‘Comerse a Buda’, de Barbara Demick

Comerse a Buda

Vida y muerte del pueblo tibetano a manos del imperio chino

Barbara Demick

Traducción de Pablo Sauras

Península

Barcelona, 2021

431 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Comerse a Buda es una obra tan colosal como humana. La periodista Barbara Demick se desplaza a diferentes regiones de China y de la India para entrevistarse con seis personas que han vivido la situación y la evolución del Tíbet desde la invasión china. Se trata de una selección de gente de diferente ralea, desde la heredera de un trono a la campesina más humilde, que han atravesado situaciones dificilísimas, al límite de la condición humana, frente a las cuales es necesario mucho coraje y, por supuesto, una dignidad fuera de lo común. Pero el libro no está compuesto por entrevistas. Demick recrea las biografías con el conocimiento de alguien que habla de primera mano, como si se tratara de un novelista inventando un personaje, con una credibilidad que asusta. Da fe de la entereza en cada párrafo, pues no existe un solo párrafo compuesto por calderilla. Y nos ofrece los relatos en secuencia cronológica, pero en una estrategia de narraciones en paralelo.

Se nos remite a los años cincuenta, para luego comenzar a desplazarnos por unas vidas que, en rigor, cuesta imaginar como reales: la pobreza y la lucha por la supervivencia se imponen, sin entrar a valoraciones, simplemente describiendo cómo debió ser cada infancia, cada adolescencia, cada juventud y esas etapas que deberían suceder a la juventud y que van reflejando una madurez frustrada en la posibilidad de resolver con garantías los días y las noches. Los tibetanos han sufrido mucho, por la pérdida de territorio, por la presión para privarles de identidad, pero no se trata de un libro beligerante en ese sentido. No estamos frente a una obra militante, en el sentido de la militancia institucional. Estamos ante un viaje geográfico y ante un viaje por la historia, pero, sobre todo, acompañamos a los protagonistas, que no a Demick, por distintas etapas vitales y por todas las regiones de China y el Tíbet, aunque sea Ngawa el enclave que más presencia tiene en el libro. Vemos cómo se cede a una suerte de deformación humana, impuesta con unos principios que se nos antojan una caricatura de principios, pero que Demick jamás castiga con impresiones éticas. Aquí se trata de aterrizar en la verdadera historia, y no es la que figura en los libros de texto, que Demick domina entre líneas, sino la del individuo. No hay mapas, hay reacciones. No hay batallas, hay quien recoge fruta, quien vende zapatillas y quien intenta robar en un mercado. Hay pérdida de idiomas y exilio. Y la presencia etérea y sanadora de las leyendas de los lamas, de una religión sin apenas enemigos, tal vez por tratarse de una religión en la que no hay dios, pero sí compasión. Arremetiendo contra la bondad, está el imperio de la doctrina, de la rigidez y de las armas de fuego. Están unas autoridades que sí son criticadas en las conclusiones finales, donde se toma partido, porque no puede dejar de tomarse partido a favor de los perdedores cuando los perdedores no han tenido ocasión de defenderse. Pero lo que ha importado es comprobar cómo se separan las familias, cómo las viudas crían a los hijos, cómo los profesores se transforman en unos seres que casi mendigan y cómo todos ellos, los humillados y, más que nunca, ofendidos, luchan por mantener las virtudes mejores del ser humano: la lealtad y la dignidad.

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