Roberto Enríquez en el inolvidable Gennaro de «¡Nápoles millonaria!», tragicomedia de Eduardo de Filippo

Por Horacio Otheguy Riveira

Gennaro tiene mucho que ofrecer a Roberto Enríquez, y este, agradecido, se entrega en cuerpo y alma, afronta los muchos peligros por los que atraviesa al asumir los distintos géneros por los que deambula el texto: la comedia costumbrista, el teatro psicológico del padre generoso y cascarrabias, la denuncia social en el hombre desgarrado por la guerra… Un texto de un vigoroso realismo que a su vez huye de etiquetas para inscribirse entre los clásicos por excelencia.

Actor y personaje se confabulan para presidir esta versión de la primera obra europea que en el año 1945 —apenas terminada la segunda guerra mundial—, habla del horror fascista a través del colaboracionismo de la buena gente, la del barrio, la de todos los días, reflejo de la corrupción institucional del gobierno de Mussolini en tiempos de paz, en plena guerra aliado del nazismo y de los ocupantes estadounidenses, «la América que venía a ayudar». La progresión tragicómica tiene la fuerza propia de todo el teatro italiano desde la Comedia del Arte (arranca en el siglo XVIII) y Luigi Pirandello (1867-1936), escuelas principales de las que se alimenta Eduardo de Filippo (1900-1984). Proveniente de una familia de gente de teatro, ya muy joven se proclamó un animal del espectáculo único en su especie incluso hoy en el mundo entero: actor en cine y teatro, intérprete y director de sus propias obras, autor y director para televisión… y una claridad ideológica muy presente siempre, a tal punto que dio batalla artística y política hasta el último suspiro, pues en aquel otoño del 84 en que entró chungo al hospital para salir directo al tanatorio, estuvo escribiendo y dirigiendo para televisión… además de un cargo asumido en su última etapa: senador vitalicio integrado en Sinistra Independente, un grupo parlamentario que nucleaba a gente que se consideraba de izquierdas, pero que no se sentía a gusto con ningún partido.

El Gennaro de ¡Nápoles millonaria! es, sin duda, un posible De Filippo, con origen tan popular que su nombre es el del santo patrón de Nápoles (aunque Eduardo se consideraba un ateo «ma non troppo»): un San Gennaro sobre el que existen innumerables anécdotas históricas, ya legendarias, como el día que empezó a caer del cielo gran cantidad de billetes y la gente recogía y daba gracias al santo como un gesto que no podía ser sino un milagro; poco después menuda se armó al constatar que lo que caía era el botín de unos ladrones en peligro desde la terraza de un edificio.

El propio título de la tragicomedia es una amarga ironía que los espectadores descubrirán sobre la marcha de sus tres maravillosos actos, aquí sin intermedio, unidos por intervalos musicales, cancionero napolitano que, lamentablemente no se ha traducido en subtítulos. Cada acto, un referente del dominio de la  carpintería teatral en aquellos años ya demostrada por el autor (Filomena Marturano, Sábado, domingo y lunes, Estos fantasmas, Navidad en casa de los Cuppiello), de manera que empieza en tono de comedia costumbrista que en el segundo acto va encontrando zonas oscuras con reflejo intenso de los horrores de la guerra mientras algunos avispados se enriquecen a costa de los que más padecen, y luego el desenlace, en otro tono, íntimo, de escalofríos que profundizan en la desolación de los falsos inocentes que se corrompen como los de arriba en un círculo feroz dentro del cual, sin embargo, también renace la esperanza, una esperanza de gran alcance, con su inevitable capa de tristeza cuando nos llega la conciencia de lo que fuimos capaces de hacer.

El magnífico reparto fue dirigido por Antonio Simó con el exquisito cuidado que exige el estilo del gran autor, de manera que cada personaje tiene un montaje en su interpretación. Así se suceden creaciones en cada uno de los intérpretes todos a una alrededor de Roberto Enríquez, quien se expone constantemente con un conmovedor aire detallista, veramente como si conversara con De Filippo en cada aparición: ¿Y tú cómo harías esto, cómo lo dirías, cómo te moverías, qué harías con las manos? Y Eduardo, morto qui parla, le susurra, le asegura y también le pregunta porque no hay artista, por muy experimentado que esté, que no dude, y entre los dos, uno y otro —y la sombra de Pirandello pisándoles los talones— reconstruyen los distintos ambientes recreados por Paco Azorín con un diseño de espacio escénico muy alejado del realismo de la función, con un toque simbolista muy especial, sembrando de ventanas por las que se comunican los napolitanos de los barrios obreros, y luego las transforma, sin anularlas, en las tres partes por las que trasunta el espectáculo.

El resultado final es un emocionante reencuentro con un genio del teatro sin etiquetas, con raíces localistas, pero que, como toda obra maestra, trasciende la epidermis y alcanza una atemporalidad que, concretamente en este momento en España, nos entrega un discurso ideológico de enorme actualidad en torno a la especulación, la codicia, los poderosos… y la gente de a pie.

Texto: Eduardo De Filippo
Traducción y adaptación: Juan Asperilla

Dirección: Antonio Simón

Reparto: Dafnis Balduz, Rocío Calvo, Roberto Enríquez, Óscar De La Fuente, Lourdes García, Elisabet Gelabert, Nuria Herrero, Raúl Prieto, Fernando Tielve, José Luis Torrijo y Mario Zorilla

Diseño de espacio escénico: Paco Azorín

Ayudante de escenografía y atrezzo: Fernando Muratori
Diseño de iluminación: Pedro Yagüe
Auxiliar de iluminación: Kike Chueca
Diseño de vestuario: Ana Llena 

Ayudante de vestuario: Tania Tajadura
Diseño de sonido: Lucas Ariel Vallejos
Auxiliar de sonido: Fernando Díaz
Diseño de videoescena: Pedro Chamizo

Movimiento escénico: Luis Romero
Ayudante de dirección: Gerard Iravedra

Residencia de Ayudantía de dirección: Marlene Michaelis Breva

Fotografía: Jesús Ugalde

Una Producción De Teatro Español

TEATRO ESPAÑOL. SALA PRINCIPAL. DEL 24 DE FEBRERO AL 28 DE MARZO 2021

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En 2014 en la desaparecida Sala Tú, tal vez la más pequeña de Madrid, el veterano actor y director Francisco Vidal presentó, también con once intérpretes, una versión sorprendente con un joven elenco procedente del Teatro del Laberinto, Compañía dirigida por Vidal, surgida de su propio laboratorio teatral.

Una puesta en escena reducida en dimensiones, pero no en calidad interpretativa, capaz de crear una Nápoles millonaria sin signos de admiración pero con mucho de gran teatro. Fue la primera vez que se representó en España. Estrenadas las películas y las versiones teatrales a partir de 1950, la España franquista la prohibió por su ácida crítica al colaboracionismo de la gente corriente con los distintos modos de autoritarismo, tanto del fascismo imperante como de los aliados al llegar a Italia en la posguerra mundial.

Esta versión se presentó en el IV Festival Internacional de Teatro de Los Ángeles. Y ha sido el montaje ganador del certamen al obtener el primer premio del mismo. Tuvo dos presentaciones, y compitió con espectáculos de Puerto Rico, México y Estados Unidos.

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