‘El árbol de los cuentos’, de Luis Mateo Díez

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El árbol de los cuentos

Luis Mateo Díez

Debolsillo

Barcelona, 2017

588 páginas

 

Siempre con un cuidado por el lenguaje y la identidad de lo que representa el lenguaje que se va haciendo menos frecuente, siempre con cariño, siempre siendo buena gente, y casi siempre en el páramo y en la provincia de León, donde quedó su infancia, se recupera la obra corta de Luis Mateo Díez para que le amemos más. Que elija el árbol como lugar de encuentro de los cuentos, no es casualidad: es pura metáfora, de la contundencia de las primeras líneas del Génesis. Un regalo para todos. Gracias, Luis.

 

Hace unos años escribí una pequeña colección de cinco cuentos, cada uno de ellos titulado con el nombre de los cinco árboles que más cercanos están en mi recuerdo o que mayor reincidencia han tenido en mi memoria: el tilo, el ciprés, el nogal, el chopo y el aliso.

Esos cuentos suceden caprichosamente en la referencia de esos árboles, no hay mayor atadura, pero ahora, al reunir por vez primera todos mis cuentos, desperdigados como ramas variopintas por diversos lugares, me percato de la oportunidad y el sentido del título que puse a aquella colección, y lo recobro como título del presente volumen, además de usar la colección casi a modo de proemio.

Esos cinco cuentos están fuera del tiempo o, al menos, con esa idea fueron escritos, con la intención de rememorar el arquetipo de un género que, como bien sabemos, tiene las más hondas raíces populares y es, sin duda alguna, el que mejor marca un cierto patrón narrativo, la pauta de una estructura narrativa en la que todo es significativo y en la que los elementos sustanciales son la necesidad y la medida. Con algo tan extremo, como lo necesario o lo imprescindible y lo medido y lo justo, es como se logra la intensidad de esa estructura a la que nada conviene el artificio. O el esplendor, la perfección, de lo que Truman Capote requería como la redondez y el brillo de una naranja.

En mi destino de escritor, por circunstancias de la vida, que tanto tienen que ver con la historia, la geografía y los afectos, hay un sustrato de cuentos contados y escuchados, en seguida emparentados con los leídos. Una experiencia, nada extraña por otra parte, que orienta el designio de un aprendizaje de lo imaginario en la oralidad.

Los cuentos estaban en mi vida desde muy temprano. La voz narrativa resonaba casi al tiempo que la utilitaria. Los recados y los deberes tenían un cumplimiento paralelo al que los cuentos indicaban en las ensoñaciones. La imaginación verbal también fraguaba una memoria temprana en la que se depositaba otro modo de sentir y de vivir. Algunas emociones originarias podían confundirse entre lo cotidiano y lo extraordinario, entre los afectos familiares o vecinales y los que se intensificaban en la invención.

Los cuentos también como aprendizaje de la vida. O los cuentos como formas de vida. La propia memoria de la imaginación, el patrimonio de una infinita referencia literaria tan universal como particular e íntima.

Luego me hice escritor, un narrador también más temprano de lo debido, un niño escritor, lo que ya es el colmo de los colmos, y como no podía ser menos, un escritor de cuentos.

Me pareció que en ese género, tan comprometido con mi existencia y experiencia, cuando ya era un devorador de todos los cuentos posibles, radicaba mi condición de escritor. Con los cuentos tenía más que suficiente, aunque, por supuesto, el lector inmoderado nunca dejaría de hacer descubrimientos allí donde hubiese algo que leer.

La condición de cuentista derivó en seguida, antes de lo previsible, en la de narrador, que era la conciencia abierta hacia ese otro destino de las historias que a uno se le ocurren y que no encajan en el género. El narrador abría obviamente las puertas a otras posibilidades, novelas cortas, novelas largas, ficciones en las que intentar el hallazgo de un destino y un sentido propicio a lo que ellas requiriesen.

Dicen que el narrador elige por instinto el mejor cauce expresivo de lo que quiere contar, la trama que se desarrolla en la complejidad, las palabras necesarias. El destino de las historias, el sentido de las mismas, al menos en quienes como narradores nos confesamos contadores de historias.

