‘La noche en el café’, de Héctor Medina

HÉCTOR MEDINA.

La noche y la soledad vibran ante las estrellas y la luna. El aire suave se desliza hacia la calle que da directo al café Philips. Richard se acerca a él, vestido de paño y una imagen impecable.  

Ingresa a eso de las ocho. El reloj da un toque para abrir el telón y puedan entrar los que vienen todos los días a la misma hora a tomar el café. Richard se sienta en una de las sillas giratorias, acomoda su corbata y pide el café cargado como de costumbre. No advierte que a su lado hay una mujer de no más de cuarenta años, muy elegante: vestido rojo, tacones de punta extrema, brazaletes y un aire de rejuvenecimiento que impacta. Cuando la ve, se queda mirándola por un instante; la mujer lo mira también y desvía la mirada en segundos. La que atiende el café llega con la bebida para Richard y a la mujer le sirve una copa más de whisky.

—Solitaria noche—dice la mujer en voz muy baja.

Richard se sorprende y una leve ansiedad termina en sus piernas.

—Sí—vacila.

La mujer toma un sorbo de whisky y mantiene en silencio de nuevo. Se queda mirando un gato pardo que merodea el sitio, misterioso y acusativo. Esta vez la sequedad nocturna la rompe Richard.

—Sí, no es extraño que en esta ciudad después de las ocho dé lástima, la gente entra miedosa a sus casas, la calle les aterroriza.

—¿Por qué?

—Pues… la vida de esta ciudad es costosa en la noche, la noche los espanta. A mí la verdad me gusta aún más, pernoctar; en cambio el día es fatídico, lleno de movimiento, carros, gente, cosas baratas… No, no, la verdad no me imagino. ¿A usted también debe gustarle la noche, creo?

—No—la mujer toma otro sorbo de whisky y mira al gato.

—¿Así, a secas?—Richard se acomoda de nuevo su corbata porque se le ha hecho una hendidura en el nudo—. ¿Entonces, por qué está acá a esta hora?

—Espero a un hombre.

—¿Y eso, a quién? No, mentiras, me disculpa que le esté haciendo preguntas comprometedoras, cosas que no me interesan—el gato roza el pantalón de Richard, como queriendo que lo acaricie.

Y como si en verdad a la mujer le hubiera disgustado la pregunta, se da la vuelta por un momento para observar al gato que le ronronea, toma un sorbo de whisky y se acomoda el tacón. Y de un momento a otro mira de nuevo a Richard.

—No. A un hombre que me citó en este café, a las ocho. Me dio unas características, pero no lo veo.

La mujer mira a las otras sillas giratorias donde se encuentra un hombre desarrapado bebiendo una cerveza y en la siguiente un hombre de jeans y camisa, mira para todos lados. Richard se limita a mirar al gato, a la que atiende, pero menos a los hombres.

—¿Y cómo viene vestido?

—Traje blanco, muy atractivo.

—No veo a nadie con esas características.

El hombre que toma la cerveza y desarrapado mira a la mujer y luego lo hace el siguiente hombre. Se paran y van hasta la puerta, como si también estuvieran esperando a alguien. Se sientan de nuevo, beben, caminan, se meten las manos a los bolsillos, fuman, pero la noche los incita a calmarse, a tomar definitivamente asiento.

Sin que Richard se lo pregunte, la mujer continúa hablándole, contándole los pormenores. Esta vez deja de acariciar al gato, toma insistentemente el whisky y esta vez se queda mirando fijamente a Richard.

—Me citó porque necesita decirme de alguien que tiene el dinero que requiero para poderme ir a Italia, a visitar mi hija que vive y trabaja allá.

—¿A qué ciudad?

—A Florencia. Mi hija vive allí hace diez años. È molto bella.

—¿Usted sabe italiano?

—Por supuesto. Me tocó aprenderlo para poder ir, ya hace cinco años—la mujer toma de nuevo whisky y mira al hombre desarrapado que pasa en ese momento al lado suyo.

—Qué bien.

Hay otro instante de silencio. Ahora se escucha el murmullo del hombre desarrapado, que con cerveza en mano, habla por teléfono. Pasa de nuevo el hombre vestido corrientemente por el lado de la mujer pero esta vez lo hace mirando al gato. Richard lo observa sentarse. La que atiende el café le pasa una cerveza. El hombre desarrapado ya ha dejado de hablar y ahora lo hace el otro.

Y, como si la obra de teatro cambiara de escena, el hombre que ha dejado de hablar por teléfono se para hasta al baño, se quita la ropa desarrapada que llevaba encima y regresa para sentarse de nuevo. Ha quedado en un vestido gris muy elegante y corbata naranja. La mujer y Richard lo advierten porque se ha sentado en otra silla y pide un whisky.

El reloj va hasta las nueve. Richard se queda ensimismado mirando afuera, mira varias veces el reloj, juguetea con las manos y su café ya ha terminado. La mujer se ha bebido el whisky, se acomoda los brazaletes y vuelve y comienza. Richard se para, se alisa el pantalón, se organiza la corbata.

—Me permite, ya vuelvo. Necesito ir hasta al baño.

