‘La naturaleza del silencio’, de Suso Mourelo

La naturaleza del silencio

Suso Mourelo

La línea del horizonte

Madrid, 2019

216 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

“Si fuera capaz, querría escribir solo aire.”

La frase es la mejor declaración de intenciones que refleja el libro que tenemos entre manos. Se trata de un lamento contra la contradicción de escribir, con unas palabras que leídas en voz alta rompen el silencio, y mantenerse en observación, a la espera, ser en tanto que uno atiende y no que uno actúa. Ser en tanto que uno se ve afectado por lo que percibe, con todos los sentidos a la vez, con la mirada tan fina como la piel, con el olfato tan delicado como el oído. Suso Mourelo (Madrid, 1964) busca su “tiempo de intimidad y complicidad con el silencio” practicando aquello que empaña su temperamento y que conocemos como literatura: se sincera a través de las palabras. Ha viajado a cuatro aldeas en diferentes puntos de España -Pirineos, Cáceres, Jaén, León-, y en cada lugar ha escrito un dietario sentimental del que nos llegan las palabras, las expresiones, las sensaciones, destiladísimas. La condición del destino es que tuviera menos de cien habitantes y un bar, es decir, que en pocas semanas pudieras conocer a todos los habitantes, e intimar con ellos en el lugar de encuentro donde se ponen las conciencias sobre el tapete de la mesa.

El libro está escrito en pura escala humana, sin sobresaltos, sin superlativos, a pesar de toda la admiración que contiene. Mourelo vaga cuando es caminante, y también cuando ejerce la meditación. Y en ambas funciones nos deja con las preguntas a flor de labios, porque vivir no es encerrarse en respuestas, esas que solo son firmes cuando uno se ancla a los lugares comunes. De hecho, si uno rastrea las afinidades de este texto, se encontrará con grandes autores que han hilvanado su obra en ese terreno; por aquí respira Pessoa y se elogia a Thoreau, se sigue la senda de John Berger y se siente la inspiración de Tournier, se cita a Juan Gelman y, como no puede ser menos en el caso de Mourelo, que habita buena parte de sus días y sus noches en Japón, se refleja el mismo tipo de lirismo que aparece en las obras de Kawabata o en los poemas de Matsuo Basho. Tal vez engañe en entorno rural y queramos confundir este libro con la ruta que abrió Cela en su Viaje a la Alcarria, y que otros autores españoles han seguido. Pero Mourelo, a diferencia de ellos, es habitante, no visitante, o al menos ejerce todo su poder de fascinación en tratar de serlo. Se trata de alguien cuyo espíritu inquieto puede situarlo al borde de la neurosis, pues uno tiene la sensación, mientras lee sus emociones, de que está a punto de romperse emocionalmente. Pero se ancla a la literatura como el escalador a la cuerda que le salva del vacío.

Sus escapadas a la soledad son queridas, en todos los sentidos del término, pretenden sosiego, a pesar de los embates de un destino que no dominaremos, y se presentan como una resolución a la vehemencia, aunque, eso sí, una vehemencia con demasiada ternura como para cuestionarnos que se trate de alguna rara versión de la misma. Mourelo es un gran observador y un buen memorialista, de hecho, es un observador y un memorialista diletante. Y nos regala esa sensación que necesitamos en espacios urbanos, la que nos enseña que el tiempo no tiene por qué transcurrir tan deprisa. Hay algo crepuscular y algo de esperanza en estos tránsitos por las aldeas. Hay bastante lirismo, pero también una épica destinada a quienes peregrinan por estos paisajes, sobre todo a quienes han peregrinado allí para siempre. Oye a los demás y luego escucha su silencio, confiesa, y confiesa que para él eso es sentir, antes de recordarnos las enseñanzas del maestro: “Thoreau dejó escrito que Walden pretendía ser un texto medicinal, una ayuda para encontrar lo verdadero y la felicidad”. Gracias por esta nueva dosis, por volver a alterarnos la memoria.

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