanidad). Esta visión del mundo y de la historia se enfrentó a su propio e inesperado horror con ocasión de la deriva sanguinaria de la Revolución francesa, el Terror, pero ya había tenido críticos previos, como el pensador suizo Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), quien alertó sobre la ingenuidad providencialista del discurso ilustrado y señaló la naturaleza como marco idóneo para la educación de las capacidades éticas y estéticas del ser humano.

Schelling tomó como punto de partida de su pensamiento la visión disidente de Rousseau, reforzada por las ideas panteístas del neerlandés Baruch Spinoza (1632-1677), para quien no había otra posibilidad de libertad que ajustar la conducta humana a las normas superiores de la naturaleza. Sin embargo, el filósofo alemán no pudo sustraerse al influjo de la figura cumbre de la Ilustración germana, el filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804), quien tipificó el mundo como construcción de las facultades cognitivas de la conciencia humana, tanto a efectos teóricos como prácticos. A partir de esta premisa, otros dos pensadores alemanes, Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) y Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) destacaron la acción del Yo libre que crea y da sentido a toda la realidad, sujeta a una dinámica racional. Schelling negó esta primacía factual de la conciencia y desarrolló su peculiar interpretación del problema, que establecía una relación de continuidad entre el sujeto y la naturaleza, polos complementarios cuya armonía se manifestaba en las obras del espíritu (principalmente el arte, la ética y el derecho). Este planteamiento influyó notablemente en pensadores posteriores, como el danés Søren Kierkegaard (1813-1855) y los alemanes Friedrich Nietzsche (1844-1900) y Martin Heidegger (1889-1976).

La reconsideración y revalorización de la naturaleza aportada por Schelling a la filosofía occidental quedó largo tiempo sepultada bajo el pensamiento inherente a la Revolución Industrial y los conflictos derivados de ella. La razón instrumental se impuso como forma de relación con el mundo físico, externo a la conciencia, y el desarrollo de la ciencia y las fuerzas productivas provocó lo que el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) denominaría «desencantamiento del mundo», es decir, la reducción de la naturaleza a mera fuente inanimada de provisión de bienes, con la pérdida del ancestral respeto a sus ciclos e integridad, una actitud causante de daños tal vez ya irreparables. Por ello, muchos estudiosos han recuperado las propuestas de Schelling, reacio siempre a una concepción de la naturaleza como mera sustancia matematizable y manipulable, y para quien el gran entramado del mundo respondía a un misterio que solo podía entenderse desde una perspectiva ética. Esta clarividencia constituye uno de los principales motivos por los que resulta sugestiva una lectura actual de su obra.

Otro de los atractivos del pensador que nos ocupa estriba en su vigorosa llamada a la actuación de los sentimientos. Sin denostar jamás de la razón, Schelling se aventuró en los ámbitos de la mitología, la religión, el arte y el mundo físico, como terrenos donde la ausencia de interés material propicia la epifanía de la libertad en aras del perfeccionamiento individual y colectivo. En tal sentido, sus páginas atraen y conmueven a los espíritus estéticos, que apuestan por la creatividad como mejor respuesta ante los desafíos de la existencia.

Fiel a los ideales clásicos de la filosofía, mantuvo siempre un entusiasmo crítico, prurito de renovación intelectual y moral que no debe confundirse con ningún tipo de ingenuidad utopista. Cuando la Revolución francesa derivó en un régimen absolutista y sanguinario cuya prolongación fue el mandato autoritario de Napoleón, la íntima decepción del filósofo se sumó al prístino sentimiento nacional alemán, exacerbado por la invasión napoleónica. Semejante tesitura mostró a Schelling la imposibilidad de organizar en Alemania un movimiento popular capaz de trocar el orden político heredado del pasado feudal; así, la única posibilidad de renovación social y espiritual digna de su aprecio pasó por la acción de monarcas ilustrados, una lenta tarea de reformas desde el poder que precisaba de un guía espiritual eficaz, y esa función pretendió ejercer Schelling a través de sus obras. Desacreditada la praxis, le quedaba la auctoritas de la teoría.

Como último aliciente para la lectura de Schelling —aunque sus atractivos no se agoten con estos apuntes— cabe destacar la convicción del filósofo, brillante ejemplo de tesón en la defensa de sus tesis cuando los vientos del pensamiento oficial soplaban en otras direcciones. Sus diferencias con Fichte, primero, y más tarde con Hegel, fueron el precio a pagar por mantener la originalidad de su doctrina. Ahora bien, nunca se detuvo en el camino del pensamiento para anquilosarse en la creencia de que su sistema estuviera concluido a efectos teóricos. En palabras del filósofo y jesuita francés Xavier Tilliette, la de Schelling fue una «filosofía en devenir», una prueba más de esa inquietud basal que siempre proyectó el alemán sobre su trabajo especulativo.

