«El mar de Tánger», exuberante novela de Francisco Suárez con mucho de su sabiduría teatral

Horacio Otheguy Riveira.

Todo lo relacionado con el teatro, como con su hermano mayor, el circo, tiene una imagen popular muy alejada de su realidad más profunda. En lo cotidiano se desprecia como falsedad, apariencia torpe, ridículamente exagerada («no hagas teatro»), cuando en verdad toda experiencia teatral intenta una exposición de episodios vitales más próximos al espectador que cualquier otra dinámica artística: allí, palpitando en escena, a veces errando acciones, revoloteando letras difíciles de memorizar, diseños de iluminación que nos llevan por sendas desconocidas, voces y perfiles elaborados por un escritor, un director, mucha gente en diversas responsabilidades y, al fin de cuentas, intérpretes, actores y actrices que dan la cara tarde a tarde, imbuidos de las peculiaridades de personajes que han de desaparecer tras el aplauso final, para quedar en la retina y la emociones del público.

De allí que en el sorprendente recorrido por estas páginas, su calidad narrativa, bien nutrida de imágenes potentes, tiene una deuda de honor con la larga trayectoria teatral de su autor. En la creación de capítulos breves a la manera de escenas en las que aparece tal riqueza de personajes que recuerdan las vibrantes composiciones de Valle Inclán (y además, algo de su Luces de Bohemia se asoma, tangencial y gozoso).

Una novela compuesta de raíces y búsquedas, encuentros y desencuentros, novela río con su potente mirada de compromiso político, crímenes y heroicidades, erotismo en variados registros, ternura impetuosa e imperiosos deseos de cambio…

Una obra con mucho que decir, desarrollada en poco más de 300 páginas (hermosa edición extremeña), gracias a una capacidad de síntesis también heredera del teatro, ya que el flamante novelista domina los ritmos para que el espectador bien dispuesto no se sienta abrumado; como aquel que en la butaca cabecea o mira el reloj a cada rato, y hay que evitar que los lectores busquen cualquier excusa para pasar a otra actividad.

En El mar de Tánger, cuando creemos ir por un sendero nos encontramos con otro a vuelta de página. Un discurrir que nunca defrauda, no hay decaimiento posible, pues personajes históricos conviven con los inventados de a pie, la ficción surrealista con la prosa realista, la belleza de un lenguaje castellano-extremeño con visitas de hablar e imaginar gitano (como lo es el propio autor) consolida un paisaje donde todo es posible, y en él logra inscribirse quien lea, feliz de participar del ajetreo de una gran novela de aventuras por donde suceden muchos avatares apasionantes por igual, desde su electrizante comienzo con un nacimiento bajo tormenta eléctrica que iluminó el parto:

«[…] Como nací sin pedirlo no soy culpable de nada. Cuando abrí los ojos vi que fui malvenida. Las culebrillas de rayos partiendo el cielo en dos me aterraron, el olor del cuerpo abierto de mi madre me impedía respirar y la maldición de mi padre me hizo llorar. Por ese desprecio no he vuelto a llorar delante de nadie. La lástima me da urticaria. Te traen aquí sin saber a qué, dejándote en un lugar desconocido como si fueras un bulto sospechoso en una casa que no te conviene, y encima, van y te ponen en brazos de alguien que no es tu madre. Mejor no haber nacido.[…]»

Pero vaya si esta chica bendecida Amada será capaz de renacerse para convertirse en una mujer de armas tomar, de encantos insólitos y atracción inclasificable.

«[…] No tardó en bajar a la playa. Segura de que tarde o temprano el mar la salvaría. Mirando el horizonte, vio el atareado ondeo de las olas y cómo el viento  acariciaba la espalda del agua. Se quitó la falda y se zambulló, pero el rizoso oleaje la devolvía a la arena como una pluma. Cuando logró meterse tuvo la impresión de haber sido tragada por el misterio del océano. Con los ojos abiertos de par en par buceó hasta tocar el fondo, donde todo es último o primero. Y sin memoria. Tan tibia el agua que creyó estar dentro del vientre de su madre.

Me ovillo, cierro los párpados, y si consigo el oscuro astral, me dejo llevar por el vaivén confortante del agua guardavida… Sin medida de tiempo en la hondura surgió del agua como una sirena de la sima. Tumbada en la arena, los vagos rayos del sol de la tarde la durmieron, y el mar se encrespó echándola de menos».

 

Portada con una fotografía del empedrado portugués de la plaza de Évora, donde se desarrolla la novela. (Edición de la Editorial Regional de Extremadura).

 

Aunque su epicentro sea la ciudad portuguesa de Évora durante el
Estado Novo, en esta novela las aguas de Tánger esperan con los
brazos abiertos a Amada, su protagonista, que acudirá al norte del
sur para comprobar que en sus playas no termina el mar, sino que
empieza, tras las páginas que llevan de Madrid a Lisboa, Nueva
York o Londres, un periplo que enfrentará al lector con  personajes
como una nieta de Arnold Schönberg, Millán-Astray, santa Evita
Perón, la emperlada Carmen Polo o el heroico Arístides de Sousa
Mendes…

 

Francisco Suárez firmando un ejemplar: «Confundido, a ratos maravillado, por la aceptación de mi primera novela». Acaso con el asombro con que algunos de sus personajes deambulan por sus páginas.

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