‘Campo del cielo’, de Mariano Quirós

Campo del cielo

Mario Quirós

Tusquets

Barcelona, 2020

199 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Existe una forma de literatura de extrañamiento que se cobra su derecho a ser la más universal: aquella en la que el mensaje es tan claro como la capacidad de no entender nada. No queda patente como una minusvalía, pues es un narrador en primera persona, alguien que presencia, más que participa, en lo reflejado, quien nos habla, sino como un registro con el que empatizar. Ese lugar en el que se coloca el narrador, el mismo al que nos lleva y el punto de vista en el que nos implica, está indicando, con mucha clase, que ni él ni nosotros si estuviéramos allí, hubiéramos entendido nada. Tal vez porque no hay nada que entender. Tal vez porque todos los mundos, y sobre todo este en el que viven los personajes, son mundos pequeños y son mundos paralelos. Y son mundos por los que ha merecido la pena darse un paseo, aunque sea literario.

Mariano Quirós (Resistencia, 1979) ya nos había demostrado que es un narrador con clase y con algo que contar: que es complicado llegar a entender cómo ha sido el lugar y la humanidad de la que uno viene. Ahora nos regala este libro de relatos con el que viajamos a una localidad, Campo del cielo, que es una isla afectiva e impermeable a los tiempos que corren. O eso o, sin mentarlo, el tiempo en que suceden los relatos es parecido a aquel en que sucedían los de Onetti, Rulfo, Vargas Llosa o incluso Carver. Por un lado, podríamos pensar que están fuera del tiempo, que pertenecen al espíritu de la eternidad. Por otro, que esa ausencia de internet, teléfonos móviles y todo lo allegado al capitalismo de atención (léase Tinder, Facebook, Netflix, Google, etc.) es intencionada, es un viaje en el tiempo, un regreso a una época en que las relaciones humanas pasaban, sí o sí, a ser el primer plano sensorial en nuestras prioridades, en nuestras riquezas y en nuestros problemas.

De hecho, en Campo del cielo lo más novedoso y lo más evolucionado que ha sucedido es una caída de meteoritos hace cuatro mil años. Y estos meteoritos son casi la única intervención exterior sobre este paraje cerrado, de una claustrofobia meditada: los personajes tienen opción de salir, pero, tristemente, eligen el encierro. Se trata de seres casi extraños; niños, adolescentes, jóvenes, gente siempre en formación, algo homúnculos, como si la humanidad no pudiera cuajar en Campo del cielo, pero sí apuntara a ser de alto grado. Lo fantástico será lo ordinario: los familiares se desconocen con el mismo tipo de carencia de entendimiento que existe entre desconocidos, no entre personas que no se entienden. De esta manera, con narradores en crecimiento, pero dotados de pulso literario, nos vamos quedando en una región endogámica también en lo moral. Se trata de un pueblo de perdedores, gente salvada, o casi salvada, por la literatura, por la imaginación de Quirós. Se trata de una obra coral, una suerte de novela de situación teatralizada como un puzle de piezas bastante cerradas, porque los relatos son circulares, como de ser una pieza corta. A lo que hay que añadir el estilo depurado de Quirós, esa escritura que casi nos da la sensación, de tan natural, que es la de alguien carente de estilo, al menos en este país en el que por estilistas se entienden a los barrocos de la prosa.

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