La aventura filosófica de Schelling […] se inició en 1790 en el seminario de Tubinga, adonde llegó siendo un adolescente —tenía dieciséis años— tras una formación de acendrada orientación religiosa. […] eran tiempos de turbulencia intelectual, como bien indica el nombre del movimiento literario que había capitalizado hasta fecha reciente las letras alemanas: Sturm und Drang («tempestad y empuje»), precursor del Romanticismo. En Tubinga entabló amistad con dos de las grandes figuras intelectuales de su tiempo, Hegel y el poeta Friedrich Hölderlin (1770-1843). Y aunque en ese tiempo se dejó encandilar por la Revolución francesa, sus primeras obras filosóficas nada tuvieron que ver con la agitación política del momento; por el contrario, se trató de ensayos de tema teológico y mítico. La influencia de Fichte le acercó al estudio del Yo trascendental que se constituía como realidad independiente del mundo fenoménico, dando sentido a este.

Su condición de alumno brillante le hizo prosperar tempranamente en el mundo académico. Tras sumergirse en un intenso acopio de conocimientos a través del estudio de las matemáticas, las ciencias naturales, la medicina y el derecho, las puertas de la Universidad de Leipzig se abrieron ante su joven elocuencia (1796) y el ambiente de esa ciudad, más liberal y cosmopolita que Tubinga, propició el inicio de un segundo período de su biografía intelectual, progresivamente alejado de Fichte (a quien conoció y trató por esos días). Fue la época que los estudiosos han asignado a la «filosofía de la identidad», […] y que estuvo caracterizada por la asunción de los ideales del Romanticismo: Schelling experimentó por primera vez ese sentimiento trágico de escisión entre la naturaleza y el sujeto, entre el alma y el cuerpo, que caracterizó a dicho movimiento, así como la necesidad de reconstruir la perdida unidad. Un problema con triple repercusión —ontológica, epistemológica y ética— que se consolidó como una de las claves de su reflexión filosófica de madurez. Con la intención de unificar objeto y sujeto, rechazó que la naturaleza fuera simplemente lo opuesto al Yo (el No-Yo), es decir, el obstáculo material que dificultaba la realización de la libertad; por el contrario, la entendió como una realidad absoluta y autónoma, fuente del mismo Yo y del mundo, que en su origen eran idénticos. De este modo se opuso al mecanicismo propuesto por la Modernidad —la naturaleza entendida como gran máquina— y formuló una concepción organicista y teleológica (finaista). Y en cuanto a la prístina unidad entre naturaleza y espíritu, consideró que se reproducía en la obra de arte, en la que el artista plasmaba la belleza y la idea con medios naturales (pintura, tejidos, piedra, bronce, etc.). Por tanto, el arte fue para Schelling una suerte de conciencia de esa identidad absoluta.

La tercera etapa de la filosofía schelligniana se inició a partir de 1809. Ya catedrático y con innegable prestigio en los medios académicos, entre sus amistades figuraban dos genios de la literatura romántica alemana, Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) y Johann Christoph Friedrich Schiller (1759-1805). Por entonces, Schelling no había tenido impedimento en promocionar la carrera académica de su antiguo compañero Hegel (de quien más adelante le separaron irreconciliables disensos teóricos). En el plano personal sufrió la desgracia de perder a sus dos primeras esposas, sucesos que lo vertieron hacia una nueva cavilación: el problema de la libertad, interpretada como vínculo entre el Yo y la naturaleza a través del genio estético y la vida ética. A este proyecto respondió la que quizá sea su obra cumbre, Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados (1809). Pronto se produjo un leve cambio de enfoque, y en Las edades del mundo (1811-1815) la historia de la humanidad fue abordada desde una perspectiva teológica.

[…] La «filosofía de la libertad», en la que perseveró Schelling en los años siguientes a 1815. Fueron tiempos de revisión general de su doctrina filosófica, a fin de dar con una síntesis definitiva entre el Yo (el sujeto, la autoconciencia) y el No-Yo (la naturaleza) que acabó remitiendo más allá de la experiencia sensible, al terreno de lo absoluto, como vivencia imposible de conceptualizar y a la cual solo podía accederse mediante la intuición. Esta convicción le llevaría de nuevo al campo de la filosofía de la religión y del mito. Por entonces recibió elogios de altas personalidades de dentro y fuera del mundo académico, como los reyes Luis I de Baviera y Federico Guillermo IV de Prusia, y entre los alumnos que afluyeron a sus célebres clases se contaban personajes tan dispares como el filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855), el teórico del anarquismo Miajil Bakunin (1814-1876) y Friedrich Engels (1820-1895), el empresario y sociólogo alemán, estrecho colaborador de Karl Marx. Durante este largo período, prolongado hasta su muerte en 1854, Schelling publicó poco aunque trabajó mucho, y puede decirse que su legado intelectual se cifró en una apasionada proclama de misticismo y libertad.

Related Posts with Thumbnails

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *