Audrey Hepburn en la Galería Castelli

FRANCISCO CERVILLA.

La primera noticia que tuve de la Galería Castelli fue gracias a una espléndida foto que, como pude comprobar más tarde, conservaba lo que no se veía, condición que, en opinión de los expertos, debe reunir toda buena foto. Pero en realidad no se trataba de una foto sino de un  relato que tuvo ese efecto gráfico sobre mí. 

Una fotografía, escribe John Berger, e igual podría decirse de un relato breve, “aísla, preserva y presenta un momento tomado de un continuo”. Aunque registra lo que se ha visto, su verdadero contenido permanece invisible, cualidad que permite habitarla de múltiples maneras.

La mirada padece de una fértil carencia estructural que puede elevar a categoría de arte lo que la cámara capta. Por eso afirmaba Robert Frank que la fotografía debe contener “la humanidad del momento”: se refería al latido del fotógrafo cuando queda engullido por la escena que intenta registrar. Relámpago en el que se opera el milagro.

La instantánea documenta un segundo del tiempo de una vida, de una historia, de un acontecimiento que una vez ha sido capturado por la cámara queda extirpado de su contexto, se vuelve irrepetible y, de modo inmediato, es enviado al pasado. De ahí que su uso más corriente guarde relación con el recuerdo de lo ausente, a cuyo alrededor se establece una ficción que encubre la historia original, perdida en el instante mismo en que la máquina se apropió de su existencia.

Toda memoria se sostiene en la Ausencia, está hecha de olvidos y recuerdos, y por si todavía resultase poca cosa tal fragilidad mnémica, prevalece la idea de que nuestros recuerdos no dejan de ser una invención: “cada vez que evocamos uno no lo estamos recordando realmente, sino que estamos recordando la última vez que lo recordamos”, escribe un freudiano Vila-Matas en Impón tu suerte.

Instantáneas, el libro de relatos breves de Claudio Magris, remite por su título a un álbum de fotos, si bien no a cualquier álbum: “retrata la vida en palabras”, como diría Robert Walser, dando lugar a un conjunto de imágenes escritas que recoge momentos extraídos de recuerdos corrientes, inventados o no, qué más da, fragmentados por el lenguaje para producir algo nuevo, una “Instantánea… obtenida con una exposición de una fracción de segundo…” tal y  como reza en una de las citas de las páginas iniciales del libro. Equivalente al fulgor de una mirada, o la viveza de una escucha. 

Magris atrapa en sus instantáneas un chispazo de vida, una efímera escena cotidiana o el vuelo de una idea que, en una lectura distraída, pueden pasar inadvertidos, pero dispuestos a saltar sobre al lector en cualquier lectura posterior. Fue lo que me sucedió con una Instantánea titulada En la Galería de Castelli, donde el escritor estampa un hermoso e irónico momento, de gozosa lectura.

New York, octubre de 1989. Magris, junto a su esposa, se encuentra en uno de los principales templos de arte del mundo, la galería de su amigo Leo Castelli, triestino como él. Charlan relajadamente en un extremo de la sala. Los cuadros de la exposición en curso están cubiertos por telas negras, señal de protesta de las galerías neoyorkinas por la cancelación de una exposición de Robert Mappelthorpe en una galería de Washington, a causa de las presiones ejercidas por los senadores conservadores que la consideraban inmoral: ojos yermos atravesados por los magníficos desnudos del fotógrafo que perturbaban, seguramente, oscuros pasadizos del ser.

Salvo la pequeña reunión, la galería se encuentra vacía, sin la presencia de sus refinados asiduos, informados como están de todo lo que sucede en el templo del posmodernismo. Inesperadamente entra una desconocida y, ante la perplejidad y diversión de los contertulios, la visitante se detiene delante de los velos de cada cuadro, los estudia, toma notas y se marcha. 

Mientras leía el relato iba imaginándome cómo sería ella, la veía embutida en un elegante traje negro paseando por las salas, y me vino a la memoria la silueta de la bellísima Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, la Holly Golightly de Truman Capote; personaje que a su autor le recordaba aquellas jóvenes que llegaban a Nueva York, correteaban por la ciudad y luego desaparecían sin dejar rastro.

Igual que nuestra misteriosa dama: límpida figura que entra, revolotea por la galería, altera a los presentes, y enfila su vuelo de salida hacia la oscura noche, tan cautivadora como si cantara su Moon River particular.

Al encajarla en las palabras, Magris, da noticias de su existencia, o mejor dicho, la hace existir para, al momento, hacerla desaparecer. Nos entrega su fugacidad imperecedera, punto de atracción del texto, o si se quiere de la foto, que de manera imprevista nos hechiza y pone en juego nuestra manera de leer, o mirar, el mundo.

Siendo la ignorancia casi tan vasta como el saber, uno se pregunta por Castelli, ¿existió o no? ¿Si no era una ficción, qué importancia tenía su galería? ¿Y cuál era la razón de ser de las telas negras cubriendo los cuadros? 

Tras la foto-relato un mundo oculto se abre paso. Investigas a Castelli y te encuentras con Duchamp, Kandinsky, Warhol, Jasper Johns, Lichtenstein, Richard Serra, Pollock, de Kooning…

Creador y promotor de movimientos como el arte pop -en su galería debutó  Warhol- o el minimalismo, para Castelli todo empieza y acaba con Duchamp: «La figura clave de mi galería es alguien cuya obra no he expuesto jamás, Marcel Duchamp. Los pintores que no han sido influidos por él no tienen cabida aquí.»

Esta declaración me hace sentir que el vacío sobre el que se organiza la obra de arte, fluye de Berger a Duchamp, pasando por Magris y su instantánea. Y que lo que escapa a la mirada del fotógrafo, esencia de su creación, forma parte del mismo secreto que oculta el relato de Magris, incluyendo a la espectadora desconocida que, snob o no, se detiene ante los velos negros que hurtan a su mirada las obras expuestas, hasta alcanzar al mismo Castelli, uno de los más influyentes personajes del arte de siglo XX, capaz de organizar su galería alrededor de una ausencia, la de Duchamp, situando en su núcleo un agujero fundamental, un vacío irrellenable al modo del objeto ready made .

Y no puedo dejar de pensar que tal vez la misteriosa e inspiradora mujer que contempla las telas negras sobre los cuadros, condensa esa mirada a la que escapa una zona siempre invisible del cuadro, punto de fuga que evoca la idea muy duchampiana de la obra de arte nunca expuesta y jamás comentada.

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