«Reinar después de morir», exaltación romántica en el Siglo de oro

Por Horacio Otheguy Riveira

Desde el fondo oscuro del escenario se acercan lentamente los personajes. A medida que avanzan la oscuridad se torna penumbra. A los lados, sendos toboganes por los que transcurrirá gran parte de la acción con un movimiento coreográfico que surge de la propia historia: pasión, regocijo y tragedia, con una confianza decidida en la superación de la angustia más allá de la muerte.

Sobre hechos reales, el prolífico dramaturgo Vélez de Guevara (1579-1644) compuso —con impetuosa energía musical en los versos— una elegíaca visión de lo que para otros se llamó La tragedia de Inés de Castro [como por ejemplo en una versión muy distinta, anterior a esta, de Jerónimo Bermúdez (1530-1599], recientemente representada en el Teatro de La Abadía). La cuestión primordial de la decisión de matar a la mujer del príncipe es para algunos un asunto político, para otros un tema económico basado en el efecto territorial, él portugués-ella española. Pero lo que al mundo ha interesado desde entonces es el desgarrador asunto de un apasionado amor destruido por intereses amorales. Numerosas obras en diversos idiomas dan cuenta de esta historia, entre novelas, biografías, obras teatrales, poemas y óperas.

 

¿Luego el haber sido buena

     queréis, señor, castigar?

 

Al frente de la dirección se unen dos talentos del teatro nacional: el de la actriz Pepa Pedroche (fantástica Lady Macbeth en versión de Helena Pimenta; muy grande en la Reina Catalina del Enrique VIII de Calderón), ahora como directora, y el del director Ignacio García a cargo del diseño de la puesta en escena (dirigió, entre muchas otras, Enrique VIII y La cisma de Inglaterra, 24 horas en la vida de una mujer).  Juntos encaran un punto de vista eminentemente emocional, bien acompañados por la escenografía de José Manuel Castanheira, la iluminación de Guilherme Frazâo y el movimiento escénico dirigido por Manuel Segovia. 

Entre todos desarrollan minuciosamente un concepto escénico que registra una de las proezas más inquietantes del teatro del siglo de oro, en manos de un autor poco y nada conocido por el gran público: fabulosa atmósfera audiovisual con notable armonía en voces y movimientos en la que los cuerpos siempre muy vestidos de Don Pedro y Doña Inés exhiben una sensualidad de intensa belleza: les bastan variados besos y abrazos para que imaginemos el vendaval de sensaciones que les unen y hacen posible que empaticemos con su libertad y su agonía, hasta llegar al terror del momento del injusto crimen.

En esta concepción escénica el intimismo de una corte conflictiva y la incondicional responsabilidad femenina —solidarias todas las mujeres con Inés y su pareja desgraciada—, tienen un espacio que ahonda en los sentimientos, al tiempo que se aleja de los estereotipos del decorado habitual, e incluso la finura y el colorido del vestuario son en sí mismos una obra de arte (Ana Paula Rocha).

A los lados de una especie de valle se han creado dos toboganes, arriba de los cuales cuatro ventanas dan mucho de sí. Por ellos bajan y suben, a veces hasta trepan con movimientos característicos según la peculiaridad de cada personaje.

A ras de tierra o sobrevolando en pos de amores o entre delicadas canciones portuguesas, el reparto entrega lo mejor de sí, lo mismo en la bravura del rey (Chema de Miguel), la encantadora voz de Violante (Rita Barber) o los  divertidos vaivenes de su perseguidor (Julián Ortega). La tercera en discordia es una juvenil preferencia del rey para su hijo, personaje sinuoso, marginado y sin embargo comprensivo, al que Manuela Velasco aporta la ansiedad por huir cuanto antes de un embrollo tenebroso que no le corresponde.

