‘El final feliz’, de José Luis Muñoz

CARLOS MANZANO.

Hay novelas en las que el hilo argumental, la trama en el sentido más elemental del término, desempeña una función secundaria y apenas pasa de ser una excusa cuya relevancia queda relegada en favor de otros aspectos menos llamativos si se quiere, o menos esquemáticos. Y ello puede deberse a varias razones: una de ellas sería la importancia que puede llegar a alcanzar el entorno existencial, la atmósfera vital en que dicha trama se desenvuelve, llegando en ocasiones a erigirse en uno de los personajes principales, si no en el más trascendente; otra podría ser el contexto histórico y social donde se desarrolla la acción, el espacio simbólico en el que los hechos narrados ocurren, y que debido a su preeminencia influye y contamina todo lo que los personajes piensan, sienten, hacen y desean, a menudo sin que ellos mismos sean conscientes de hasta qué punto son más marionetas que titiriteros, más pacientes que actores; y quizá podríamos encontrar otro motivo en el hecho de que ya desde el primer capítulo se nos desvele el desenlace final, la resolución del enigma, por lo que en todo momento sabremos cuál va a ser la consecuencia de la peripecias del protagonista, a dónde lo van a llevar las decisiones, conscientes o no, que irá tomando a lo largo de las páginas, sin que quede lugar para la sorpresa inesperada o el giro inverosímil.

Todo eso y muchas cosas más lo encontramos en la magnífica novela “El final feliz”, de José Luis Muñoz, publicada el pasado año por Cosecha Negra Ediciones, donde se nos narra una historia personal (y por eso mismo también social y colectiva) ambientada en el País Vasco a mediados de los años ochenta del siglo pasado. Y es justo esa conjunción de factores lo que hace de la novela una magnífica pieza literaria, además de incisiva y mordaz, que nos invita a transitar por la mente de un joven ubicado en un momento histórico concreto y a experimentar su dificultad para encontrar un pequeño espacio personal no adulterado donde poder reconocerse como tal.

“Trataba de descubrir bajo las profundas ojeras, entre las pequeñas verruguitas que afloraban por encima de mis párpados cansados, por entre los ronchones de piel renegrida por la barba incipiente de dos días, entre las cejas, en el rictus de aquellos labios finos curvados en una mueca desdeñosa, en los pómulos marcados sobre una piel pálida, en el apagado gris de mi iris, la cara del asesino en que me había convertido”.

“El final feliz” presenta una estructura muy poco frecuente en las obras narrativas: empieza por el final. Es decir, el primer capítulo nos cuenta el desenlace final de la vida de su protagonista, Iñaki, un joven vasco inmerso en el Bilbao de los años ochenta, una época de especial virulencia terrorista, altos índices de desempleo y menguadas expectativas vitales. A partir de ahí, en un viaje hacia el pasado, o hacia el origen, iremos accediendo a las circunstancias vitales y al contexto social que llevarán al terrible destino del protagonista. No importa, por tanto, el qué, sino el cómo, más incluso que el porqué; ya en las primeras líneas, José Luis Muñoz describe en el acto mismo del suicidio la agonía vital de un mundo que azotado por la violencia, el sinsentido, el fracaso, la indiferencia y el silencio cómplice de los cobardes no parece tener más futuro que ese: desaparecer tragado por la infamia y la decrepitud.

“La sensación de frío es brusca. Es de noche y las luces que iluminan la ría son mortecinas. Mejor. Hacerlo a oscuras, vergonzantemente, es lo que toca. Mi cuerpo corta aquella superficie cenagosa, blanda y maloliente y desciende a velocidad de vértigo hasta el fondo, como un fardo pesado, como si tuviera plomos atados a los tobillos, más barro que agua, más mierda que barro”.

Además de los personajes que van apareciendo a lo largo de la novela, todos ellos nutridos de una desbordante humanidad y por ello presos de sus propias carencias y cercados por sus propios autoengaños, hay otro personaje no menos importante y tan vivo que exige desde el primer momento su derecho a ser considerado como tal: me estoy refiriendo a la ciudad de Bilbao, ese Bilbao de finales del siglo pasado en que la contaminación, la suciedad, la oscuridad y la violencia de sus calles lo convierten en el marco espacial y simbólico perfecto para erigirse en metáfora de la existencia de los jóvenes radicales que aparecen en la novela, y en especial de su protagonista, el desdichado Iñaki.

“El cielo es una masa gris encajonada entre los montes Artxanda y Kobetas, como pináculos de carbón, que aprisionan Bilbao como garras de una bestia siniestra, diezmados de árboles, cubiertas por una vegetación rala de plantas envenenadas por la carbonilla. Bilbao, una gran estera sacudida desde una terraza, una antesala del infierno de Dante, un dragón industrial, un paisaje de pesadilla al que uno que ha nacido en él se ha acostumbrado como el minero condenado a la mina a la oscuridad perpetua y al polvo de sílice que le llevará a la tumba por silicosis”.

Y como otro de los elementos distintivos y específicos de la novela nos encontramos el terrorismo, cuya efervescencia y apoyo popular tenía, en aquel tiempo, una dimensión que a día de hoy no puede dejar de avergonzar a cualquier mente sensata (la novela se sitúa además en un momento en el que ETA extendió sus asesinatos a una parte cada vez más amplia de la población, entre los que se encontraban los pequeños camellos, entre ellos su amigo Beraun, con la excusa de avanzar en su estrategia de “socializar el dolor”), como le pasa al mismo Iñaki, cada vez más opuesto a la barbarie insensata que representa el asesinato y la eliminación inmisericorde del contrario, es decir, el vil engaño de la deshumanización del opuesto, consecuencia de la exacerbación del siempre infame y ridículo fanatismo identitario.

“Es insultante ese panfleto, me subleva, pero más me enardece el silencio cómplice que se teje alrededor del suceso, los encogimientos de hombros, las criminales lecturas de un acto vandálico, el recurrente ‘Algo habrá hecho’ que justificaba la inacción de los cobardes. Da la sensación de que es el difunto quien tiene que pedir perdón y no sus asesinos. Es el muerto quien tiene que lavar su conciencia de cara a la sociedad, hacer frente a una acusación vertida con saña, sabiendo de antemano que no podrá defenderse. Juzgado y condenado, sin la menor posibilidad de defensa”.

Una vez más, José Luis Muñoz nos regala una excelente novela que va mucho más allá de los géneros, que penetra con acierto en los resortes más primarios del ser humano, que pone ante los ojos del lector una serie de cuestiones que nos urge resolver si queremos reconocernos como lo que somos, y que lo hace, además, con un estilo literario impecable, hermoso en muchos momentos, demostrando que su amor por el lenguaje es consecuencia de su profundo amor por la literatura. “El final feliz” busca un lector adulto y consciente que, indiferente a la mera peripecia argumental y a la sorpresa ‘inesperada’ final, busca reconocer a través de la lectura esa parte siempre difícil y a menudo esquiva que nos dibuja como personas más o menos dueñas de sus actos, complejas y siempre contradictorias, en persecución de un porqué que, la mayoría de las veces, quedará subsumido en la incontestable y cotidiana realidad. “El final feliz” es, en resumen, otro regalo más que José Luis Muñoz nos hace a quienes gustamos de la literatura más exquisita.

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