«La Mesías»: Niña de los ojos tristes

Por Mariano Velasco.

Supongo que la mayor aspiración de todo/a actor/actriz es transmitir sensación de veracidad y, con ello, dar la oportunidad al espectador de vivir situaciones o emociones que no ha podido experimentar por sí mismo. O en el caso de que sí lo haya hecho, reconocerse en ellas. Tal habilidad artística posee un valor añadido cuando lo logran personas con escasa o ninguna experiencia en el mundo de la interpretación, como son los niños. Ahí reside la grandeza de la serie de televisión La Mesías, galardonada con seis premios en la última edición de los Premios Feroz, que nos regalan con su talento dos personas a las que se les intuye una sensibilidad muy especial: los Javis.

Seguro que quienes hayan visto La Mesías coincidirán conmigo en que, sin desmerecer a los adultos, especialmente los niños y adolescentes que han participado en ella realizan un trabajo emocionante y admirable. Hasta el punto de que quienes lo hemos disfrutado como espectadores no deberíamos dejar de aplaudir sus sobresalientes interpretaciones y de agradecerles todo lo que tan generosamente han volcado en ellas de sí mismos, que seguro que ha sido mucho.

Siempre me han emocionado muy fácilmente las historias sobre la infancia, imagino que por el significado tan especial que tiene esa etapa de la vida en el devenir de cada cual, algo que el arte siempre ha sabido reflejar muy acertadamente en cualesquiera de sus facetas, no solo en series y películas. A quienes ya tenemos una edad se nos vendrá fácilmente a la memoria Verano Azul, serie que vista desde hoy tal vez pueda parecernos pelín ñoña, pero habrá que reconocer que también tuvo sus momentos de gloria.

Una de mis primeras lecturas “serias” fue Las Ratas de Delibes, novela que me sumergió de lleno en el placer de la literatura de manera definitiva. No recordaba el nombre de su protagonista, el Nini, lo he tenido que consultar, pero sí que se me quedó grabado para siempre la absoluta comunión de aquel niño con la naturaleza y su desapego hacia las cosas materiales inventadas por el hombre. Como también me fascinó y me sigue fascinando el lunático misterio que envuelve el Romance de la Luna Luna, una de las composiciones más impresionantes del universo poético lorquiano, donde infancia y muerte se acaban fundiendo de manera trágica en la fragua de los gitanos.

Serrat supo sacar como nadie emoción de lo cotidiano – siempre fue un maestro en eso – en Mi niñez, mientras Enrique Urquijo le dio la vuelta a esa cotidianidad colocando sobre el adulto la indefensión propia de la infancia en la conmovedora Agárrate a mí, María. Pedro Guerra llenó su primer trabajo, aquel Golosinas rebosante de frescura, de entrañables referencias al mundo infantil. Y más recientemente, Alba Reche combinaba como solo ella sabe hacerlo la melancolía y la ternura en ese precioso verso, “niña de los ojos tristes”, que tan bien podría aplicarse ahora – quién se lo iba a decir cuando lo escribió – a muchas de las emociones que se suscitan en esta serie.

En una de las mejores escenas de La Mesías, la familia está sentada a la mesa mientras la cámara avanza gira que te gira enfocando una a una las caras de todos los niños y su reacción ante los exabruptos que suelta la Montserrat interpretada por Lola Dueñas. Se diría que los espectadores quisiéramos que la cámara se detuviera para observar los detalles, sus gestos, lo que nos dicen sus ojos, pero a la vez deseamos que continúe girando para saber cómo va a reaccionar el siguiente personaje. Y porque sabemos también que una vez completada la vuelta, la atención volverá a recaer sobre el primero, y así sucesivamente. En unos breves instantes, habremos sido capaces de revivir y compartir la niñez de cada uno de ellos, su angustia, su desesperación, su resignación, su miedo, su tristeza, su infantil indiferencia también y, en su caso, vernos reflejados en sus emociones.

Sin destacar a nadie por encima del resto, porque todos están maravillosos, sí me gustaría ensalzar, como símbolo de todo lo que esa magnífica serie de televisión nos transmite, la profunda, expresiva, tierna, inocente y triste mirada que no solo en esa escena, sino en toda la serie nos regala la actriz Irene Balmes (Resurrección), a quien imagino – con permiso de mi admirada Alba Reche – como aquella “niña de los ojos tristes” de una de mis canciones más queridas. E intuyo que en la profundidad de su gesto aparecerá reflejada también gran parte de la infancia de muchos de los espectadores que hoy se emocionan viendo La Mesías.

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