—Por supuesto. Vaya tranquilo.

Richard pasa por el lado de los dos hombres. Ingresa al baño y después de cinco minutos sale. Los dos hombres y la que atiende el café lo miran. Se sienta de nuevo al pie de la mujer, que aparece mirando el vaso de whisky que ya va por la mitad. El gato sale a toda prisa de la silla de Richard.

—Y ahora que hemos entrado en confianza, ¿por qué hace cinco años que no va a Italia?—Richard separa al gato de sus piernas.

—Porque he tenido muchas cosas que hacer aquí. En estos cinco años se me ha perdido mucho dinero y, también, no he vuelto a tener el suficiente para ir.

—Su hija debería enviarle.

—No crea, el dinero que gana allá es para vivir y pagar el estudio.

—¿Y en qué trabaja?

—Trabaja en Versace.

—Ah, en la empresa de modas de Florencia—Richard contrae su pierna y el gato sigue mirándolo.

En ese momento sale la que atiende el café y va hasta la puerta. Coge una escoba y empieza a barrer todo el lugar. El gato, asustado, salta a las piernas de Richard y luego a las de la mujer y así en ese vaivén. La mujer se limita a seguir tomando whisky; Richard se queda ensimismado viendo a la mujer barrer, como si el oficio le permitiera una nueva visión. 

—Curiosamente hace cinco años que estuvo allá, ahora me acordé, del asesinato que hubo en Florencia, como en el mes de Julio. Del hombre que iba saliendo de Santa Maria del Fiore y alguien disparó contra él…

—¿Y nunca se supo quién fue?

—No, la Justicia Italiana nunca investigó el caso. Fue un día soleado en Florencia. El hombre, identificado como Andrea mazzolo, iba saliendo del lugar que le nombré. Ese día caminaba entre la multitud y el disparo nunca se supo de dónde vino. Algunos testigos italianos dicen que fue algún francotirador.

—Es lo más seguro.

Hay un silencio de nuevo. Richard mira de nuevo a los dos hombres, que con cerveza en mano y el otro whisky, se limitan a mirar a la que atiende el café, luego afuera y así en ese juego. Al hombre de jeans y camisa se le cae algo en ese momento, se acerca más donde está Richard y la mujer y se queda por un momento buscando el objeto; mira de un lado a otro, debajo de la barra del café y de las sillas.

—Exactamente, ¿en qué mes llegó? De pronto coincidimos con mí llegada a esta ciudad.

—Fue para Julio. Mi hija tenía que ir a una excursión a Roma, donde primero visitarían la catedral de Santa Maria del Fiore. Y para no quedarme sola, porque iba durar ocho días regresé con la promesa que volvería a visitarla—la mujer se arregla el talle del vestido y luego el escote. Desliza las manos por su cara—. Antes de irme pasé por la catedral a despedirme de ella…

Y la noche, aunque solitaria, es fresca. Apenas los grillos la han adornado y de lado a lado de la calle, por donde está el café, se divisa una que otra polilla jugando en las lámparas. Se adentran en la cafetería para olvidar la soledad de afuera; revoletean, juegan, se paran en la cabeza de las cuatro personas que se encuentran en el lugar.

—Bueno, la dejo. Fue un placer hablar con usted.

—Está bien. Gracias.

La mujer se despide a secas y Richard sale del café. Empieza a recorrer la calle de vuelta a su casa. Ahora la noche, mas iluminada por la luna llena, aparece como telón. Saca un cigarrillo, lo enciende y el humo se pierde en medio de ese telón. Se para en una esquina, mira de lado a lado, con un pie cruzado sobre el otro y una mano en el bolsillo. Al otro lado vienen dos hombres, uno vestido de paño gris y una corbata naranja. El que trae ropa corriente de un momento a otro se la quita y queda en un vestido blanco de paño.

—Bueno, escucharon todo. Ahora usted—señaló al que había quedado en vestido blanco—vaya y cumpla la cita con Giulia. Nosotros dos llegaremos con los otros hombres para cogerla.

—Vale.

El hombre sale hacia el café de nuevo. El otro, el de vestido gris se queda mirando estupefacto a Richard para ver cuál es la orden. Éste dice:

—Usted vaya y párese en la esquina y esté alerta a la orden que yo le dé.

—Entendido.

Se dirige también con las manos en los bolsillos y mirando de lado a lado a pesar de la oscuridad. Richard queda solo, ahora acompaña a la noche y a la luna: él, la noche y la luna están solos. La luna observa a Richard; la noche es testigo de lo que pasa. Richard camina un poco más adelante, bota la colilla del cigarrillo. Y, como si estuviera en un vestidor, como si se fuera a medir algo nuevo, se quita los zapatos, el vestido de paño, la corbata y la camisa; y lo que queda, y solamente lo que queda de lo que ha sido Richard, es un cabello rubio, ojos verdes, vestido rojo, tacones de punta extrema rojos y brazaletes. A toda prisa llega corriendo el gato pardo que sube a su mano izquierda y en la otra el vaso de whisky.

Camina en lo profundo de la oscuridad…

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