El narrador fue del cuento a la novela, volvió cuantas veces quiso y hasta, en algún momento, tuvo la sensación de novelar tejiendo cuentos o de usar esas estructuras narrativas tan significativas, y tan propicias para urdir sugerencias más arquetípicas y universalizadoras, en el interior de las tramas novelescas o en la voz de algún personaje, más capaz de contar su vida como un cuento o de recabar en su memoria la imaginación con que los cuentos cauterizan y expanden la experiencia de vivir mostrando, además, el latido universal de esa experiencia.

La ficción nos une y nos ampara. Los cuentos son piezas sustanciales del conocimiento humano. De la realidad imaginaria todos somos deudores, y no parece mal camino, en los tiempos que corren, hacer lo posible por seguir acreditando la ficción para que, al menos, por despiadado que sea el despojo espiritual a que nos vemos abocados, no nos roben o rebajen los bienes de la imaginación.

Reunir los cuentos que llevo escritos, que es lo que intenta este volumen, me ha resultado más fácil materialmente que mentalmente. Los cuentos se me van de las manos, las novelas las tengo más atadas, aunque también debo confesar mi condición de propietario indolente de las mismas, una secuela de aquella indolencia del escritor primerizo.

Lo que ya está escrito siempre me interesa menos que el proyecto en marcha, y la propensión de las invenciones al anonimato siempre me subyugó. No se trataría del escritor que se esconde sino de la obra que busca la perfección en el olvido, como le sucedía al protagonista de una de mis novelas más queridas.

Se me han ido de las manos, en libros perdidos y recuperados, en colecciones sueltas, y también en libros que no eran estrictamente de cuentos: libros en los que había cuentos además de otras cosas.

Reunirlos, pues, exigía un esfuerzo de memoria y reconsideración, dejar que vuelvan y adquieran la consistencia de las ramas del árbol al que pertenecen. Ellos contienen sin duda huellas insustituibles de mi mundo literario, tonalidades y hallazgos variados, y hasta puede que respondan a intereses y retos contrapuestos, tras la deriva de tantos años.

El árbol y las ramas se acomodaban bien a la metáfora del título y al propio esfuerzo de recobrarlos y compaginarlos. Es lo que he hecho. Un cierto orden cronológico, los capítulos que son los títulos de los libros de donde vienen, la comprobación de una variedad de asuntos y obsesiones que no pueden causarme, ahora que los leo juntos, especial extrañeza.

El padre va reconociendo a los hijos que vuelven a casa, después de llevar tanto tiempo en lejanos lugares y sin que desde entonces hayan hecho un regreso común, y se sienta a la mesa con ellos. Es el momento en que los hijos debieran también reconocer al padre y sentirse a gusto al verse juntos. También puede ser un buen momento para que el escritor poco complaciente consigo mismo sienta la incertidumbre de la reunión familiar y se llene de cautelas e inseguridades.

Pero del árbol de los cuentos se trata. La imagen es suficientemente cautivadora. Recordemos que en algunos poblados africanos los miembros de la tribu suelen reunirse a la sombra generosa del árbol más frondoso, a veces del único que hay a mano, para contar y escuchar los viejos relatos tradicionales. Y que en algunas tribus del Amazonas ese mismo árbol los congrega para contar sus historias. Es el árbol de los cuentos y el árbol de la memoria. La memoria y la imaginación se confunden, algunos hasta nos proponemos intercambiar a la una por la otra para que ambas sean más potentes, y tampoco debemos olvidar que el papel en que los libros se imprimen viene de los árboles y que la obsesión o la manía de escribir requiere, como suele decirse, tener madera de escritor.

La perfección del olvido, esa ambición moral y estética de que una ficción no necesite dueño, se corresponde muy bien, a mi modo de ver, con la ambición de un cuento perfecto, tan imposible como imprescindible. No hay opción para las historias complacientes, la vida que se gana en las ficciones debe ser más poderosa que la verdadera.

LUIS MATEO DÍEZ

Primavera de 2006

 

A favor de la luz

 

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