Y entre todos, Lara Grube y David Boceta encarnan a la trágica pareja protagonista: seres vehementes para los que la herida mortal no sucede sino como apertura al glorioso universo de lo inapresable, pero aquí más vivo que la propia existencia: en el reino de la muerte al fin Inés recorre todos los paisajes completamente libre, dichosa; y su amado, ahora rey, humilla a los antiguos enemigos coronándola posmortem. La muerte y la vida conforman una pareja sublime que Boceta-Grube perfilan con admirable sensibilidad.

 

Reinar después de morir se basa en una leyenda histórica portuguesa: la ejecución de Inés de Castro (1325-1355), amante primero del Príncipe Pedro -con el que tiene cuatro hijos- y casada secretamente con este, después de la muerte de la primera esposa, Doña Constanza. Entre tanto, el padre del príncipe, el rey Alfonso IV, le compromete un nuevo matrimonio con la infanta Blanca de Navarra, para fortalecer mediante el enlace los reinos. Este episodio tarda en saltar a la literatura escrita, aunque es posible que la tradición oral y los cancioneros populares lo recogieran. El primer documento escrito que ha llegado, Trovas à norte de Inês de Castro, está publicado en el Cancioneriro geral y por su composición y carácter anónimo parece trasladar una versión oral del romancero. El segundo testimonio escrito se encuentra en Os Luisíadas (1572), Canto III de Luis de Camões. En 1582, se escribe la primera tragedia teatral, A Castro de Antonio Ferreira.

 

La literatura en lengua castellana recoge el episodio trágico de Inés de Castro en el siglo XVI por medio de Jerónimo Bermúdez (1530-1606) en dos dramas, Nise lastimosa y Nise laureada, escritos antes de 1575. Años después, en el siglo XVII se compone Siempre ayuda la verdad (1623), atribuida inicialmente a Tirso de Molina y más recientemente a Lope de Vega, para retomar la historia en 1635 Vélez de Guevara con una aproximación más exacta a los hechos reales, con mayor amplitud y profundidad en los personajes y con mayor calidad teatral. Reinar después de morir escrita en español con algunas canciones en portugués es la más portuguesa de las obras dramáticas españolas del siglo de oro y la más española en Portugal: sintetiza bien esa cultura ibérica de la península, que entre 1581 y1668 se materializó en un único Reino, aunque el Consejo de Portugal mantuviera una suerte de autonomía en relación a España. La obra de Vélez de Guevara en portugués se edita en 1652 en la Oficina Craesbeckiana de Lisboa. En los siglos XVIII y XIX, de la leyenda de Inés de Portugal se ocupan algunas óperas, Inés de Castro (1798) de Niccolò Antonio Zingarelli y otra con el mismo título de Giuseppe Persiani en 1835. En siglo XX, Henry de Montherlant vuelve sobre el tema en La reine morte (1942) y Alejandro Casona Corona de amor y muerte (1955). José Gabriel López Antuñano, autor de la versión actual.

 

Reparto por orden de intervención:

Príncipe don Pedro David Boceta

Brito Julián Ortega

Doña Inés de Castro Carmen del Valle /Lara Grube

Rey don Alonso Chema de Miguel

Doña Blanca de Navarra Manuela Velasco

Violante Rita Barber

Nodriza María José Alfonso

Alvar Gonzálvez Ricardo Reguera

Y los niños: Hugo Soneira Carriedo, Teresa Cordero, Ainara Mateos  y Alicia Chojnowski en funciones alternas para interpretar el personaje de Alfonso

 

Asesor de verso  Vicente Fuentes

Movimiento escénico  Manuel Segovia

Selección y adaptación musical Ignacio García

Vestuario Ana Paula Rocha

Iluminación Guilherme Frazâo

Escenografía José Manuel Castanheira

Versión y dramaturgia José Gabriel Antuñano

Diseño de la puesta en escena Ignacio García

Dirección Pepa Pedroche

 Colaboración especial de Enzo y Lorenzo Mancuso

 TEATRO DE LA COMEDIA. DEL 9 DE ENERO al 9 DE FEBRERO 2020

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