Sorprendentes lecciones de humanismo en las «Fábulas de robots», de Stanislaw Lem

Horacio Otheguy Riveira.

El imaginativo maestro de la literatura de ciencia ficción, Stanislaw Lem (Polonia, 1921-2006) ha maravillado a millones de lectores, introduciéndolos en espacios futuribles por donde campea una gran creatividad, entre situaciones que producen profunda inquietud, siempre aportando miradas fuera de lo común.

Estas Fábulas de robots nos acercan a mundos de una creatividad asombrosa con la misma dinámica de quienes fabularon para enseñar conductas, despreciar otras, descubrir caminos posibles para una humanidad en conflicto. Son 15 relatos cortos con su potente historia cada uno, algunos con más humor que otros, todos juntos brindando un recorrido donde los colores y otras texturas de nuestra habitual convivencia adquieren notable protagonismo, si bien en ninguno de ellos aparecen seres humanos, de manera que la máxima «Nada humano me es ajeno» circula con ímpetu por venas robóticas como mensaje último.

Fábulas de robots se publicó por primera vez en 1964, tres años después de Solaris, uno de los textos de referencia para abordar la gran obra del escritor polaco. Para Lem, el tiempo nunca ha tenido importancia, y de hecho estos 58 años que cumplen estas fábulas carecen de importancia, ya eran clásicos antes de nacer, pues su estilo es único, y poco y nada tienen que ver con lo que otros notables escritores del género hablaran de —y con— robots (como Isaac Asimov, o Philip K. Dick, por ejemplo), pues a través de estas páginas de inmediato nos sumergimos de tal manera en sorprendentes ámbitos que necesitamos mirar alrededor para confirmar que estamos en tierra, en el lugar en que vivimos, porque la sensación mayor es la de trasladarnos, serenamente o angustiados, a los fantásticos paisajes donde el escritor nos lleva.

Los cuentos se desarrollan en distintos rincones del cosmos (planetas reconocibles o ambientes imprecisos), y siempre en épocas indeterminadas o muy generales, como el propio final del universo. El gran panorama de personajes y elementos de fábula se alimenta de un variado reparto: no faltan princesas dormidas, caballeros andantes ni dragones o magos, inventores geniales, enigmas y profecías, reyes despóticos… Todos  personajes que vienen de la tradición de los cuentos orientales o los relatos de caballería medievales. El hecho de que sean robots aporta la caleidoscópica imaginación del autor, a menudo con destellos humorísticos, y en cualquier caso da lugar a problemas existenciales de gran altura.

 

Dibujo de Stanislas Lem. (No incluido en el libro).

Todos los cuentos encierran reflexiones fundamentales sobre el origen del universo o el poder de las máquinas y hay una crítica constante al poder absoluto y despótico. A pesar de la complejidad de los temas y las múltiples lecturas que encierran los cuentos, están escritos con un lenguaje sencillo, desarrollados con un ritmo fácil y espontáneo que recuerda a veces a la narración oral.

Por ejemplo, LAS OREJAS DE URANIO

«[…] En Actinuria, surgió el gran estado de los platinidas. Estos soles eran tan pesados que solo por Actinuria podían caminar, puesto que en los demás planetas el suelo se hubiese hundido bajo sus pies, y cuando gritaban, los montes se derrumbaban. Sin embargo, en sus casas no hacían ruido, ni se atrevían a levantar la voz, pues su rey, Argitorio, era el más cruel de los tiranos.

Argitorio vivía en un palacio labrado en una montaña de platino en el que había seiscientas salas enormes, en cada una de las cuales descansaba la palma de una de sus manos. No podía salir del palacio, pero sus espías andaban por todas partes. El rey Argitorio era muy desconfiado y atormentaba a sus súbditos.

Los platinidas no necesitaban lámparas ni fuego alguno por la noche, puesto que todos los montes de su planeta eran radiactivos y daban luz más que suficiente. De día, cuando el sol pegaba fuerte, dormían en el interior de sus montes y solamente por las noches salían a los valles metálicos. Pero el cruel Argitorio los mandó a todos a trabajar en los hornos, donde metían bloques de uranio procedentes de todo el país y fundían platino.

Cada platinida debía presentarse en el palacio real, donde tomaban las medidas de su armadura, compuesta por los guardabrazos, los guanteletes, los quijotes, la visera y el yelmo, todo ello autorreluciente, pues las piezas eran de chapa de uranio, y lo que más les relucía eran las orejas. […]»

 

Stanisław Lem nació en la antigua ciudad polaca de Lwów, ahora Ucrania, en 1921, en el seno de una familia de la clase media acomodada. Aunque nunca fue una persona religiosa, era de ascendencia judía. Falleció en Cracovia en 2006, a los ochenta y cuatro años de edad.

Siguiendo los pasos de su padre, se matriculó en la Facultad de Medicina de Lwów hasta que, en 1939, los alemanes ocuparon la ciudad. Durante los siguientes cinco años, Lem, miembro de la resistencia, vivirá con papeles falsos y se dedicará a trabajar como mecánico y soldador, y a sabotear coches alemanes. En 1942 su familia se libró de milagro de las cámaras de gas de Bełzec. Al final de la guerra, Lem regresó a la Facultad de Medicina, pero la abandonó al poco tiempo debido a diversas discrepancias ideológicas y a que no quería que lo alistaran como médico militar. En 1946 fue repatriado a la fuerza a Cracovia, donde fijaría su residencia. No tardaría demasiado en iniciar una titubeante carrera literaria.

Se considera que su primera novela es El hospital de la transfiguración (1955; Impedimenta, 2008), escrita en 1948 pero no vio la luz en Polonia hasta 1955 debido a problemas con la censura comunista. De hecho, esta novela fue considerada «contrarrevolucionaria» por las autoridades polacas. No fue hasta 1951, año en que publicó Astronautas (1951; Impedimenta, 2016), cuando por fin despegó su carrera literaria. Las novelas que escribió a partir de ese momento, pertenecientes en su mayoría al género de la ciencia ficción, harían de él un maestro indiscutible de la moderna literatura polaca: Edén (1959), La investigación (1959; Impedimenta, 2011), Memorias encontradas en una bañera (1961), Solaris (1961; Impedimenta, 2011), El Invencible (1964; Impedimenta, 2021), Relatos del piloto Pirx (1968), La Voz del Amo (1968; Impedimenta, 2017), Diarios de las estrellas (1971), Congreso de futurología (1971), el relato «El profesor A. Donda» (1973), que ha formado parte de varias de sus antologías, o La fiebre del heno (1976; Impedimenta, 2018). Lem fue, asimismo, autor de una variada obra filosófica y metaliteraria. Destaca en este ámbito, aparte de su obra Summa technologiae (1964), la llamada «Biblioteca del Siglo XXI», conformada por Vacío perfecto (1971; Impedimenta, 2008), Magnitud imaginaria (1973; Impedimenta, 2010), Golem XIV (1981; Impedimenta, 2012) y Provocación (1982; Impedimenta, 2020).

Dibujo de Stanislas Lem. (No incluido en el libro).

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